Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Un sistema de bicicletas públicas para Puebla

Si el gobierno quiere construir un sistema a la altura de la ciudad, aún está a tiempo de corregir

Armando Pliego Ishikawa

Especialista en seguridad vial con diez años de experiencia desde el sector público y ahora desde la sociedad civil. Trabaja en la promoción de políticas públicas para ciudades más seguras y sustentables con la Coalición Movilidad Segura en México. Es egresado de la Clase 2024 del programa Planning the Cycling City en la Universidad de Ámsterdam.

Jueves, Marzo 26, 2026

La noticia de un nuevo sistema de bicicletas en nuestra ciudad, de entrada, es buena. Puebla necesita ampliar sus alternativas de movilidad. Hay que reconocer, que desde que era senador, el gobernador Alejandro Armenta había expresado entusiasmo por la idea de que la capital poblana tuviera algo semejante a Ecobici, y que esa intención finalmente se traduzca en un proyecto concreto es, en principio, una buena señal.

Pero una buena idea también puede ejecutarse mal. Un sistema de bicicletas públicas no se puede improvisar. No basta con tener voluntad política para presentar una marca nueva, una app y unas bicicletas de muestra para generar confianza en algo tan serio. Un sistema de bicicleta pública exige experiencia técnica, operativa y financiera. Requiere diseño especializado de bicicletas para uso intensivo, estaciones y anclajes confiables, capacidad logística de balanceo, mantenimiento permanente, refacciones, control de flota, atención a usuarias y capacidad de respuesta ante el desgaste cotidiano. Implementarlo es más complejo que sólo poner bicicletas en la calle. Se trata de sostener un sistema público con un estándar de servicio todos los días.

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Lo que sabemos hasta ahora deja más preguntas que certezas. No está claro cuántas bicicletas tendrá el sistema, cuántas estaciones se instalarán, cuál será su polígono exacto de operación ni cómo se resolverá en detalle su mantenimiento y expansión, o si se vinculará con RUTA. Sí sabemos que será operado por una empresa pública estatal de reciente creación llamada Yankuilotl, empresa que, por su perfil, está mucho más vinculada al desarrollo tecnológico y digital que a la operación de sistemas de bicicleta pública.

Esto significa que el gobierno está entrando a un terreno altamente especializado sin contar con las competencias y experiencia necesarias para implementarlo exitosamente. Y en este tipo de proyectos, improvisar sale caro.

Creo que frente a ese escenario, sería mucho más sensato y responsable recurrir a quienes ya saben hacerlo, incluidas empresas mexicanas profesionales que ya han operado sistemas de bicicleta pública y conocen de primera mano sus complejidades. No se trata de despreciar el talento local ni de renunciar a capacidades propias, sino de entender que no todos los servicios públicos son terreno para experimentar desde cero.

Las bicicletas mostradas esta semana claramente no están diseñadas específicamente para el trabajo intensivo que exige un sistema compartido. No lucen como bicicletas pensadas para resistir intemperie, múltiples usos al día, maltrato, vandalismo y una operación continua durante años. Basta una comparación visual con bicicletas de sistemas consolidados para notar el contraste entre una bicicleta deliberadamente fabricada para servicio público de uso constante y una bicicleta que parece más bien de uso convencional, con componentes que no serán capaces de soportar el uso que se les pretende dar.

El gobierno promueve a Yankuilotl bajo la idea de que ofrecerá “más movilidad a menor precio”, con “ahorros de hasta 8x frente a sistemas comparables”. En esos mismos materiales gráficos, Yankuilotl ofrece un plan anual de 499 pesos, y lo compara con Ecobici que cobra una anualidad de 566 pesos. Es decir, el sistema poblano se presenta como ocho veces más barato de implementar, pero para la persona usuaria la diferencia anual es de apenas 67 pesos. El ahorro que el gobierno presume a gran escala no se traduce en una reducción proporcional del costo de la membresía. Si el sistema realmente cuesta varias veces menos que uno comparable, ¿por qué el precio para la ciudadanía es prácticamente el mismo en bicis que son claramente de peor calidad?

Si el ahorro no se refleja de manera clara en la tarifa, no es una ventaja al usuario. Se presume bajo costo de implementación, pero no necesariamente mejor acceso para la gente. Además, ese menor costo de implementación podría explicarse en parte por las bicicletas de menor calidad, componentes menos resistentes, anclajes deficientes o una estructura operativa insuficiente para sostener el servicio cuando aumente la demanda.

Si las bicicletas no están diseñadas para uso intensivo, el costo de mantenimiento se disparará en pocos meses una vez echado a andar. Si los anclajes fallan, la operación cotidiana se compromete. Si no existe una logística rigurosa de balanceo y reparación, las estaciones estarán vacías o llenas, sin bicis para tomar o sin espacio para dejarla. Si no hay subsidio suficiente, personal capacitado y una rectoría seria, el sistema se deteriorará rápidamente. El supuesto ahorro inicial se esfumaría, y nos quedaríamos con un servicio mediocre, costoso de corregir y con desconfianza pública.

Como usuario, francamente me tiene sin cuidado que el gobierno presuma que gastó poco si a cambio me ofrece un servicio deficiente. Lo que quiero es una bici resistente y duradera que esté disponible cuando la necesito, una estación que funcione, un anclaje seguro, una app confiable y una tarifa competitiva por un buen servicio. Como activista, me preocupa que en Puebla se siga creyendo que la bicicleta merece soluciones baratas, experimentales o de baja calidad, mientras para otras formas de movilidad sí se aceptan inversiones mucho mayores, subsidios permanentes y márgenes amplísimos de error, como con el cablebús.

Ningún sistema de movilidad serio se sostiene por buena voluntad. Los sistemas de bicicletas públicas requieren inversión pública, mantenimiento constante, supervisión, subsidio y visión de largo plazo, al igual que cualquier otra infraestructura de transporte. El problema es que cuando se trata de la bicicleta, siempre aparece la tentación de hacer algo barato para presumir eficiencia, aunque eso termine comprometiendo la calidad del servicio.

La gran ventaja no es si el sistema fue “hecho en casa” o si en papel parece más barato que otros. La pregunta importante es mucho más simple: ¿va a ofrecer Puebla un servicio de calidad, confiable y duradero, o sólo un experimento emprendido por personas sin experiencia en políticas ciclistas que pronto mostrará sus límites?

Puebla no parte de cero. La ciudad ya tuvo experiencias previas que no lograron consolidarse como un sistema público robusto y permanente. Eso debería bastar para entender que aquí no hace falta volver a inventar la rueda. Hace falta aprender de lo que ya funcionó y de lo que ya fracasó. Hace falta tomarse en serio la bicicleta pública como servicio, no como experimento tecnológico ni como vitrina de austeridad.

Ojalá Puebla tenga por fin un sistema de bicicletas públicas digno. Si el gobierno quiere construir un sistema a la altura de Puebla, todavía está a tiempo de corregir el camino, apoyándose en la experiencia probada y transparentando toda la información que hoy sigue faltando para que la sociedad contribuya.

Lo peor que podría hacer es confundir improvisación con innovación, y ahorro inicial con buena política pública. Porque en movilidad, como en casi todo, lo barato sale caro. Lo que está en juego es si por fin vamos a tomarnos en serio la movilidad en bicicleta como parte del sistema de transporte de la ciudad. Y eso exige menos propaganda sobre lo barato que salió, y más claridad sobre la calidad del servicio que se piensa ofrecer.

@dobbyloca
armandoishikawa@gmail.com

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