Jueves, 30 De Julio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Sub-20: el talento sobra; el sistema es el que fracasa

El problema es que esa película ya la vimos demasiadas veces y casi nunca cambia el final

Pedro Ramírez

Con 20 años de trayectoria en el periodismo, me he especializado en cobertura política, gubernamental y deportiva, con compromiso con la veracidad y el análisis.

Jueves, Julio 30, 2026

Al pasar por el Hotel InterContinental, donde se hospeda la Selección Mexicana Sub-20, es inevitable pensar en la escena que se repite muchas veces: jóvenes con sueños intactos, entrenadores que hablan de procesos y dirigentes que prometen que ahora sí viene el relevo generacional.

El problema es que esa película ya la vimos demasiadas veces y casi nunca cambia el final.

Más artículos del autor

No es falta de talento. Es falta de un sistema que quiera desarrollar futbolistas.

México ha demostrado durante décadas que puede competir en categorías juveniles. Ahí están los títulos mundiales Sub-17 de 2005 y 2011, las destacadas actuaciones en torneos internacionales y generaciones que despertaron expectativas enormes. Sin embargo, cuando esos jugadores deben dar el salto al profesionalismo, el proyecto se desploma.

Los casos de éxito existen: Guillermo Ochoa, Héctor Moreno, Carlos Vela, Javier "Chicharito" Hernández, Edson Álvarez y Santiago Giménez lograron romper el techo. Pero son excepciones dentro de una estructura que ha producido más promesas frustradas que figuras consolidadas.

Julio Gómez pasó de ser el héroe del Mundial Sub-17 de 2011 a desaparecer del radar. Marco Bueno fue considerado uno de los delanteros con mayor futuro y terminó recorriendo clubes sin consolidarse. Carlos Fierro nunca alcanzó el nivel que se esperaba del campeón mundial juvenil. Jorge Espericueta, Balón de Bronce en el Mundial Sub-17 de 2013, tampoco logró convertirse en el referente que muchos anunciaban. La lista podría seguir.

Y cuando la historia se repite tantas veces, el problema deja de ser individual.

Los dirigentes del futbol mexicano insisten en vender la idea de que el talento nacional no alcanza, mientras los clubes llenan sus plantillas con extranjeros que, en muchos casos, apenas ofrecen un rendimiento promedio.

El mensaje para los jóvenes es devastador: pueden ser campeones del mundo con México, pero eso no les garantiza oportunidades en la Liga MX.

La responsabilidad también recae en la Federación Mexicana de Futbol, que durante años ha cambiado de proyectos, directores deportivos y discursos sin tocar las estructuras que realmente frenan el desarrollo. Se anuncian planes estratégicos cada ciclo mundialista, pero los intereses económicos terminan imponiéndose sobre cualquier visión deportiva.

La desaparición del ascenso y descenso redujo los incentivos para apostar por procesos de formación y asumir riesgos deportivos. La eliminación de espacios de competencia, como la Copa MX, disminuyó las oportunidades para que los jóvenes sumaran minutos. Las reglas sobre menores aparecen y desaparecen según convenga a los dueños de los clubes, sin una política de largo plazo.

A ello se suma un viejo problema: la multipropiedad. Aunque se ha prometido combatirla durante años, sigue siendo una muestra de cómo los intereses empresariales pesan más que la construcción de una competencia plenamente independiente. Cuando un mismo grupo controla más de un club, las decisiones deportivas inevitablemente quedan bajo sospecha y el desarrollo del talento deja de ser el único criterio.

Tampoco ayuda la falta de transparencia en la toma de decisiones. La concentración del poder en un reducido grupo de propietarios ha convertido a la Liga MX en un modelo donde el negocio suele tener prioridad sobre el rendimiento deportivo. Las decisiones más relevantes responden con frecuencia a acuerdos entre dueños, antes que a un proyecto integral para fortalecer al futbol mexicano.

El resultado es evidente. Mientras países como Argentina, Brasil o varias naciones europeas exportan futbolistas cada temporada y fortalecen a sus selecciones, México continúa siendo una liga que compra más talento del que produce y que presume canteras que pocas veces encuentran espacio para consolidarse.

Cada concentración de la Sub-20 vuelve a despertar esperanza. Los reflectores apuntan a jóvenes que, sin duda, tienen condiciones para competir al máximo nivel. Pero la verdadera pregunta no es cuántos llegarán a Primera División, sino cuántos sobrevivirán a un modelo que históricamente ha privilegiado el negocio sobre el mérito deportivo.

El futbol mexicano no necesita otra campaña publicitaria ni otro eslogan sobre el futuro. Necesita dirigentes dispuestos a renunciar a privilegios, clubes comprometidos con la formación, una liga que premie la competencia y una Federación capaz de construir un proyecto que trascienda el siguiente ciclo mundialista.

Por ello es inevitable pensar, al pasar y observar el autobús de la Selección Mexicana Sub-20 estacionado frente al Hotel InterContinental, que en su interior viajan mucho más que jóvenes futbolistas: viajan sueños, talento y la esperanza de un país que sigue creyendo en sus nuevas generaciones.

 

Lo verdaderamente incierto no es si tienen la capacidad para triunfar, sino si el futbol mexicano les permitirá hacerlo. Porque el mayor rival de estos jugadores no será el próximo adversario en la cancha, sino una estructura que, durante décadas, ha demostrado ser mucho más eficaz para fabricar ilusiones que para construir carreras y formar una selección capaz de competir de verdad entre las mejores del mundo.

Vistas: 15
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs