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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Canto de mí mismo

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Abril 28, 2015

Me celebro a mí mismo y a mí mismo me canto,

y cuanto yo asumo también lo asumirás

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porque cada átomo que me pertenece también te pertenece.

Walt Whitman, Canto de mí mismo, 1, vv. 1-3

Querría comentarle, amable lector, amable lectora (¡caray, qué formal soy! No cabe duda, me sorprendo a mí mismo, ¿es necesario saludar a los lectores con tanta golosina? ¿Por qué no entrar directamente al asunto? Pero me resisto, a veces, hasta como medio de abrir comunicación es preciso dar los buenos días; además, no me quita nada y los lectores pueden sentirse tomados en cuanta), los diversos escenarios que he podido ver a lo largo de este abril que fenece, desde ese viernes santo que estuve con unos sesenta jóvenes en una charla sobre el orden natural hasta otra charla con jóvenes universitarios de la Universidad Realística sobre la cultura política y el estado de derecho. Observé similitudes y contrastes y, en el fondo, una ausencia de visión, una imagen que vislumbraran los jóvenes, al menos. Con todo, vi una gran energía, una suerte de canto a la vida que se abre paso.

En la primera charla con jóvenes scouts, varones y mujeres que habían caminado unos cuarenta y cinco kilómetros durante el día, pude ver inquietud en sus ojos, ánimo, disposición, atención y una extraña cualidad que yo denominaría búsqueda de retos. Entramos en una suerte de conexión, yo hablando de la visión existencial y de una historia de Brancusi sobre la búsqueda del yo y el encuentro con el otro, para centrar mi tema en esas tesis de Romano Guardini sobre la relación entre la naturaleza, la cultura y la gracia, es decir, la conjunción del espíritu humano y del espíritu divino en los asuntos existenciales e históricos; ellos, atentos, preguntando cómo podría ser eso y si había un mecanismo de adquisición no tanto de conocimiento cuanto de capacidades para llevarlo a cabo. A final de cuentas, la fogata, puesto que era una noche fría, y la plática tienen un efecto que suscita una reflexión meditada, honda, suave.

Al día siguiente, luego de una mañana fría y de que los jóvenes estudiaban sus mapas para hacer su nuevo recorrido, mientras viajaba de regreso a Puebla capital, pensaba en los datos que los responsables del campamento me habían dado sobre los scouts. Antes, hace unos veinte o veinticinco años, había sesenta grupos scouts tan sólo en Puebla, ahora son doce o quince. Pero, ¿no ocurre una considerable disminución de jóvenes en los eventos de otras organizaciones, en los grupos sociales, en los partidos políticos, en los grupos parroquiales, universitarios y de diversa índole? Los jóvenes no están ahí, mayoritariamente, sino en los antros, en las fiestas, en donde hay “acción”, movidas, en fin, en otro lado. Con todo, esos sesenta jóvenes me mostraron que hay energía y disposición, con lo que me pregunto, y les pregunto a los de mi generación y de otras generaciones, ¿les hemos comunicado algo? ¿les hemos transmitido algo? ¿Qué les hemos transmitido? ¿Hemos sido capaces de transmitir una imagen del mundo? Más aun, ¿nosotros como generación tenemos una o teníamos una?

A mí me parece que sí, que teníamos una visión, una idea, una imagen; para comenzar, una idea de la vocación personal, yo por ejemplo, siempre tuve la sensación de que en la universidad estaba preparando mi formación intelectual, los cursos, seminarios, lecturas, conferencias, asesorías con los profesores, todo ello era y formaba parte de lo que algún día sería el filósofo que estaba preparándose. Y también portábamos una idea de generación, buscábamos una sociedad abierta, democrática, participativa, vertebrada desde los organismos sociales intermedios. Confiábamos en el empoderamiento de la sociedad.

