Las elecciones, aparte de representar un ejercicio político a través de las cuales la ciudadanía forma gobiernos y construye representaciones políticas, en ambientes democráticos, también permiten acelerar la circulación de las élites.
Resulta patético observar preocupaciones innecesarias sobre la pervivencia del predominio sobre el poder local, en particular sobre el poder municipal, adjudicado a clanes y familias, cuando es un fenómeno natural esta práctica política en todas partes del mundo. En México en la era del sistema de partido hegemónico, se convirtió en objeto de estudio por sociólogos y antropólogos, el tema del cacicazgo, de los caciques y de sus tradicionales formas de mantener el poder local y regional. Puebla fue el mejor ejemplo de esta tradición a tal grado que la división territorial municipal y sobre todo la división distrital, fue consecuencia de atender los caprichos de los caciques y de su poder territorial. Esto, hasta la reciente reforma electoral que generó una moderna distritación sustentada en la igualdad poblacional.
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En cada municipio, en cada distrito poblanos, desde el siglo XIX y con mayor razón en el siglo XX, hubo grupos, familias, caciques, y en el reciente, están las elites pueblerinas que tradicionalmente han detentado el poder real y por supuesto lo disputan encarnizadamente en cada elección. Los medios de comunicación masiva mencionan algunos municipios poblanos como espacios de clanes familiares que se heredan el poder, este fenómeno político no es novedoso, se practica en toda América Latina, en todo México, y particularmente en el estado de Puebla. Salvo el Municipio de Puebla de Zaragoza, que merece una reflexión aparte en la cual se habían disputado el poder de un lado descendientes de españoles con el PAN y los sirio-libaneses con el PRI hasta antes de 2013; en el resto de los 216 municipios, la lucha político electoral más que enfrentar a partidos políticos, enfrenta a familias o a grupos de poder real. Los partidos políticos solamente son las franquicias que formalizan la pugna política.
Esta lucha entre líderes, familias o grupos en su versión modernizada, se ha transformado en la medida de que lo ha hecho el sistema político mexicano. Las familias forman a sus descendientes para la herencia del poder local, como el primer paso hacia el camino de una posible carrera política ascendente en el menor de los casos, y de pervivencia y control en la generalidad. El Municipio como el primer escalón del poder político, como el espacio íntimamente relacionado con el pueblo, sigue siendo la representación materializada del mando, al grado que el único ente con ciudadanía es el presidente municipal. Por ello, no es de sorprenderse que la población cuando se dirige a él, le llama “el ciudadano” en sustitución de la denominación de alcalde o presidente municipal.
Las familias de poder real saben que una derrota en el ejercicio del poder municipal, representa una cambio en el mando real, un cambio en la subordinación y obediencia tradicional; pero también saben y viven otro fenómeno, que los participantes en los procesos electorales municipales, que no ganan, pero que obtienen votaciones copiosas, ingresan a formar la nueva elite de poder local, son la representación del poder que contrasta con la dominación total. Así, las elecciones municipales representan el mejor ejercicio de movilidad y circulación de elites locales y base de las carreras políticas profesionales.