Jueves, 10 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

PISA 2025: Entre la miopía instrumental y la esperanza transformadora de la educación mexicana

Para evaluar un fenómeno con objetividad, lo primero que debe precisarse es el alcance real...

Melitón Lozano Pérez

Dr. Melitón Lozano Pérez es un destacado profesional mexicano con una sólida trayectoria en el ámbito educativo, académico, social y político, caracterizada por su compromiso con el derecho a la educación y el desarrollo comunitario.

Jueves, Septiembre 10, 2026

La presentación de los resultados de la prueba del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA 2025) de la OCDE, dada a conocer este 8 de septiembre de 2026, ha vuelto a encender el debate sobre el rumbo y estado de la educación en México. Sin embargo, antes de asumir acríticamente diagnósticos catastrofistas o juicios apresurados, resulta indispensable realizar una lectura madura, pedagógica y contextualizada de lo que este instrumento revela y, sobre todo, de lo que es radicalmente incapaz de medir. 

Para evaluar un fenómeno con objetividad, lo primero que debe precisarse es el alcance real del instrumento empleado. La prueba PISA es una evaluación estandarizada orientada a medir el grado en que los estudiantes de 15 años han adquirido ciertos conocimientos y habilidades clave en lectura, matemáticas y ciencias para integrarse a la sociedad del conocimiento. Argumentar de manera rigurosa implica reconocer que una prueba estandarizada jamás podrá dar cuenta cabal ni calificar la totalidad del sistema educativo de una nación, pues constituye tan solo un instrumento que aporta elementos desde una perspectiva acotada.

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Sus principales limitaciones estriban en su propia naturaleza homogénea. Un examen estandarizado global asume erróneamente una uniformidad de realidades, ignorando la pluralidad lingüística, geográfica y socioeconómica que caracteriza a los pueblos y comunidades de México. Además, PISA mide un conjunto restringido de competencias y no el currículo completo de cada país. Quedan fuera del alcance del examen dimensiones esenciales de la formación humana como los valores éticos, la conciencia histórica, la sensibilidad artística, la convivencia comunitaria y el pensamiento crítico territorializado. Reducir la complejidad de los procesos educativos a un único indicador numérico es un sesgo que ignora que la educación no es una cadena de producción, sino un proceso social vivo, dinámico y profundamente humano. 

Al analizar las cifras concretas reportadas en esta edición de PISA 2025, el panorama requiere una interpretación educativa rigurosa y no sesgada. En el área de ciencias, el desempeño se ha mantenido estable con una tendencia positiva respecto a ciclos anteriores (2022: 409.9 puntos, 2025: 413.6 puntos), lo que muestra capacidad de apropiación de conceptos científicos básicos y continuidad pedagógica. En lectura, México ha conservado su posición promedio global, reflejando estabilidad en la comprensión de textos dentro de un entorno postpandémico complejo (2022: 415.4 puntos, 2025: 407.9 puntos). Por su parte, en matemáticas se observa una tendencia a la baja que responde a un fenómeno multicausal y complejo, similar al que experimentan diversos países miembros de la OCDE (2022: 395.0 puntos, 2025: 387.6 puntos) 

Existe, además, un hallazgo cuantitativo y sociológico sumamente revelador: al observar la relación entre el origen socioeconómico y el rendimiento académico, los datos revelan una cualidad estructural altamente positiva del sistema educativo mexicano: su profunda vocación democratizadora e incluyente. Mientras que en las grandes economías desarrolladas existen abismales grietas de desigualdad donde el nivel socioeconómico de la familia determina drásticamente el destino escolar de los jóvenes, en México la escuela pública actúa como un verdadero igualador social. El hecho de que los aprendizajes se distribuyan de manera uniforme a lo largo de todos los estratos sociales demuestra que nuestro sistema no discrimina ni margina, garantizando que un estudiante de un contexto desfavorecido reciba la misma excelencia educativa que uno de mayores recursos. Esta cualidad en la equidad refleja que la educación en México no perpetúa privilegios de clase, superando los esquemas de exclusión vigentes incluso en países con presupuestos educativos muy superiores. 

