Domingo, 6 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El erotismo de la contención

El deseo también se construye con miradas, silencios y palabras que jamás llegan a tocar

Yazmín Peralta

Escritora mexicana, licenciada en Administración Turística y estudiante de Humanidades en la BUAP. Autora de fantasía, romance, distopía y erótica, ampliamente reconocida por FUGAZ y Almas de fuego.

Domingo, Septiembre 6, 2026

Durante siglos hemos sido calladas, no porque no tengamos nada que decir; tópicos nos sobran, pero especialmente hay un tema que durante siglos se nos fue negado: el placer y todo lo que venga con él. Y no lo traemos frecuentemente a la mesa de café porque seamos incapaces de experimentarlo, sino porque a veces no sabemos cómo obtenerlo; y es lógico.

Con tantas formas de silencio acumulado dentro de un cuerpo que es capaz de vibrar con la suave reverberación de una voz grave susurrada por la espalda o la caricia de una ligera brisa agitando las cortinas o una barba rozando nuestra delicada piel, por supuesto que la fisura en la máscara de niña buena estalla como los botones en primavera, abriéndose paso a través de un gemido, dos... ¡más! El grito contenido en la garganta deja una sonrisa colgando en los labios.

Así es, amigas, ya hemos desperdiciado mucho tiempo guardando las apariencias.

Frases como "la mirada femenina" o "el erotismo de la contención" rondan cada vez más por los foros de discusión literaria, pero tal parece que pocas comprenden a qué se refieren y para eso estoy aquí.

Por ejemplo, te voy a hablar de Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen; de cómo esta mirada femenina se manifiesta y hace estragos en nosotras devoradoras de buenas historias sin el menor deseo de rehabilitarnos.

 ¿Te has preguntado por qué Mr. Darcy ha sobrevivido más de 200 años en el tiempo y hasta nuestros días es el referente principal de lo que muchas mujeres queremos en un hombre? ¿Por qué un personaje que no necesita exhibir su cuerpo sigue siendo uno de los hombres más deseados de la literatura?

Porque sí, todas tenemos nuestra lista de crush literarios, algunos más cuestionables que otros, aceptémoslo, porque en el noventa por ciento de los casos, Darcy se encuentra entre los primeros puestos. Pero, ¿por qué?

Si contestaste: por qué. Te explico, es un orgulloso caballero que recibe diez mil libras al año; dueño de la mitad de Pemberley; apuesto; de modales impecables y un acento británico que puede fácilmente volarle la cabeza a cualquiera, déjame decirte que no es por eso; no cariño, no es así.

Te daría otra oportunidad, pero no viniste aquí a perder el tiempo adivinando.

Es porque Austen hace que conozcamos a Darcy, en buena medida, a través de la percepción cambiante de Elizabeth Bennet, a quien llamaremos Lizzy para efectos prácticos. Ella nos lo da a desear. Fíjate bien la trampa que nos hace tener sueños húmedos con ese hombre.

En esa novela publicada en 1813, Austen construye la relación entre Lizzy y Darcy desde la perspectiva del deseo, las pequeñas interacciones, la tensión del cuerpo y la mirada. Ella lo construye para nosotras mediante la espera, la distancia, el silencio y la imaginación. Nos da un preámbulo extenso y sofisticado que se alimenta de frases provocadoras que no necesariamente insinúan un encuentro íntimo, sino esas frases que danzan crepitando por la tensión en el aire en un ”estira y afloja” por parte de ambos. Lo vemos en el baile, cuando Lizzy descubre que es apenas soportable ante sus ojos y lo provoca devolviéndole sus propias palabras. Darcy, dueño y señor acostumbrado a tenerlo todo, no sabe cómo enfrentarse a una mujer que no cae rendida irremediablemente ante sus encantos poco halagadores.

