El zócalo de Puebla, plaza de armas o plaza de la Constitución, debiera ser un sitio de orgullo y placer para propios y extraños. No lo es, o lo es sólo algunos contados días del año. El resto, es un escenario para circo, maroma y teatro. En esto se incluyen descarado negocio algunas veces, y exhibicionismo político populachero otras.
Un día, el hoy director de CONACULTA, Rafael Tovar y de Teresa, al recorrer este corazón poblano, comentó: “yo creo conocer la mayor parte de las plazas de armas del país, y ésta se encuentra entre las más hermosas, sin la menor duda.”
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Parece que no concuerdan con esto las sucesivas autoridades encargadas de preservar y enaltecer este soberbio espacio. Ayuntamientos van y vienen y no resguardan el zócalo de la actitud agresiva y depredadora de personas y grupos, locales y foráneos. Otras veces, son estas mismas autoridades las que comandan tales acciones.
Un día cualquiera, como este domingo por ejemplo, la plaza era una mezcla de zoco marroquí, escenario de un pandemónium, desfile interminable de artistas de baja estofa, terminal caótica de turistas y hasta sitio para convención de payasos. A veces es también meta de competencias deportivas, velódromo, espacio libérrimo de marchas y protestas, punto de encuentro de ciclistas y motociclistas y zona “oficial” para fotos de bodas y graduaciones.
Y el pobre zócalo, como la tierra, soporta todo.
Ayer, decíamos, pudimos testimoniar el infinito desfilar de vendedores de toda laya, la presencia de un cantante que con graves y agudos aullidos y guitarra en mano, destruía las canciones de José José y los tímpanos de inocentes cafetómanos; a eso se agregaban los berridos de un chiquillo de brazos con la cara embadurnada de helado; el intento de manoseo de un pelafustán a una turista nórdica…y la ausencia de la nueva policía turística, por supuesto.
Pero lo más escandaloso era un espectáculo de aniversario de Antorcha Campesina. Uno podía caminar por la 2 Poniente, ¡a doscientos metros de la tribuna de los festivos antorchos!, y sufrir el infernal ruido de sus guapachosos ritmos, que tendrán todo el derecho para su pachanga y demás, pero no de agredir a los tranquilos paseantes.
Estoy absolutamente seguro que el mismísimo Aquiles Córdoba, reprobaría esta brutal escandalera, que seguramente se lleva a cabo a sus espaldas. Él sabe que la práctica de las bellas artes –y antorcha tiene notables ejemplos de esto- nada tiene que ver con el demoniaco ruido.
Bienvenida una demostración artística guardando consideraciones para el público, reprobable la brutal embestida con tan voluminosa carga de decibeles que ofenden a la gente y a los propios protagonistas.
Otras veces son los propios organismos culturales, estatales y municipales, los que bajo una enorme y grotesca carpa multicolor, desatan toda su infernal furia en horario matutino, vespertino y nocturno, para contribuir generosamente a la sordera colectiva, con un ruido que no solo invade y satura el zócalo, sino que se escucha por el Carolino, frente al Congreso y en las proximidades al jardín del Carmen.
Y todo esto se hace no solo a ciencia y paciencia del gobierno municipal, sino con su autorización y participación festiva y entusiasta.
¿Quién diablos pone orden en esto?; ¿quién autoriza, regula, vigila la vida del zócalo poblano?; ¿quién protege y da la cara por los elementales derechos de la gente…?
Ya es justo que alguien, con un mínimo de sentido común y un máximo de responsabilidad social, ponga orden en este caos y le devuelva un clima de respeto y dignidad al corazón poblano.
Todo se puede, pero con orden.
Una plaza de armas acorrientada, vulgarizada, agredida y provinciana, retrata de cuerpo entero a la autoridad, y es la peor imagen y carta de recomendación de Puebla.
De sus autoridades, no de sus habitantes.