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OPINIÓN

El fracaso de la Reforma Universitaria

La crisis de la BUAP en 1987-1991 significó un fracaso histórico del movimiento de reforma

José Luis Cardona Ruiz

Licenciado en Economía por la UNAM. Fue Director de la Facultad de Economía y Secretario Académico de la BUAP. Colaboró con el Frente Sandinista de Liberación Nacional por un convenio de cooperación. Fue Presidente Estatal del Partido México Posible y Presidente del Partido Alternativa Socialdemócrata en Puebla.

 
 
 
 

Miércoles, Abril 29, 2026

Con gran interés leí la atinada y profesional crónica de Sergio Mastretta acerca de los sucesos acaecidos en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla de 1987 a 1991, publicada en aquél entonces.

Comienzan con la polémica destitución de Samuel Malpica como rector de la BUAP, por una porción del consejo universitario. Para entonces yo ocupaba el cargo de Secretario Académico, hoy equivalente a Vicerrector, en la administración de Samuel.

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Aprovecho este espacio para dar mi punto de vista sobre los antecedentes del devenir universitario, los polémicos y lamentables acontecimientos en nuestra querida universidad de 1987-91 y, finalmente, algunas consideraciones muy breves del presente universitario.

Desde la declaración de la autonomía universitaria en 1929, se inició un proceso de reducción en los ámbitos de injerencia del gobierno federal en las decisiones internas de las universidades públicas. La libertad de cátedra y de investigación fueron ganando terreno. También se avanzó significativamente en lograr la paridad de los consejos universitarios entre estudiantes y académicos, así como en los consejos técnicos de las escuelas y facultades.

En Puebla este proceso llegó rezagado. Fue hasta 1956 que se logró la autonomía universitaria, precedida por una férrea lucha entre conservadores y liberales. Dicho conflicto se intensificó durante la década de los sesenta, en donde la influencia de la revolución cubana se dejó sentir sobre todo en el estudiantado y se rescató la tradición iniciada en Córdoba, Argentina, de la Reforma Universitaria como parte de la lucha democrática de los pueblos latinoamericanos.

Podríamos afirmar que con el rectorado de Manuel Lara y Parra en 1964-65 se inició la reforma universitaria, con cambios académicos significativos, en donde la ciencia ganó terreno, se diversificó la oferta educativa con el fortalecimiento de carreras como físico matemáticas (creada desde 1950 por el Ing. Luis Rivera Terrazas, bajo el rectorado de Horacio Labastida), y el robustecimiento de las ingenierías.

Se amplió además la matrícula de manera notable, pero las restricciones presupuestales obstruyeron el avance. De cualquier manera, la educación tradicional perdió terreno y con ella el positivismo y el dogmatismo, pedagogías basadas en la memorización y repetición, fueron gradualmente sustituidas por el análisis y el pensamiento crítico.

La rebelión estudiantil, estrechamente unida al ascenso de la lucha popular en Puebla, pronto se enfrentó contra los abusos de la autoridad y las enormes limitaciones a las libertades democráticas y políticas. Era la época de lo que Vargas Llosa llamó la dictadura perfecta del PRI. Los cuestionamientos del movimiento estudiantil al régimen se generalizaron prácticamente por todo el país, destacadamente en la Universidad Nicolaíta de Michoacán, en Zacatecas, Sinaloa, Oaxaca, Guerrero, y se puso candente en Puebla.

El colofón de ese ascenso y del contexto internacional de aquellos años, fue el movimiento del 68 que abarcó a todo el país, aunque lo que más se recuerda fue la represión en la Ciudad de México.

En la Universidad Autónoma de Puebla emergió como fuerza política preponderante el partido comunista, con el rectorado del Químico Sergio Flores y después en el de Luis Rivera Terrazas, brillante y prestigiado astrónomo y físico. Con su reconocida honestidad, contuvo el agresivo anticomunismo de la derecha poblana.

Fue en ese entonces que emergió el proyecto de Universidad Democrática Crítica y Popular, cuya redacción corrió a cargo, entre otros, de nuestro amigo Roberto Borja. En ese periodo se fortalecieron de manera importante las áreas de ciencias exactas y de salud que hasta hoy le han dado un gran prestigio a la institución en el ámbito nacional y entre los países centroamericanos y del caribe.

Pero este derrotero estuvo también acompañado de fuertes distorsiones que malograron los propósitos originales. Para ingresar al entonces UAP como docente o administrativo, frecuentemente tenías que acreditar tu afinidad o ser parte del Partido Comunista Mexicano, sin tener que demostrar las aptitudes necesarias para el puesto de trabajo.

También emergió un sindicalismo universitario, que defendía a ultranza a malos docentes y a algunos empleados administrativos irresponsables. Ejercía además una influencia y una injerencia indebidas en las actividades académicas tales cómo oponerse a cambio de rutinas y modificaciones de planes de estudio.