Frente a la rigidez del número, resulta de enorme valor acudir a la perspectiva cualitativa expresada por Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, quien al analizar la situación del sistema educativo mexicano en el contexto internacional aportó claves que restituyen la dignidad al trabajo escolar. Schleicher señaló que, en un contexto mundial complejo donde muchos sistemas educativos han registrado retrocesos importantes en los aprendizajes, México ha mostrado un nivel significativo de resiliencia educativa. En un escenario internacional de contracción, mantener la estabilidad de los aprendizajes y evitar caídas drásticas constituye en sí mismo un logro relevante. 

Más allá de la medición académica, el análisis de Schleicher destaca que lo más alentador es la actitud y el perfil de los estudiantes mexicanos de 15 años, quienes destacan por ser jóvenes sumamente curiosos, perseverantes y con una destacada disposición para buscar orientación pedagógica y pedir apoyo a sus maestros cuando enfrentan dificultades. En este mismo sentido, la labor de las y los docentes mexicanos resulta fundamental, pues su compromiso con el acompañamiento diario, la atención personalizada y el apoyo adicional en el aula son el auténtico motor que sostiene la enseñanza.  

Asimismo, el sistema educativo de México ha logrado un avance prioritario al ampliar la cobertura e incorporar a un número cada vez mayor de jóvenes provenientes de contextos socioeconómicos desfavorecidos, logrando esta expansión de la inclusión sin incrementar la brecha de desigualdad en el rendimiento académico. Las escuelas mexicanas registran índices de segregación social notablemente menores que los observados en múltiples sistemas educativos de Europa, lo que demuestra que la equidad y la calidad educativa pueden y deben avanzar de manera conjunta. 

A la luz de estas valoraciones cualitativas, es preciso hacer un justo reconocimiento a las y los aprendientes, así como a las maestras y los maestros, por su constante esfuerzo, resiliencia y buen desempeño. PISA debe ser asumido como un instrumento que nos ofrece pautas de reflexión para reconocer las fortalezas humanas del aula, especialmente la capacidad de cuestionamiento, la curiosidad insaciable y la perseverancia en el aprendizaje que caracterizan a la juventud mexicana. 

En este marco, resulta lamentable observar cómo los detractores y adversarios de la presidenta de la República y del proyecto de la Cuarta Transformación utilizan políticamente los resultados de la prueba. Muchas veces sin saber de educación y desconectados de la realidad de las aulas, aprovechan de forma sesgada cualquier indicador para denostar los avances, esfuerzos y buenos resultados que existen en nuestro país. Criticar por consigna ideológica sin comprender la complejidad de los procesos pedagógicos ni la influencia de las condiciones socioeconómicas no es un ejercicio de rendición de cuentas, sino una miopía política que intenta descalificar el trabajo honesto de la comunidad escolar. 

Frente a la visión reduccionista de la evaluación, la Nueva Escuela Mexicana se erige como una propuesta transformadora al reconocer plenamente a la educación como un derecho humano fundamental y no como una mercancía. Su enfoque integral y comunitario coloca en el centro el bienestar de las personas y de sus realidades locales, promoviendo una evaluación formativa que no castiga ni clasifica, sino que se orienta a la mejora continua y al desarrollo pleno de la persona. 

De cara al futuro y ante el avance acelerado de tecnologías como la inteligencia artificial, las habilidades analíticas, la resolución de problemas y el pensamiento sistémico serán decisivas. México cuenta con bases sólidas, el compromiso insustituible de su comunidad escolar y un enorme potencial en sus estudiantes para construir una nueva etapa de mayores aprendizajes.  

Retos y desafíos siempre existirán en cualquier sistema educativo; lo verdaderamente importante es que en nuestras aulas habitan los gérmenes necesarios para seguir formando ciudadanos integrales, conscientes y críticos, capaces de aportar, desde su formación y el amor a su comunidad, a la transformación personal, social y democrática de nuestro país. 

 

 

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