La oposición mexicana llega a las elecciones de 2027 ante una circunstancia que debería obligarla a revisar sus certezas. Morena conserva una ventaja considerable, pero comienza a mostrar señales de desgaste. El problema para sus adversarios es que ese desgaste todavía no se convierte en una transferencia suficiente de votos.
Hay electores inconformes con el partido gobernante, pero todavía no existe una fuerza opositora capaz de convertir esa inconformidad en una mayoría electoral.
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Las cifras ofrecen una primera aproximación. La encuesta nacional de Enkoll publicada el 8 de septiembre registra 41 por ciento de preferencia para Morena, 12 por ciento para el PAN, 8 por ciento para el PRI y 12 por ciento para Movimiento Ciudadano. Morena pierde siete puntos respecto de la medición de un año antes, pero continúa muy por encima de cualquier partido opositor considerado individualmente. El dato más significativo está en otra parte: la caída de Morena no tiene como contraparte el crecimiento de una alternativa dominante.
Buendía & Márquez ofrece una fotografía semejante, aunque con porcentajes distintos. Su encuesta nacional en vivienda, publicada por EL UNIVERSAL el 7 de septiembre, coloca a Morena con 35 por ciento, al PAN con 11, al PRI con 9 y a Movimiento Ciudadano también con 9 por ciento. El PVEM registra 5 y el PT 2 por ciento. Pero hay un dato que debería preocupar a todos: 28 por ciento de los entrevistados no declara preferencia. Es decir, existe un espacio electoral considerable todavía sin dueño.
Mitofsky introduce una variable adicional. En su medición nacional levantada en viviendas durante agosto, Morena registra 33.4 por ciento de preferencia partidista, prácticamente el mismo nivel de un año atrás, cuando tenía 33.5. Sin embargo, su imagen positiva cayó de 56 a 49 por ciento y la opinión negativa aumentó de 23.9 a 34.9 por ciento. El bloque Morena-PVEM-PT alcanza 41.7 por ciento. PAN, PRI y Movimiento Ciudadano, sumados, llegan a 35 por ciento. El desgaste existe; la ventaja electoral también.
Las tres mediciones cuentan una historia que la oposición debería leer con cuidado. Morena tiene problemas de imagen y enfrenta un incremento en el rechazo, pero mantiene una posición electoral considerablemente más fuerte que cualquiera de sus competidores. La conclusión no puede ser que el partido gobernante está derrotado. Tampoco que la oposición carece de posibilidades. La conclusión es más sencilla: hay un espacio disponible, pero nadie ha conseguido ocuparlo.
El PAN y el PRI conocen la respuesta tradicional: sumar fuerzas. El problema es que una alianza electoral no resuelve por sí misma la pérdida de identidad de los partidos que la integran. El PAN conserva una estructura nacional y gobiernos estatales importantes; el PRI mantiene presencia territorial. Pero sus marcas han sufrido un deterioro que no se corrige con la simple colocación de dos logotipos en una misma boleta.
Por eso la discusión sobre una coalición o un frente resulta fundamental. Una coalición puede ser un instrumento para ganar elecciones. Un frente supone algo más: una definición política compartida. ¿Qué defenderían juntos PAN y PRI? ¿Qué programa ofrecerían? ¿Qué candidatos presentarían? ¿Qué sectores de la sociedad representarían? Si la respuesta se reduce a impedir que gane Morena, habrá una estrategia electoral, pero no necesariamente una propuesta de gobierno.
La escena de Vicente Fox junto a Alejandro Moreno ilustra la dificultad. El expresidente acudió a la sede nacional del PRI y manifestó su respaldo a una alianza opositora. El hecho tiene significado político porque Fox representa la alternancia que puso fin a siete décadas de predominio priista en 2000. Pero también expone una paradoja: una oposición que necesita presentarse como alternativa para el futuro vuelve a buscar referentes en una generación política cuyo momento central pertenece al pasado.
