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El contenido del lenguaje | Fidencio Aguilar Víquez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El contenido del lenguaje

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Abril 9, 2014

Entro a mi estudio dispuesto a seguir leyendo Una introducción a Octavio Paz, de Alberto Ruy Sánchez (FCE, edición aumentada, 2013), pero, sin querer y casi pidiendo mi atención, unas fichas se esconden debajo de unos sobres en mi escritorio. Tomo la primera y se trata de una ficha que recoge un fragmento de la Antropología filosófica de Ernst Cassirer (FCE, 1987); habla sobre el lenguaje y dice lo siguiente:

… tenemos que distinguir las diversas capas geológicas del lenguaje. la primera y fundamental es, sin duda, el lenguaje emotivo; una gran porción de toda expresión humana corresponde todavía a esta capa. Pero existe una forma de lenguaje que nos muestra un tipo bien diferente; la palabra ya no es una mera interjeccion, no es una expresión involuntaria del sentimiento, sino parte de una oración que posee una estructura sintáctica y lógica definidas (…).

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(…) La diferencia entre el lenguaje proposicional y el lenguaje emotivo representa la verdadera frontera entre el mundo humano y el animal (…).

(…) Si entendemos por inteligencia la adaptación al medio ambiente o la modificación adaptadora del ambiente tendremos que atribuir al animal una inteligencia relativamente muy desarrollada. También hay que reconocer que no todas las acciones animales se hallan gobernadas por la presencia de un estímulo inmediato. El animal es capaz de toda suerte de rodeos en sus reacciones. No sólo puede aprender el uso de instrumentos sino inventar instrumentos para sus propósitos. Por eso, algunos psicobiólogos no dudan en hablar de una imaginación creadora o constructiva de los animales (…). En resumen podemos decir que el animal posee una imaginación y una inteligencia prácticas, mientras que sólo el hombre ha desarrollado una nueva fórmula: la inteligencia y una imaginación simbólicas (…).

(…) Tiene que comprender que cada cosa tiene un nombre, que la función simbólica no se halla restringida a casos particulares sino que constituye un principio de aplicación universal que abarca todo el campo del pensamiento humano. (Cassirer, 1987: 53-61).

¡Qué joyita! Me digo a mí mismo, no sólo por la gran similitud emocional que tenemos con los animales (pienso en mi Rocky y sus saltos de emoción cuando, al amanecer, bajo vestido con ropa deportiva para ir a correr: sabe que arranca el día), sino por la hondura de la distinción: no es la habilidad para adaptarnos a las cosas, no es el sentido práctico, que en esto los animales están mejor dotados, sino la capacidad simbólica lo que nos hace especiales.

Desde luego, esa primera capa geológica del lenguaje, como la denomina Cassirer, es relevante: todos los días, al levantarnos, luego de respirar hondamente y de mirar el preámbulo del amanecer, nos sentimos alegres, contentos, con ganas de comernos al mundo. O bien, dependiendo las circunstancias, tristes y desguanzados. O al escuchar las noticias nacionales o locales, enojados e iracundos. En eso las emociones hablan en nuestro cuerpo (y quizá también en nuestra alma).

Cuando salgo a correr, casi todas las mañanas, y mi perro a mi lado, el lenguaje emotivo de inunda: siento la tierra que piso, fuerte, firme; el calor y el fuego de mi cuerpo; el aire que respiro y que siento insuflar mis pulmones; y el agua que brota de mi piel. Siento alegría y placer y me conmuevo por ser abrazado y sostenido por los cuatro elementos que significan vida.

Pero eso no es todo; esta primera capa geológica muy pronto me impulsa a otras capas, esas simbólicas de las que habla Cassirer: me abre el mundo interior no ya de mis sentimientos sino de mis pensamientos, mis disquisiciones, mis avatares internos: argumentos, razonamientos, planes, proyecciones, todo lo  que tiene que ver con el verbo interior, con la palabra que brota y se encarna en el pensamiento.

Me quedo reflexionando y, nuevamente, casi sin querer, mis ojos se posan sobre otra ficha; ahora es una que  recoge una nota de Michel Foucault sobre el filósofo Epicuro:

Vacío es el discurso del filósofo que no cura ninguna afección humana. En efecto, así como una medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo no es de utilidad alguna, tampoco lo es una filosofía si no expulsa la dolencia del alma. (Foucault, 2006: 25. Nota 29).

¿Qué es lo que puede curar la filosofía en nuestro tiempo, máxime cuando brotan tantas, cuantos filósofos promotores de las más diversas corrientes de pensamiento hay? Una primera cura es pensar, es decir, salir del nivel de las meras emociones: pasar del lenguaje emotivo, de las meras interjecciones, al simbólico, universal y aplicable a los casos particulares, todos los casos.

Una segunda, y quizá más relevante, la filosofía nos lleva a distinguir, porque pensar es distinguir: lo noble de lo innoble, lo justo de lo injusto, lo … ¡guau! (y esto es una interjección), encuentro otra ficha, ésta de Romano Guardini, que corona mi reflexión, dice:

Educación es la capacidad de juicio. Pues para poder juzgar se han de termer medidas, llevarlas vivas en el sentir; medidas para lo grande y lo pequeño, lo auténtico de lo inauténtico, lo excelso de lo bajo. (Guardini, 1994: 90).

No, no, no; sí, sí, sí; me siento motivado. ¿En éxtasis? No sólo emocionado, aunque doy un sorbo a la cuba que me he preparado; siento el vaso frío, los hielos, y sediento, casi acabo mi bebida: mi alma se encuentra simbolizada, ha visto, ha entrevisto cosas verdaderas. ¿Pero, dirá el lector, no es esto seguir argumentos de autoridad? ¿A sus 48 años todavía sigue argumentos de autoridad? ¿Dónde está el pensar original?

La verdad, como alguna vez lo escuché en mis años mozos, me siento como cargado y sostenido en hombros de gigantes, por lo que puedo ver más allá de ellos. La noche cae y aunque las letras pugnan por seguir seduciéndome, me resisto, el cuerpo tiene que reposar. La fichas, mis viejas amigas, tendrán que esperar otro momento, otro día, otra ocasión, esta noche no habrá juerga ni serenata…

 

Referencias bibliográficas:

 

Cassirer, Ernst (1987): Antropología filosófica, trad. Eugenio Ímaz, FCE, México, 12ª. Reimpresión.

 

Foucault, Michel (2006): La hermenéutica del sujeto, FCE, México, 2ª. Ed., 2ª. Reimpresión.

 

Guardini, Romano (1994): Una ética para nuestro tiempo, s. t., Lumen, Buenos Aires.

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