Sin embargo, con el paso del tiempo y el surgir de las nuevas generaciones algo pasó que no supimos comunicar esa imagen de las cosas que buscábamos. Las nuevas generaciones no están viendo lo que nosotros vimos simplemente porque las cosas son distintas de como las veíamos; estábamos muy ideologizados, nuestra forma de adquirir conocimientos y de formarnos por un lado, y de ver las cosas políticas y sociales por otro lado, partían de perspectivas desenfocadas (con todo y que lo mejor de todo ello era el sentido de la amistad, de la responsabilidad de uno mismo y de los demás), de lentes distorsionados y de una incapacidad de ver la otredad de quienes pensaban distinto y hacían distintas las cosas. Hoy tenemos que reaprender. Y, mientras tanto, encontramos dificultades para entablar diálogo con las nuevas generaciones.

Esto último lo pude percibir en mi charla con los universitarios. Al final, uno de esos chavos me dijo tajante: yo, la verdad, no creo en nada de lo que usted dice, ni los políticos ni la política pueden resolver nuestros problemas. Mi respuesta, lenta, pensada, sopesada, fue en este sentido: sólo si aprendemos a confiar tanto en nosotros mismos como en los demás podremos resolver nuestros más grandes y graves problemas. Y eso no significa ser ingenuos, porque para comenzar nos haríamos exigentes para estudiar, para cumplir nuestros compromisos, nuestras obligaciones y todo aquello que implica la formación universitario; al mismo tiempo nos haríamos exigentes con quienes se encargan de los asuntos públicos: seríamos exigentes con ellos y, si no respondieran, los tumbaríamos de sus cargos sin el mayor problema. Desde luego, no es un asunto fácil y se tiene que ir permeando en los diverso ámbitos de la actividad humana. Yo terminé inquieto, pero convencido de que es ahí a donde hay que apuntar: a comunicarnos con las generaciones que vienen y que, pronto, estarán tomando las decisiones en la vida social, política y económica.

Eso busca, en gran medida, la revista Razones para caminar juntos (échele un ojo por favor en www.r-razones.com.mx). Y por todo lo anterior el poema de Whitman me arrebató al asentimiento: Me celebro a mí mismo y a mi mismo me canto. Porque con todo y los claroscuros han valido la pena estos 49 años, buena parte de ellos, desde los doce o trece años de edad, en que, con mis amigos, caminábamos a los campamentos, para escuchar charlas, pláticas, historias, cuentos, al calor del fuego nocturno, de la fogata y, también, de la guitarra. Recuerdo, en tal sentido, Villa del Carbón, en el Estado de México, o a Chihuahua capital, a unos kilómetros donde comenzaba el desierto, o en otros tantos lugares donde, por x o y, mi imaginación volaba, entablando grandes y enormes batallas donde yo era, cual Quijote, el héroe de brazo valiente que se enfrentaba a mil gigantes y encantadores.

Por todo ello, me celebro a mí mismo y a mí mismo me canto, porque vale la pena haber vivido esa juventud que buscaba, yo mismo buscaba, yo mismo quería abrir mis horizontes, y la vida me dio la oportunidad de conocer y tener grandes amigos y grandes personas y, aquí en Puebla, personas generosas que me abrieron las puertas de su casa y de su corazón y que, en momentos cruciales, me brindaron ayuda importante. Desde luego, mi mujer y mis hijos son tema aparte, pero forman este íter de mi camino, de mi caminata y del río de mi vida.

Cuando ahora, con mis 49 años, acudo con mi mujer a las tertulias mensuales, de alguna manera se repite la fogata de los campamentos, sólo que ahora es la casa o la casa de algún amigo; contamos historias, compartimos perspectivas, exponemos inquietudes, ideas, libros, letras, al calor de un vino, de una ensalada, de una comida rica y variada y de una plática agradable. Todos hablan, todos tienen algo que decir, todos cuentan y, a veces, furtivamente, vuelve a acudir a mi mente la imagen de don Quijote que, en sus locuras, sigue viendo gigantes donde hay molinos de viento, castillos donde sólo hay ventas, gigantes y encantadores donde la realidad no hace sino ponernos con los pies en la tierra. Quizá es eso lo que podríamos comunicar a las jóvenes generaciones: que la vida no es sino la aventura de cada quien y que, como don Quijote o como Sancho, hay que tomarla en las propias manos, en la propia mirada, en la propia responsabilidad. No importa que caigamos al suelo y que mordamos el polvo, a final de cuentas para seguir nuestros sueños es preciso conocer el sabor de la tierra.

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