Otro ejemplo es su encuentro en Netherfield Park, cuando Lizzy aparece mojada como un fideo y las botas llenas de fango y lo primero que hace Darcy es levantarse, mirarla y saludar, pero quizá tú, como yo, has tenido esa sensación de vulnerabilidad que ella experimentó al saber que su vestido estaba mojado y se pegaba a la piel o las gotas de agua resbalando lentamente desde su cabello, recorriendo el sinuoso espacio entre el cuello y su clavícula, como recién bañada. ¡Puff..!, para luego discutir mientras él escribe cartas y ella cede ante la insistencia de Caroline Bingley de pasear alrededor del salón esa frase de él: solo existen dos motivos para pasear por el salón: que ella y Lizzy tengan asuntos secretos que discutir o bien, que sean conscientes de que sus figuras lucen con mayor ventaja al caminar, agregando que, en el primer caso, él no se va a entrometerse y que puede admirarlas mucho mejor desde su asiento, en caso de ser el segundo. Amigas: esta ingeniosa respuesta no solo evade los intentos de manipulación de Caroline, sino que elogia sutilmente a Lizzy porque tú y yo y todas lo sabemos, ya la había visto previamente con el vestido ajustado a su piel mojada.

Así que, pregunto: ¿hay algo más sexy que eso?

Saberte deseada sin siquiera intentarlo, saber conscientemente que el hombre frente a ti te ha visto y no le da pena admitirlo cuando, al siguiente día, te toca la mano sin guantes.

Y es que, el erotismo literario no siempre consiste en mostrar el cuerpo; a veces, en enseñarnos a desearlo y, esto, Jane Austen lo hace muy bien.

Supongo que piensas ¿dónde está el erotismo y cómo funciona?

Pues, para dos personajes que se construyeron a partir del intelecto, las palabras son el cuerpo, y en el caso de Orgullo y Prejuicio, el erotismo se va edificando por niveles.

Comienza con un lenguaje que funciona como una esgrima intelectual entre ellos, revelando no solo la peculiar personalidad de Lizzy, en contraste con el rígido esquema de modales durante la Regencia. El lenguaje a Lizzy le sirve no solo para comunicar, sino como una herramienta de extensión de sí misma. Sus frases ingeniosas cargadas de esa ironía rebelde que desafía activamente la autoridad de Darcy, son muestra de su vivacidad y una notable agilidad intelectual que compite al mismo nivel y ritmo de las habilidades lingüísticas de él, cosa que no solo lo desconcierta, también fascina y hechiza la mente severa y analítica de Mr. Darcy.

Si a todo esto le sumamos las miradas que comparten, primero furtivas y después cargadas de complicidad y comprensión, llegamos a esa parte en la que el juego de poder comienza a abrirse paso entre ellos, yendo desde ese sutil desagrado inicial a la vehemencia con la que ambos se admiran, incluso a la distancia.

Por supuesto, el cuerpo contribuye al deseo, solo hay que verlos interactuar en los bailes con la muralla de la cortesía, la admiración, la fascinación y negación que existe entre ambos, acumulándose dentro de una olla de presión llamada contención. Esa energía acumulada del deseo, la necesidad y la restricción se vuelve tan insoportable hasta que estalla, no con un contacto físico, sino en la famosa irrupción en la habitación de Lizzy, donde toda esa tensión se refleja en su incapacidad para mantener el cuerpo quieto, el primer signo del deseo que ya no puede ser contenido por las normas sociales y, finalmente, el estallido verbal que funciona como un orgasmo narrativo.

El diálogo se convierte en el acto físico; hay una profunda carga sensual en la manera en que se atacan: primero por el magnetismo de la hostilidad de Lizzy. El cuerpo de Lizzy manifiesta una activación emocional intensa que, dentro de una lectura erótica, puede adquirir una dimensión sensual; ritmo cardiaco elevado; rubor; respiración agitada; podemos leer esta escena como si Darcy al mirarla fijamente se alimentara de esa energía, obteniendo cierto placer frente a la resistencia y la negativa feroz de una mujer que no se deja poseer y le responde con un contundente mensaje erótico: “tú eres el último hombre con el que me obligarían a casarme”.

La mirada fija y el prolongado silencio final es, sin duda, el clímax de la restricción que padecieron todo ese tiempo.

Darcy fue rechazado, humillado y en sus ojos solo queda una mixtura de dolor e incredulidad. El cazador ha sido cazado; el amo y señor de Pemberley ha sido humillado y en lugar de estallar en gritos de reclamo o acercarse a ella, recoge sus modales y le desea que tenga una buena tarde, respetando su decisión, sin insistir, sin presionarla.

Simplemente decide convertirse en aquello que ella necesita, no solo en lo que él desea.

Con todo esto ¿no sintieron un poco de calor? ¿Habían pensado en Mr. Darcy de esta manera?

Las leo…

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