Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la publicación del 14 de agosto del año en curso, correspondiente al apartado “Vehículos de Motor Registrados en Circulación” (VMRC), circulan alrededor de 52 millones de vehículos en el país. Sólo en la Ciudad de México se estima que cada día circulan alrededor de 6 millones de vehículos.
En nuestro hermoso estado de Puebla, los vehículos registrados en circulación ascienden a 1,363,656. Este dato nos lleva a una pregunta fundamental: ¿cuánto se invierte en Puebla en infraestructura vial para atender a estos vehículos en operación?
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De acuerdo con el Decreto publicado en el Periódico Oficial del Estado de Puebla, con fecha jueves 4 de diciembre de 2025, mediante el cual se expide la Ley de Egresos del Estado de Puebla para el ejercicio fiscal 2026, el presupuesto contempla 7,612 millones de pesos de inversión pública. Dentro de este monto, 1,805 millones de pesos están destinados a la modernización de la red carretera estatal y a proyectos de transporte, una de las inversiones más altas de los últimos años.
Por su parte, el Gobierno Federal destinará más de 5,000 millones de pesos a infraestructura vial en Puebla. Estos recursos contemplan, entre otros conceptos:
- Pavimentación.
- Rehabilitación de carreteras.
- Distribuidores viales.
- Mantenimiento mayor.
Puebla destina aproximadamente 1,324 pesos anuales por cada vehículo registrado y 274 pesos por habitante a la modernización de la red carretera estatal y a proyectos de transporte.
El dato adquiere especial relevancia ante las estimaciones del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), que señalan que la congestión vehicular genera pérdidas económicas estimadas en 94 mil millones de pesos anuales en las 32 principales ciudades de México. En la Zona Metropolitana Puebla-Tlaxcala, el costo estimado asciende a 4,454 millones de pesos anuales en productividad, como consecuencia del congestionamiento vehicular. Estas cifras corresponden al estudio publicado por el IMCO en 2019, pero permiten dimensionar el costo económico que representa la congestión para las ciudades. IMCO, “El costo de la congestión: vida, recursos y oportunidades perdidas”.
Además, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha documentado que la congestión urbana reduce la productividad de las ciudades y genera pérdidas significativas de tiempo y recursos económicos.
Se requiere un cambio urgente de paradigma.
Seguimos respondiendo a los problemas ocasionados por el exceso de automóviles en las calles con paliativos que buscan administrar el mismo caudal vehicular. Y lo peor es que el dinero público nunca será suficiente para mitigar indefinidamente sus consecuencias.
Las soluciones reales requieren cambiar la manera en que concebimos la movilidad:
- Fortalecer el transporte público masivo, en cualquiera de sus expresiones y con base en estudios técnicos: sistemas tipo Bus Rapid Transit (BRT), tren ligero, tranvía, transporte elevado e, incluso, comenzar a considerar un sistema subterráneo tipo Metro para la próxima década.
- Promover un modelo de vivienda y desarrollo urbano que garantice el acceso cercano al trabajo, la educación y los servicios, sin necesidad de desplazarse tres horas diariamente para trabajar o estudiar. Más que construir ciudades para mover automóviles, debemos construir ciudades que reduzcan la necesidad de desplazarse.
- Fortalecer la movilidad peatonal, mediante senderos, banquetas e infraestructura accesible y segura, especialmente destinada a los grupos más vulnerables.
- Reducir o eliminar los entrecruzamientos y vueltas en “U” o retornos innecesarios en las vías, además de mejorar la señalización y la seguridad vial. Un ejemplo de esta discusión lo encontramos en la Vía Atlixcáyotl, donde durante el último año se han implementado modificaciones que han generado polémica, pero que también obligan a discutir cómo debemos gestionar una vialidad de alta demanda.
Como ha señalado Joel Martínez, integrante de la Asociación Mexicana de Autoridades de Movilidad (AMAM): “La base de cualquier modelo de desarrollo es asegurar que las personas puedan vivir en un lugar donde tengan cerca el trabajo, la educación y los servicios. Eso permite reducir los desplazamientos largos”.
En otras palabras, necesitamos una planeación territorial orientada a reducir la necesidad de desplazarse, no únicamente a incrementar la capacidad de las vialidades.
Hoy, la inversión pública sigue atrapada en un ciclo reactivo: más vehículos generan más congestión; la congestión exige más infraestructura; y esa infraestructura termina atrayendo aún más vehículos. El dinero nunca alcanza porque buena parte de la inversión termina destinada a administrar el problema, en lugar de resolver sus causas.
El verdadero cambio de paradigma consiste en dejar de medir el éxito únicamente en kilómetros de pavimento construido y comenzar a medirlo en tiempo recuperado, calidad de vida, seguridad vial y accesibilidad.
La pregunta ya no debería ser solamente cuánto estamos invirtiendo en infraestructura vial, sino qué movilidad estamos construyendo con esa inversión y para quién. Invertir estratégicamente y con visión de futuro. O, por lo menos, eso es lo que nos dicta la estadística.