En seguridad pública, el discurso es la vitrina, pero el oficio es el cimiento. Las vitrinas se rompen con una piedra; los cimientos fuertes se cimbran, pero no se caen cuando tiembla la tierra.
Más artículos del autor
Desde el 1 de octubre de 2024, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana ocupa uno de los puestos más desgastantes del gabinete de Claudia Sheinbaum. No es un lugar cómodo. Es el lugar donde se acumulan las culpas cuando algo sale mal y rara vez se reparte el crédito cuando algo sale bien. Y, sin embargo, ahí está, sosteniendo una de las carteras más escrutadas del país.
El expediente antes que el discurso
Nacido en Cuernavaca, Morelos, el 25 de febrero de 1982, García Harfuch no es un improvisado en materia de seguridad. Es abogado y cuenta con una segunda licenciatura en Seguridad Pública, además de una maestría en Administración Pública. Esa combinación —el derecho como marco y la seguridad pública como especialidad— no es un detalle curricular menor, es la arquitectura formativa de alguien que entendió, antes de portar un cargo político, que la seguridad se construye desde el conocimiento técnico y no solamente desde el instinto.
Trayectoria operativa
Pasó por la Policía Federal Preventiva y se desempeñó como coordinador estatal de la Policía Federal en Guerrero, uno de los estados donde la seguridad pública no admite margen de improvisación. No llegó a la Secretaría de Seguridad federal como un cuadro político trasladado desde otra área de gobierno; llegó como alguien que ya conocía el terreno desde dentro, con años de trabajo policial acumulado antes de sentarse en un escritorio de gabinete.
Es hijo de Javier García Paniagua, quien fue titular de la Dirección Federal de Seguridad y presidente nacional del PRI. El apellido pesa en la historia política mexicana, pero el oficio —insisto en la palabra— lo ha construido él mismo, en corporaciones, en operativos, en decisiones que no se heredan.
El precio del oficio
Hay un episodio que no puede omitirse al hablar de García Harfuch, porque no es un dato biográfico más: es la prueba más dura que ha enfrentado en su carrera en la guerra contra la delincuencia organizada. En junio de 2020, cuando encabezaba la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, su convoy fue emboscado en un atentado atribuido al Cártel Jalisco Nueva Generación. Fue una agresión armada de una magnitud poco común contra un funcionario de seguridad en la capital del país.
García Harfuch resultó herido, pero sobrevivió. No todos en su equipo corrieron la misma suerte. En el ataque perdieron la vida escoltas que ese día tenían la única misión de protegerlo. Es un costo que no se borra con condecoraciones ni con cargos posteriores. Esto es conveniente recordarlo cada vez que se evalúa su trayectoria porque, detrás del funcionario que hoy diseña estrategias de seguridad desde un escritorio, hay un hombre que ya pagó en carne propia y con la vida de compañeros suyos lo que significa enfrentar al crimen organizado en México.
Ese antecedente explica la seriedad con la que hoy se conduce frente a un fenómeno que para él dejó de ser abstracto hace más de cinco años.
Es lo que distingue a un funcionario de un cuadro técnico en un país donde la seguridad pública suele discutirse en términos exclusivamente políticos.
Un interlocutor respetado
García Harfuch es hoy uno de los interlocutores mexicanos más reconocidos por agencias internacionales en materia de cooperación contra el crimen organizado. No se construye ese tipo de confianza técnica de la noche a la mañana ni con discursos, sino con años de trabajo demostrable.
La proyección entre el oficio y la carrera política
García Harfuch ha sido enfático: no está construyendo una candidatura para 2030 y considera que sería irresponsable sostener una agenda política paralela mientras encabeza la SSPC. Es una postura correcta institucionalmente y no hay razón para dudar de su sinceridad en el momento en que la pronuncia.
Pero la política mexicana tiene una lógica propia, casi independiente de la voluntad de quien la protagoniza: los resultados operativos, la exposición mediática y la confianza construida con actores internacionales se transforman en capital político, incluso cuando su titular no lo busca deliberadamente. No es casualidad que algunas mediciones ya lo coloquen entre los perfiles competitivos de Morena rumbo a 2030, particularmente hacia la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.
Harfuch no necesita convertirse en candidato para ser relevante. Ya lo es, en la función que hoy ejerce. Y si su nombre sigue sonando para el futuro, no será porque él lo busque desde el micrófono, sino porque el oficio —ese expediente construido en corporaciones, aulas de derecho y mando operativo— termina hablando más fuerte que cualquier declaración de intenciones.
Nos leemos pronto:
WhatsApp: 2227195737