Se recurría a la suspensión de clases de manera caótica. Disminuyó de manera preocupante el número de días hábiles para actividades académicas en el año escolar. A los estudiantes se les conminaba a participar en marchas y movilizaciones de manera frecuente, en muchas ocasiones con daños a terceros, provocando el malestar de la ciudadanía. Todo lo anterior conjugado dio lugar a qué se abatiera la calidad de la enseñanza. Las cosas llegaron a tal grado que muchas empresas tenían como norma no contratar a egresados de la UAP.

Esta situación se agravó durante el breve periodo de Samuel Malpica. La intolerancia se entronizó en nuestra querida universidad. Empezaron a fallar hasta las cuestiones más elementales. Era evidente el descuido al mantenimiento de las instalaciones universitarias. La inversión en laboratorios y equipamiento de apoyo a la docencia fue insignificante. El desorden y la falta de control estaban por doquier.

Advertí el desvío de recursos para propósitos ajenos a la universidad, primero por el grupo de Bejarano (el tristemente famoso conocido como el señor de las ligas). Y en la otra esquina, siguiendo el argot del boxeo, el Partido de la Revolución Socialista que, con el ingeniero Ignacio Rosas, arruinó con sus equivocados manejos, la tienda universitaria entre otras cosas. Con el pretexto de defender la universidad utilizó recursos para otros propósitos Recuerdo que argumentaba que al no facturar nada, le ahorraba el IVA a la universidad, hágame el favor tal desfachatez.

Quiero aclarar que Samuel Malpica como rector, no se benefició económicamente de nada. Sin embargo, sí queda a su cargo y a su memoria permitir que otros abusaran del poder. Cabe reconocer que él vivió en la precariedad, igual que yo en ese entonces, cuando en una maniobra judicial al estilo del Estado mexicano, lo encarcelaron con acusaciones amañadas.  Nadie de sus protegidos y ninguno a quienes les había dado manga ancha, lo ayudaron. Como pudo, con sus propios medios Samuel salió libre. Años después, en un final trágico, fue asesinado en un contexto lleno de controversias y dudas. El gobierno poblano jamás mostró un serio interés en esclarecer los hechos.

Se puede decir que con Samuel Malpica la Universidad tocó fondo en cuanto a su crisis de gobernabilidad. La Universidad era un caos. La ingobernabilidad de la institución era evidente. El Partido Mexicano Socialista (PMS) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) casi se sentían dueños y señores de la institución. El abuso de los trosquistas, con el doctor Rosales como director de Medicina, inició la debacle del régimen de Samuel.

Infortunadamente, la crisis no tuvo una solución progresiva, sino plenamente regresiva. Gran parte de los que protagonizaron los lamentables hechos de 1989-1991 por ambos bandos, los malpiquistas (en los que en los que me incluyo), y la fracción saboteadora y golpista, no fueron capaces de presentar una alternativa consecuente con la tradición de la reforma universitaria y muy pronto se transfiguraron, primero en priistas y ahora en morenistas, entregando a la universidad a los gobiernos en turno, perdiendo su carácter crítico y democrático.

Con el rectorado de José Doger, ya en alianza con el gobernador Manuel Bartlett, la Universidad dejó de buscar algún referente en la lucha histórica por la Autonomía o la reforma democrática y simplemente se “modernizó” con el llamado Proyecto Fénix. Con más recursos financieros hubo también un poco de más orden y mejoras en los procesos académicos y docentes. Desde entonces el cuerpo docente y de investigadores creció en cantidad y calidad.

Pero la aspiración que a muchos nos inspiró de que la universidad pública desde la ciencia y la academia jugara un papel de transformación social y de crítica al Estado de cosas, se fue diluyendo gradualmente hasta convertir a nuestra querida universidad en un apéndice o un simple eco del gobierno.

¡Qué vueltas da la vida! Las universidades privadas, como la Iberoamericana, el Tecnológico de Monterrey y hasta la UPAEP, muestran más compromiso social y empatía con las organizaciones ambientalistas, por ejemplo. A menudo sus instalaciones son sedes de debates del acontecer nacional y estatal, con intensidad y tolerancia.

La BUAP, la universidad insignia de Puebla, otrora combativa y solidaria, pasó a ser lisonjera y aduladora de personajes del poder público caracterizados por su autoritarismo, opacidad y abusos a la ciudadanía. De ser el recinto donde se prodigaba una aguda e intensa crítica social, pasó a ser sede de concursos de bikinis de una frivolidad pasmosa. Ni qué decir de la mansedumbre que exhiben en la participación en los desfiles oficiales (seguramente los veremos otra vez el 5 de mayo), con abrumadoras muestras de demagogia y simulación.

El ingeniero Luis Rivera Terrazas seguramente nunca previó que la institución universitaria que con denuedo y compromiso hizo cristalizar como una orgullosa institución del México democrático, muy pronto volvería a ser un espacio donde habitara la indignidad y el vasallaje.

 

 

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