Largamente replicaría a cuanto acabas de decir si el padre Júpiter no
conociera los beneficios que de mí has recibido y tu negra ingratitud.
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Medea de Eurípides.
Como parte de los festejos durante este mes de marzo por el día internacional de la mujer, es muy común encontrarnos con aseveraciones que reflejan el lugar que tienen las emociones y los sentimientos en las mujeres, sin embargo, ¿Es esto un halago o una crítica?, ¿Un piropo o un insulto?
Las mujeres siempre han sido consideradas como el género más emotivo, sin embargo, muchas ocasiones este calificativo es usado como un ejemplo despectivo que ilustra la racionalidad que sucumbe ante el torbellino de las pasiones femeninas, y que de tal forma, como los griegos bien ejemplifican en tragedias como Medea, coloca a la mujer como un ser que compromete su racionalidad fácilmente ante el desbordado cumulo de emociones y pasiones que la poseen.
Sin embargo, conforme avanzan los nuevos planteamientos acerca de la acción y de la racionalidad humana, podemos observar que la emotividad comienza a jugar un rol diferente dentro de las teorías contemporáneas e incluso en algunos casos como las propuestas del noruego Jon Elster, las emociones pueden considerarse como una herramienta determinante en el proceso de elección.
Para este sociólogo noruego, existen situaciones dilemáticas en las que el individuo se encuentra en un claro momento de indeterminación, en el cual su elección puede verse notoriamente comprometida. Para evitar esto, el agente requiere buscar mayor información que le permita alcanzar cierta certeza antes de tomar una decisión, mismo que en casos demasiado complejos, pueden desencadenar una búsqueda interminable de evidencia que concluya por afectar la elección misma. Este tipo de situaciones son conocidas como casos de hiperracionalismo, los cuales pueden llevar a que el individuo, por falta de una elección, simplemente no actúe.
Para Elster es justo en estas situaciones en las que las emociones pueden resultar determinantes, pues aquel que no decide por racionalidad, si pudiera hacerlo por emotividad, lo cual al final de cuentas resultaría ser la elección más racional.
De tal manera, las emociones que antes eran vistas casi peyorativamente al hablar de racionalidad, ahora se constituyen como una parte importante de la elección, la toma de decisiones y el ejercicio de la razón humana. Entonces, ¿Qué sucede ahora con el calificativo de la mujer como el ser naturalmente emotivo?, ¿Acaso es ahora el sexo femenino el que al saber expresar sus emociones pudiera llegar a ser el grupo más racional?
Una situación que podría ayudarnos a responder estas preguntas es el actual interés de muchas empresas en preferir al personal femenino para aquellos puestos en los que se manejan trabajadores o se interactúa con clientes. Estos corporativos consideran que la mujer cuenta con una sensibilidad y empatía mucho más desarrollada al momento de tratar con otras personas y tomar decisiones respecto a dicha relación, lo cual resulta ser un beneficio considerable si lo que se pretende es mejorar la calidad en el servicio e ir más allá de las expectativas del cliente.
Por consiguiente, parece ser que bajo esta nueva perspectiva, la mujer cuenta con una considerable ventaja sobre el hombre, pues ellas han aprendido que las emociones pueden llegar a ser herramientas de decisión, mientras que para el varón lamentablemente la emotividad continua siendo algo ajeno y que simplemente tiende a nublar su raciocinio.