El país es un desbarajuste y no se ve por lado alguno al líder que reclama el momento.
Un auténtico barco a la deriva. Los tres niveles de gobierno responden con lo que mejor saben hacer: indiferencia, ausencia total. Los partidos proceden de igual modo: las riñas internas, sus alianzas nefastas. Donde son el poder simulan, ocultan y se hacen de fortuna. Donde son oposición actúan como tapaderas cínicas del poder. Y medran también, jugosamente.
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No hay día que los medios no muestren la crisis de los partidos y la incompetencia gubernamental. Los medios son catálogos variados del delito de quienes gobiernan. Y nadie puede poner remedio alguno.
Los poderes son madejas de complicidad y complacencia. Los legisladores lo hacen de rodillas, los jueces y ministerios públicos se pliegan a quien paga. Los delincuentes salen de las prisiones con diversas argucias. La ley es un comercio vulgar, pero no barato. El poder del dinero todo lo corrompe.
En este vacío de poder muchas protestas vuelven cotidiano el abuso, el anarquismo y la violencia provocadora. Nadie se para frente a los peligrosos brotes de violencia social. El ciudadano, el hombre común, sufre las terribles consecuencias de un ambiente caótico. Es víctima de bloqueos y trastocamiento del transporte privado y público en las carreteras, aparte de los asaltos.
Hay cada vez mayores espacios del país donde la gente empieza a desesperarse. Su vida diaria desquiciada, comercios bloqueados, hoteles desocupados, la economía subvertida. Los gobiernos estatales culpan al federal, éste a los estatales, los ayuntamientos cruzan los brazos o, a río revuelto, se despachan con el presupuesto.
Es evidente el fracaso absoluto de todos los partidos como portavoces o canales sociales de comunicación. Estos, sus líderes, velan y aseguran sus intereses, nunca los del ciudadano. Su ocupación y pasión diaria es preparar de entre sus cúpulas familiares a sus candidatos para la siguiente elección. Y blindar el orden establecido que les garantiza control del poder, órganos electorales y presupuestos. Y llenar con verborrea los medios.
Desde la presidencia se habla otra vez de un pacto de seguridad. Una salida manida y torpe.
Un politólogo, Telésforo Nava Vázquez, ejemplifica: “Si nuestra casa fuera saqueada por unos hampones, ¿aceptaríamos después que los hampones nos ayudaran a corregir los problemas de nuestra casa…?”
Si la democracia que se vive en el país es ilegítima, hueca, sin los mínimos índices de confianza en los actores, con negociantes embozados en los cuerpos de representación, públicos y privados, ¿qué diablos pueden pactar a favor de la sociedad?
Sin tanta palabrería ni ciencia, el mejor pacto es el cumplimiento de la ley, en primera persona, todos los días y en todos los niveles. Así de fácil. Qué difícil para quienes tienen los cargos.
Y en este clima, las informaciones serias y documentadas y las que circulan con tufo de frivolidad farandulera revelan hechos y anécdotas de más abusos de poder, enriquecimientos y derroche escandaloso, fortunas derivadas de cuantiosas comisiones al amparo del poder, y ausencia absoluta de congruencia entre la vida privada y la pública.
Y esto es todos los días.
Y otra vez, este desfile de la desvergüenza comprende a todos los partidos y gobernantes.
El vacío y el caos empiezan a apuntar hacia la articulación de una gran organización social. No existen formulas mágicas ni manuales para ello. Se tendrán que hacer en el camino.
Varios analistas, intelectuales y líderes sociales muy sensibles y visionarios empiezan a vislumbrar esa única salida.
En España, la nueva organización “Podemos”, es un referente que se mira con disposición de aprendizaje sumamente interesante.
Algo es cierto: si bien el desánimo y la impotencia chocan con terribles murallas, esto es parte de la evolución de los pueblos. Este cuadro se repite en todas las latitudes y en distintos momentos de la historia. De imposibles se nutren los panteones.
Esto no es fácil ni se hace en un día. Todo lo por hacer es obra humana. Así ha sido y así seguirá siendo.