La terapia genética, el comercio electrónico, los sensores inteligentes, la imagen digital, los micro-robots, la superconductividad y otras tecnologías emergentes tienen el potencial para replantear sectores industriales y estrategias ya establecidas.
Esto es en particular estimulante para las empresas capaces de escribir (y explorar) reglas diferentes en la competencia, y más aún para aquellas que no están en posibilidad de hacerlo sino sólo adaptarse a las nuevas circunstancias. Para las empresas que no pueden dictar las nuevas reglas de competencia, las tecnologías emergentes son traumáticas. Muchas de ellas sienten que no tienen elección y se ven obligadas a participar en los mercados que surgen.
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Cabe exponer dos razones para que suceda lo anterior: la primera es que tales organizaciones buscan mantenerse a la defensiva, motivadas por el temor de que otras empresas exploten las nuevas funciones de las tecnologías y, con ello, ataquen su mercado meta. La segunda está en contraposición con la primera: si la tecnología emergente logra materializar su potencial, creará oportunidades de mercado que serían muy atractivas para dejarlas pasar por alto.
Algunas empresas están más cercanas a la turbulencia causada por la destrucción creativa de las nuevas tecnologías, pero muy pocas escapan del impacto disociador de estas fuerzas. Las tecnologías de la información transforman muchas industrias mientras que la genética y la investigación de nuevos materiales prometen tener un impacto en diversas farmacéuticas. En esencia, en varias industrias, administrar las tecnologías emergentes ha llegado a ser un factor esencial para alcanzar el éxito.