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OPINIÓN

20 de noviembre: revueltas y su mirada

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Noviembre 20, 2014

El 20 de noviembre de 1914, año en que iniciaba la Gran Guerra en Europa y en México la crisis e inestabilidad política, económica y social hundían al país también en la zozobra, la incertidumbre y el absurdo, nacía José Revueltas, uno de los escritores mexicanos de lectura perspicaz y fina para mirar los acontecimientos desde el alma misma de su raíz: la interioridad y disponibilidad de los involucrados.

A mi modo de ver, su riqueza y su aportación al panorama cultural de México no han sido su militancia comunista ni sus convicciones ideológicas, sino precisamente sus novelas y sus ensayos. Prácticamente autodidacta, con una experiencia humana como pocos (me refiero a la experiencia de haber vivido la humanidad y su humanidad), mostraba una suerte de esperanza casi religiosa en que la sociedad podía transformarse en un espacio más humano y justo. Su desencanto del estalinismo y de la ideología no lo llevaron a abdicar de sus esperanzas en una revolución de los corazones y de los ánimos. Quizá eso es justamente a lo que se refería Octavio Paz cuando, al hablar sobre él, decía que no había conocido a persona más pura que José Revueltas. Sin ser creyente en Dios, mostraba, empero, una sensibilidad religiosa para los temas humanos; y su esperanza en lo mejor del ser humano no le cegaba su mirada sobre las más grandes miserias que pueden comportar las personas. Su experiencia de la calle, la protesta social, la cárcel y sus lecturas, formaron una amalgama especial para leer las problemáticas radicales de los asuntos humanos. Cuando miro sus perfiles, incluso su desenfadado alcoholismo, me resulta inevitable ver sintetizadas las personalidades de Dostoievski y de Pèguy: el conocimiento del alma humana, por un lado, y la esperanza cotidiana de que, por alguna razón, este país, esta sociedad, este México, pueden cambiar para mejorar sus condiciones humanas, por el otro.

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Pero ello no le impedía mirar la maldad, la corrupción, la impunidad. Su experiencia de la calle también le permitió conocer de primera mano lo que se vive en ese espacio a veces tan inhumano; no se diga la experiencia de la cárcel, donde la indignidad y la porquería caminan de la mano con la corrupción y la prepotencia de los beneficiarios de esos espacios de inhumanidad. Uno puede perfectamente mirar lo que pasa dentro de los reclusorios, incluso los más “simples”, leyendo Los muros de agua o El apando: los que tienen que ver con esos lugares, por sistema o por costumbre, son obligados a volverse inhumanos y a perder su rostro de hombres o mujeres. Espacios enteramente opacos porque es opaca la porquería que ahí de administra y se produce.

Tampoco le impedía (esa esperanza en un mundo más humano) mirar los engaños de la ideología y de las “buenas” causas, incluyendo la del comunismo. Ello se puede apreciar en Los días terrenales y en Los errores: los dirigentes siempre estarán “justificados” a todo, incluso a esos “sacrificios” del dinero y el poder; mientras que los militantes comunes y corrientes no tendrán otro consuelo que servir a la causa a costa de sus relaciones familiares y de sus precarios recursos; al final no quedan más que pocos caminos: la muerte, el desencanto o el resentimiento.

A mí, en lo personal, la novela de Revueltas que más me ha gustado es El luto humano, esa historia sencilla en un pueblo de poquísimos habitantes donde todo ocurre, en una noche oscura y lluviosa, como si transcurriera toda la historia de la humanidad: el bien, la maldad, la muerte, la esperanza, el pragmatismo, la religión, en fin, todo lo que resume los ámbitos del ser y quehacer humanos. Pero prevalece al final, es cierto, una suerte de nihilismo y desolación. Es paradójica, por ello mismo, esa combinación de esperanza en lo humano y de desolación de las circunstancias, como si la voz humana, el grito humano se dieran con toda la fuerza de su legitimidad y la respuesta no fuera sino el silencio del universo, de la historia y de la existencia misma. En esto, Revueltas se me figura más a Albert Camus: no importa si como respuesta se obtiene el silencio, es preciso hacer oír la voz. En un poema, Revueltas resume su sensación, ésta que he dibujado aquí; se llama “Nocturno de la noche” de 1937: “Cuando la noche./ Cuando la angustia./ Cuando las lágrimas.”

En Los muros de agua, escribe Revueltas lo siguiente:

¿A dónde? ¿Con qué rumbo? ¡Si al menos pudieran adivinar el sentido, la orientación…! Pero el carro iba de izquierda a derecha; parecía, luego, tornar sobre sus propios pasos, como rectificando, y después continuaba en su vértigo, ciego, carente de certeza, desgobernado y sin propósitos, como un carro de la noche, que caminara sin fin. ¿A dónde? ¿A qué destino? (Revueltas, 2010: 25).

