Martes, 1 De Septiembre De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Reunir lo disperso: ser humanos en la era de la anestesia

“Tal vez la verdadera amenaza no son los algoritmos ni las pantallas, sino vivir dispersos.”

Omar Gutiérrez Peral

Licenciado en Administración Educativa por la Universidad Pedagógica Nacional; maestro en Educación Superior por la BUAP; y experto en Diseño de Experiencias de Aprendizaje Emergente por la Universidad de Barcelona. Actualmente se desempeña como coordinador de Educación Virtual en la IBERO Puebla.

Martes, Septiembre 1, 2026

Es casi medianoche y el brillo azul del teléfono ilumina una habitación en penumbra. Unos dedos navegan entre notificaciones de trabajo y titulares catastrofistas sobre el futuro de la tecnología. La jornada termina, la pantalla se apaga y, en el reflejo oscuro del cristal, queda un rostro extrañamente ajeno a sí mismo. Ese cansancio no es solo físico; es el síntoma de algo más profundo: la sospecha de haber recorrido el mundo sin verdaderamente habitarlo.

Los seres humanos siempre hemos vivido atravesados por tensiones, contradicciones y distracciones. Lo verdaderamente novedoso es que hoy habitamos un entorno diseñado para disputar nuestra atención. La economía digital no inventa nuestros deseos ni nuestras heridas, pero aprende a dialogar con ellas, las anticipa y las acelera. El problema nunca ha sido la tecnología, sino el tipo de relación que aprendemos a establecer con ella.

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Al intentar seguir ese compás incesante, nos metemos en la cinta caminadora de lo que el filósofo alemán Hartmut Rosa llama aceleración pasiva: Hacemos cada vez más cosas en menos tiempo solo para conservar nuestro lugar. Respondemos más mensajes, producimos más, acumulamos más experiencias, pero sentimos que nunca terminamos de llegar. Corremos, sí, pero no logramos cambiar de sitio porque el mundo no deja de acelerar.

Sufrimos al tratar de sincronizar nuestra vida con un catálogo infinito de cosas en apariencia imperdibles. Pero la trampa es perversa: cuando todo se muestra como una oportunidad que no puede dejarse pasar, elegir algo se siente como una pérdida trágica de lo demás. Movidos por el pánico de quedarnos fuera, tratamos de abarcarlo todo (vemos la serie del momento, miramos las historias antes de que desaparezcan) y dejamos de preguntarnos qué vale realmente la pena, para conformarnos con coleccionar momentos. Viajar deja de ser habitar un lugar; se convierte en demostrar que estuvimos allí. La experiencia ya no es un encuentro capaz de cambiarnos y termina reducida a un recurso más dentro de la economía de la atención.

Poco a poco, esa disponibilidad infinita cobra un costo altísimo: el mundo deja de interpelarnos. Vivimos rodeados de objetos, experiencias e información, y, sin embargo, cada vez nos cuesta más sentir que algo nos alcanza de verdad. Todo parece estar disponible; casi nada logra transformarnos y cuando dejamos de sentirnos interpelados, también dejamos de interrogarnos a nosotros mismos.

Frente a este adormecimiento de la vida, Rosa propone una alternativa: optar por la resonancia.

Resonar significa entrar en una relación viva y profunda con el mundo. Un encuentro resonante siempre nos devuelve distintos, porque algo en nosotros ha respondido con una voz propia. Y, sin embargo, esa transformación nunca ocurre por simple inercia: exige atención y disposición de dejar que la realidad cuestione, al menos por un momento, nuestras certezas.

La resonancia, sin embargo, no resuelve por sí sola el problema. Dejarnos afectar es apenas el comienzo. La pregunta decisiva viene después: ¿qué hacemos con aquello que el mundo despierta en nosotros?

Toda experiencia verdaderamente humana implica elegir una entre muchas posibilidades. Para dejarnos interpelar por alguien o por algo necesitamos concederle, aunque sea por un momento, el privilegio de nuestra atención. Resonamos cuando aceptamos que ese instante merece ser habitado plenamente y permitimos que el resto del mundo continúe sin nosotros. Esa renuncia no empobrece nuestra vida; por el contrario, la vuelve más profunda, porque solo aquello a lo que realmente prestamos atención puede llegar a transformarnos.

¿Qué —o quién— merece realmente resonar en nuestra vida? En medio del flujo incesante de estímulos, resulta cada vez más difícil distinguirlo. Por eso el silencio y la pausa no pueden reducirse a un descanso para recargar batería. La pausa es el espacio donde la aceleración pierde fuerza y la persona vuelve a encontrarse consigo misma. Allí recordamos que no somos únicamente razón.

Conviene aclarar que no he dejado de creer en el valor de la razón. Al contrario, sigo convencido de que necesitamos más pensamiento crítico, más diálogo y mejores argumentos.

Pero también creo que pensar mejor no basta para vivir mejor.

En cada decisión importante actúa la persona entera. La razón analiza. El afecto vincula. Los deseos nos movilizan. La búsqueda de sentido orienta. Ninguna de esas voces debería decidir sola. La razón sin afecto se convierte en cálculo; el deseo sin ética reduce al otro a un objeto; las convicciones sin apertura terminan pareciéndose al fanatismo. Vivir humanamente exige aprender a ponerlas en diálogo.

Las consecuencias de vivir desintegrados van mucho más allá del cansancio que se refleja en la pantalla al final del día. Podemos saber qué nos conviene… y actuar en sentido contrario. Defender públicamente unos principios… y traicionarlos en privado. Alcanzar una meta largamente perseguida… y descubrir que no respondía a aquello que realmente buscábamos. El problema no es únicamente que el mundo nos disperse. Es que, poco a poco, podemos dejar de reconocernos en las decisiones que tomamos.

Por eso la tarea más urgente quizá no sea hacer más, sino empezar a reunir lo disperso.

Todos conocemos ese instante liberador en el que dejamos de reaccionar por inercia y comenzamos a escuchar las distintas voces que habitan en nosotros. Algunas tradiciones llaman a esa práctica discernimiento. Discernir no es aplicar un algoritmo moral ni buscar respuestas perfectas; es el acto valiente de escuchar todas nuestras dimensiones para elegir, con mayor libertad y paz, aquello que responde mejor a la persona que deseamos llegar a ser. Significa aprender a decir: "Elijo esto y renuncio con tranquilidad a cien opciones más, porque esto sí resuena con lo que soy".

Al cultivar este doble movimiento -ejercitar conscientemente el discernimiento y abrirnos a la resonancia sin forzarla- nos preparamos para habitar la #CiudadDigital con herramientas que nos permitan oponernos a la velocidad de los algoritmos y ser capaces de sostener el silencio, dialogar con nuestras fragilidades y ejercer la libertad. La tecnología deja entonces de marcar el ritmo de nuestra vida y recupera su lugar como herramienta. El contacto puede convertirse en encuentro, la información en conocimiento y la conexión en una oportunidad para responder con mayor libertad y responsabilidad.

¿Qué significa entonces ejercer nuestra humanidad en una cultura digital?

Quizá resistir la propensión de vivir dispersos. Quizá construir una interioridad que no se aísle, sino que vuelva al mundo con mayor capacidad de resonar y asuma la responsabilidad de construirnos a nosotros mismos y cuidar el mundo que configuramos con cada acción. Tal vez la verdadera resistencia de nuestro tiempo no consista en apagar las pantallas, sino en negarnos a vivir anestesiados. Porque la humanidad no se gana de una vez ni se conserva para siempre. Se cultiva en cada decisión que nos devuelve la capacidad de responder mejor al mundo y a quienes en él habitan.

 

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