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Política: el vaso medio lleno o medio vacío | Fidencio Aguilar Víquez

Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Política: el vaso medio lleno o medio vacío

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Junio 15, 2015

 

A mi hijo Pablo Noel,

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mi primogénito,

por su cumpleaños 21.

 

Cuando uno estudia política, sea teoría o filosofía políticas, o incluso historia de las ideas políticas, prevalece una vertiente de racionalidad, de que la razón analiza, desmenuza, descompone y vuelve a integrar eso que, desde la antigüedad clásica se ubica en una especial praxis que tiene que ver con la cosa pública.

No sólo se trata de la razón como facultad humana que imprime carácter de racionalidad al objeto de estudio, en este caso la acción humana sobre los asuntos públicos, sino que éstos contienen también, per se, dosis de racionalidad (sí, aunque usted no lo crea). Porque, en efecto, cuando la política fue posible, sobre todo en el foro de la plaza pública, los seres humanos justamente se sentaron y ocuparon sus lugares para dialogar, discutir los asuntos y tomar las mejores decisiones o las que por su argumentación convencían a la mayoría. El logos, es decir, el pensamiento racional, era la premisa fundamental. Muy pronto lo fue –por la necesidad de convencer a esa mayoría- la retórica que poco a poco fue sustituyendo al mismo argumento racional (de ahí la acusación, por ejemplo, de Sócrates hacia los sofistas en el sentido de que no era la verdad lo que hacían prevalecer sino lo que aparentaba ser verdad y que, muchas veces, era una mentira disfrazada). Como quiera que sea, se necesitaba –y se necesita todavía en nuestros días- argumento, discurso racional, tema, ilación y lógica, en suma, elementos de convicción.

Así nació la política como praxis racional, como discusión civilizada, como tema de ciudadanos, habitantes de la polis o de la civitas; de ahí el término política y el término ciudadano y civil, incluso civilización, como si la política y la ciudadanía estuvieran vinculadas estrechamente. Esa convicción ha permanecido desde Platón y Aristóteles hasta Hegel y sus herederos y continuadores: la ciudad es el lugar de los ciudadanos regidos por las leyes, y ese espacio no es sino lo que denominamos el Estado. Más todavía: el Estado representa la encarnación misma del espíritu (no sólo el espíritu humano sino el mismo espíritu absoluto) en las instituciones del estado. Hasta aquí el vaso medio lleno: toda política necesita argumento, razones, convicciones, elementos para convencer a la mayoría. Y ello supone dejar a un lado la ley de la selva, la violencia y todo aquello que se oponga a las formas civilizadas y humanizadas de resolver los conflictos y los problemas.

¡Pero la política es otra cosa! podrá decirme usted, amable lector, amable lectora. Y, sin que yo deje de tener razón, usted también la tendrá. Yo la tengo porque, a final de cuentas, la política, el político y todo lo que hay en sus ámbitos (partidos, instituciones, poderes públicos, etcétera) necesitan un discurso, un argumento, una razón o una retórica en sus planteamientos y posicionamientos. Y usted la tiene –y yo estoy también de acuerdo en eso- porque la política es otra cosa. ¿Qué otra cosa? La lucha por el poder. Siempre ha sido así, incluso desde los antiguos (sólo que éstos luchaban por el poder mediante discursos y retóricas. Aunque también con sus paradojas: mientras se la pasaban discutiendo en el ágora, los griegos se la pasaban haciendo la guerra, por eso nunca pudieron establecer un Estado sólido y cuando les cayeron los romanos no hubo mayor complicación para su sometimiento –aunque, curioso, Roma adoptó la cultura griega), pero el asunto es éste: más que otra cosa, o mejor dicho, también la política es lucha por el poder. Y eso también se ha vuelto una forma de estudio clásico, ya no antiguo sino moderno: desde Maquiavelo y Hobbes hasta nuestros días, la política es una especial praxis de lucha por el poder. ¿Lucha civilizada? A veces no tanto, o frecuentemente no es civilizada, podría decirse; las más de las veces tramposa, engañosa, malévola, sin escrúpulos. Eso sí, dentro del marco de las leyes, incluso valiéndose de éstas para obtener poder y ejercer su control.