Movimiento Ciudadano enfrenta una situación diferente. La encuesta de Enkoll lo coloca con 12 por ciento, empatado con el PAN y por encima del PRI. Buendía & Márquez le asigna 9 por ciento y Mitofsky registra avances conjuntos de PAN, PRI y MC hasta 35 por ciento. MC tiene, por tanto, una posición competitiva. Ha conseguido diferenciarse de la alianza tradicional y mantiene la decisión de competir sin integrarse al bloque PAN-PRI. Su problema consiste en demostrar que puede transformar esa posición en crecimiento sostenido.
La nueva fuerza Somos México agrega otra variable. Su llegada a la competencia electoral amplía el espacio opositor, pero también puede fragmentarlo. Su origen ciudadano constituye una oportunidad para atraer a quienes no se sienten representados por las fuerzas existentes. Pero el registro de un partido no construye por sí mismo una alternativa política. Para ganar relevancia deberá tener candidatos, estructura territorial y una propuesta capaz de sobrevivir al discurso del rechazo.
Aquí aparece el problema fundamental de la oposición: carece de una narrativa común. PAN y PRI pueden coincidir en su oposición a Morena, pero esa coincidencia no constituye un proyecto. Movimiento Ciudadano insiste en diferenciarse de ambos. Somos México pretende representar a sectores ciudadanos. Cada fuerza tiene una explicación diferente para el país y ninguna ha conseguido todavía articular un relato que permita al elector saber qué ocurriría después de una eventual derrota de Morena.
La elección de 2027 hará todavía más importante esa definición. El 6 de junio del próximo año estarán en disputa la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y miles de cargos locales. Doce de esas 17 gubernaturas están actualmente en manos de Morena, tres en manos del PAN, una de Movimiento Ciudadano y una del Partido Verde. La dimensión territorial de la elección obliga a recordar que la competencia no se resolverá exclusivamente desde la Ciudad de México.
Y en esa competencia las candidaturas tendrán un peso considerable. El elector puede compartir el diagnóstico de que Morena enfrenta problemas de corrupción, inseguridad o ejercicio del poder y, al mismo tiempo, no encontrar una opción que le resulte confiable. Esa es la diferencia entre el voto de rechazo y el voto de alternativa. El primero puede quitarle sufragios a un partido; el segundo construye mayorías.
La pregunta que la oposición todavía no consigue responder es elemental: si Morena pierde, ¿quién gana? No basta contestar PAN, PRI, MC o Somos México. El elector necesita reconocer a la persona que pretende gobernar, conocer su trayectoria y saber qué propone hacer con el poder. Las siglas pueden ordenar la boleta; difícilmente bastarán para decidirla.
Morena tiene, además, su propio problema. La selección de candidatos para las 17 gubernaturas ya comenzó y el partido ha decidido mantener bajo reserva los resultados de las encuestas internas. Hay disputas locales y aspirantes competitivos en varios estados. La ventaja nacional no elimina los riesgos de una mala selección de candidatos ni las fracturas que pueden producirse durante el proceso.
Pero justamente ahí reside la diferencia entre el desgaste y la derrota. Morena puede perder imagen sin perder la elección. Puede perder votos sin que esos votos migren a un adversario. Puede enfrentar un mayor rechazo y conservar, al mismo tiempo, la primera posición. Las encuestas de septiembre muestran esa paradoja con suficiente claridad.
La oposición tiene, por ello, una oportunidad real, pero todavía no una alternativa consolidada. El electorado que no quiere votar por Morena existe; los estudios demoscópicos lo muestran en distintas proporciones. Lo que permanece abierto es el destino de ese voto. El PAN y el PRI deben decidir si quieren reconstruirse o limitarse a sumar sus estructuras. MC debe decidir si aspira a gobernar o a preservar una posición competitiva. Somos México tendrá que demostrar que puede convertirse en organización política y no únicamente en expresión del descontento.
En política, una elección no se gana solamente porque el adversario pierde. Se gana cuando existe una opción capaz de recibir los votos que el adversario deja disponibles. A nueve meses de la jornada electoral de 2027, Morena conserva la ventaja, pero la oposición conserva algo que no debería desperdiciar: un electorado disponible y una competencia todavía abierta.
El problema es que, por ahora, ese electorado sabe contra quién puede votar. Todavía no sabe con suficiente claridad por quién hacerlo.
Tiempo al tiempo.
@hecguerrero