¿Quiénes iban en el carro? La sensación que se respira es de incertidumbre y, por lo que dice el narrador, no se puede ver: los que son conducidos no pueden ver, van encerrados ¿en la parte trasera? ¿En la cajuela? Por otro lado, esa sensación que tienen los que ahí van ¿es la sensación de toda una época, la modernidad, por ejemplo? ¿O se refiere al negro panorama de la conducción de un país? ¿O de un estado? ¿O a todo el siglo XX? ¿O a este siglo XXI y esa sensación que no termina de configurarse y que nos preanuncia que las cosas no van por buen camino?

El texto fue escrito en 1941 y se refiere a unos chavos simpatizantes del comunismo que son llevados en un camionetón de la policía. Más adelante, ahora es en barco, esos mismos chavos son conducidos vía marítima:

¡Oh, viaje pesado y negro! Navegarían aún por cuarenta y tantas o más horas como se navega siempre en el mar, con el corazón turbado y el espíritu en duda; como se navegaba siempre en esas aguas inmensas, sin fin ni principio, bajo la idea, apenas insinuada, pero firme e insistente, de que se marcha sin destino, al azar, persiguiendo cosas vanas e ilusiones distantes. (Revueltas, 2010: 67).

En otra novela, ahora es la imagen de la noche la que prevalece junto al clima, Revueltas describe: “El norte daba golpes sobre la noche. Y el cielo no tenía luz, apagado, mostrando enormes masas negras que se movían espesamente, nubes o piedras gigantescas, o nubes de piedra.” (Revueltas, 2011: 14). Incertidumbre, noche, oscuridad, desorientación, esas parecen ser las circunstancias descritas, el estado de la situación.

En otra novela más, distinta de las anteriores, la imagen parece repetirse. Las tinieblas, el vacío, la oscuridad no sólo es física, sino también metafísica, ontológica, atraviesa el ser mismo de todo, de toda existencia: “En el principio había sido el Caos, mas de pronto aquel lacerante sortilegio se disipó y la vida se hizo. La atroz vida humana.” (Revueltas, 2009: 9). ¡Qué extraña muestra la de Revueltas! Un convencido de las causas sociales, humanas, por la justicia y en la esperanza de un mundo mejor, mostrando, sin embargo, ese lado oscuro y misterioso de la existencia humana. Eso es, para mí, lo valioso de un escritor que es capaz de descubrir la vena humana y de enfocarlo con la mayor hondura. Y eso es lo que celebramos hoy, 20 de noviembre, a cien años de su nacimiento. Es, junto con el de Octavio Paz, un centenario que vale la pena recordar, agradecer y, sobre todo, meditar para esclarecer nuestras perspectivas y nuestros juicios.

No ha habido mucho sobre Revueltas este año, que yo sepa, acaso un evento en la Buap sobre su papel como guionista y dos o tres artículos que Reforma le dedicó hace una semana en su revista semanal. De ahí, no he visto mucho. Bueno, sí, he visitado varias veces una biblioteca de la propia Buap que lleva su nombre, la biblioteca de humanidades José Revueltas: aunque son pocos los visitantes, dos o tres en el momento en que estoy ahí,  a lo sumo. Entonces aprovecho y consulto y pido prestados La república de Cicerón, El príncipe de Maquiavelo y Filosofía del derecho de Hegel. Los necesito para releer y elaborar un texto sobre el estado de derecho y, en efecto, puedo plantear el tema como una suerte de evolución de una triple crítica: contra la violencia, contra la razón y contra el poder, porque eso es el estado de derecho, si no, no es otra cosa que lugar común, mera retórica y discurso hueco. Mientras hago estas maniobras, ahí, en esa biblioteca, en el mero corazón de la capital poblana, me imagino una charla, una plática, un pequeño debate sobre la situación del mundo y del país teniendo como expositores a los dos, a Octavio Paz y a Revueltas, ¿qué dirían? ¿Cuál sería su postura? Y me respondo, ya lo han dicho, ya lo han escrito, ya lo han expresado, han visto y experimentado al México del siglo XX. A nosotros nos toca ver y experimentar al del siglo XXI y las reflexiones de esos dos grandes nos ayudarán.

Referencias bibliográficas:

Revueltas, José (2009): Los días terrenales, edición original 1949 (Stylo), José Revueltas. Obras completas, Obra literaria, 3, Era, 1a. ed. México 1979, 12a. reimpresión, 232pp.

Revueltas, José (2010): Los muros de agua, edición original 1941, José Revueltas. Obras completas, Obra literaria, 1, Era, 1a. ed. México 1978, 19a. reimpresión, 175pp.

Revueltas, José (2011): El luto humano, edición original 1943 (editorial México), José Revueltas. Obras completas, Obra literaria, 2, Era, 1a. ed. México 1980, 22a. reimpresión, 187pp.

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