La política es, en conjunto, las dos cosas: discurso racional y lucha por el poder. Es una paradoja pero no se pueden separar: si fuera puro discurso racional no sería política, sería filosofía, o literatura, o ciencia, pero no política. Si fuera sólo lucha por el poder, sin argumento, sin posicionamiento, sin discurso, sin razón, sin leyes o principios, no sería sino puro pragmatismo, al estilo de las mafias o de los grupos de interés y del crimen organizado, donde mandaría el poder y el dinero. Y usted, lector, lectora, podrá decirme: ¡Pero a veces así se comportan! Sí, quizá lo hagan, pero lo hacen a nombre de la ley, o del estado de derecho, o de las instituciones democráticas. Lo que quiero decir es que toda política necesita un mínimo de razón, de argumento o discurso racional. Y la conclusión, a mi modo de ver, no puede ser sino esta: para que haya política se necesita, por un lado, razón y, por el otro, lucha por el poder. Esa es la paradoja.

Y tal paradoja no deja de estar presente en los efectos políticos, como por ejemplo los resultados electorales del 7 de junio pasados. Una paradoja, ya que, aunque el enojo y el desencanto prevalecían en diversos sectores de los electores, e incluso daban al presidente una desaprobación mayoritaria, su partido con el 29% del total de votos emitidos terminará teniendo alrededor de 203 diputados en la cámara federal, es decir, poco más del 40% de la representación (de los 39.8 millones de electores que ejercieron su derecho el 7 de junio, 11.6 le dieron al tricolor esa representatividad), y junto con sus aliados verdes alcanzará el 50%; es decir, 14.3 millones definieron ese impacto real de las decisiones en una de las cámaras que define muchas leyes y la manera de ejercer las políticas públicas del país. Por lo tanto, pesarán más esos 14.3 millones de electores que los 25.5 millones que votaron otras opciones. La parte racional, desde luego, es la ley y las matemáticas, la parte de los juegos de poder es ese modo como se fueron confeccionando las cosas y que le dieron cauce al malestar, el enojo y el arrebato de mucha gente que criticaba al régimen y al gobierno en turno. En otras palabras, sobre la base racional del entramado de las instituciones democráticas, se dieron los diversos juegos del poder que diseñaron y manejaron las campañas con un resultado más o menos calculado.

Y así en cada acción política, en cada ámbito de la praxis política, puede verse hasta dónde prevalece el argumento racional, la postura lógica de un planteamiento, y hasta dónde, más bien, muestra los flujos y reflujos de los juegos del poder.

Un ejemplo más, a nivel local, leo unas notas que consignan que en una sesión del congreso los diputados azules rompieron quórom para que no usara la palabra un diputado verde que iba a pedir la destitución de un funcionario estatal; el argumento: hay que cuidar la institución y un asunto personal no debe permitirse tratar. Si uno analiza el argumento, semánticamente tiene poca coherencia. Primero, porque los diputados tienen la obligación de formar quórum, segundo, tienen derecho de hacer uso de la voz y votar y, tercero, porque el tema no era de índole personal sino de implicaciones públicas. La pregunta, por tanto, seguirá siendo: ¿hasta dónde prevalece el argumento, la razón, la convicción y hasta dónde el juego de poder, la inquina, la grilla?

En resumen, la política conlleva los dos elementos, la razón y el poder, pero sobre todo que cuando el poder quiera desbordarse siempre es necesaria la razón, apelar a ella, hacer uso de ella e incluso hacer de ella una virtud. Sólo así la política hará posible la ciudadanía y la civilidad, sólo así los ciudadanos incidirán de forma efectiva en los asuntos públicos que son de todos y no de unos cuantos.

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