Una canción la hizo rebotar de manera bestial a su juventud. Su tristeza era profunda. Pero no se la explicaba: No conocía al hombre por el que decía dolerse; era una relación virtual que no era, pero era; era, pero no era; la ambivalencia era la moneda de cambio y las reglas del juego, convenencieras para él. Pero platicaban como si se conocieran de siempre, como si algo les uniera intrínsecamente.
Nunca lo vio en persona. No miró sus ojos más que adivinando a través de los lentes que lleva puesto en las fotos que posteaba. Nunca supo la temperatura de su piel o su saliva. Chateaban de repente y “whatssapeaban” intensa pero intermitentemente. Cuando sus amigas le preguntaba qué hacía, ella respondía: “Noviando con un amigo desconocido”. Vivía el momento, aunque necesitaba el mañana. Y así se enganchó en una avalancha que no vio venir.
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En un mes dejaron de comunicarse. En la distancia ella pensó que era un amor inútil, amor al fin, sin llevarla a nada: él lejos; su vida, un misterio; sus manos amarradas por las reglas del juego. No hubo promesas, ni compromiso, ni nada… Se dijo: “Qué manera tan pendeja de enamorarme”.
Después de tres semanas retomaron la comunicación. Algo de lo que no había, estaba roto ya. Tampoco pudieron retomar el ritmo de lo que pudo haber habido. Ella no podía negar que entre el sí-y-no, no-y-sí, se le movieron los entrañas.
Entre lo roto y la pérdida, se fracturaron ambos: la relación y ellos. Él se volvió un fantasma y ella inició un peregrinar errático para comprender su inconsistencia interna y lo que la hizo tan triste: “Lo que pudo haber sido y no fue”.
Sobreviviendo con su aguda desesperanza, recordó esa canción: una frase fue la punta de la hebra: “Me siento en mi puerta en las tardes para verte llegar”. Le vino a la memoria un amor con las mismas características que el susodicho; ella tenía 17; él, 27. Salían en moto. Rebeldes, salvajes, libres. Amantes. Cálidos. Sus padres no estaban de acuerdo y le habrían dicho a él que se retirara. Ella nunca lo supo y día a día lo esperaba sentada en la banqueta de su casa para verlo llegar e irse con él, hasta el fin del mundo. Y él se fue, sin más. Nunca regresó. Y ella lo enterró, era demasiado el dolor y tenía que seguir viva.
El dolor por el amor inútil traía debajo el gran dolor por lo que había sido el máximo deseo de su vida. Vivir intensamente con aquél amor que sin explicación se había ido. Tampoco había podido vivir su duelo. Ahora tenía que vivirlo, aunque fuera a destiempo, y a través de un amor inútil.
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