Han pasado más de veinte años desde que todos los gobiernos del mundo aprobaron en la Asamblea General de las Naciones Unidos la Convención sobre los Derechos de la Infancia, en la que los Estados Partes reconocen el derecho de los niños al disfrute del más alto nivel posible de salud y a un nivel de vida adecuado para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social. Ciertamente, en los últimos veinte años se han mejorado la expectativa de vida y desarrollo de millones de niños en todo el mundo. Sin embargo, el problema de la insuficiencia alimentaria en la población infantil sigue presentando, al día de hoy, niveles inaceptables.
De acuerdo con UNICEF, todos los días mueren 18 mil niños y niñas menores de cinco años, especialmente de causas que se podrían evitar. Una de ellas, la desnutrición, es responsable de casi el 50% de las muertes infantiles en todo el mundo (3.2 millones). Se sabe que la desnutrición es la consecuencia más directa del hambre y la desigualdad social, y tiene efectos negativos en la salud, en la educación y a lo largo del tiempo en la productividad y el crecimiento económico de un país. A su vez, la desnutrición depende de condiciones sociales, económicas y culturales determinadas por las inequidades, ejerciendo un efecto negativo principalmente en países de ingresos medios y bajos, en poblaciones rurales, urbano marginales y etnias indígenas.
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Pese a la gravedad de la situación, en tiempos recientes se han logrado enormes avances en la solución del problema por medios eficaces en relación a su costo, como el suministro de micronutrimentos y suplementos alimenticios a los sectores vulnerables de la población mundial, así como las intervenciones de éxito comprobado como la lactancia exclusiva materna y las campañas de difusión sobre cultura alimentaria y nutricional.
En México, por ejemplo, la desnutrición crónica pasó de una prevalencia nacional del 26.9% en 1988 al 13.6% en 2012, mientras que el bajo peso se redujo del 10.8% al 2.8% durante el mismo periodo. Asimismo, la reducción de los problemas nutricionales tanto por exceso como por deficiencia ha sido posible en gran medida por la mejora de la focalización de los programas sociales y de salud, así como el desarrollo de estrategias exitosas, como la Estrategia Integral de Atención a la Nutrición (EsIAN) hace hincapié en una serie de actividades e insumos para fortalecer la calidad de los servicios de salud y contribuir a mejorar el estado de nutrición de la población infantil.
En el contexto de la Agenda Global Post-2015, y frente a los desafíos demográficos y económicos que atraviesan los países y gobiernos de todo el mundo, de no atenderse con carácter de urgente el problema de la desnutrición infantil, los costos serán mañana considerablemente más elevados.