Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

México: la búsqueda de sí mismo

Hay que liberar al Estado, pero hay que vitalizar a la sociedad civil con vínculos significativos

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Febrero 11, 2026

A mi hermano Noel,
por su cumpleaños.

“Lo peor que le puede pasar a México —dijo López Portillo en su segundo informe de gobierno en 1978— es ser un país de cínicos.” Sabía que la corrupción y la impunidad carcomían amplios sectores de la administración pública. Su apelación a una ética pública —irónicamente— confirmaba que su decir se refería precisamente a lo contrario. Los escándalos de corrupción marcaron su gobierno. Morena hoy en día apela a una autoridad moral sólo para confirmar ese cinismo.

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Como expuso Mauricio Merino en el segundo Diálogo por la paz en Guadalajara, si el país está inundado de violencias, odios, pobreza y miedo, es porque el Estado ha tenido una doble derrota: a) Impotencia para garantizar el Estado de derecho; b) Prepotencia de quienes lo han capturado (1). El cinismo que carcomió a López Portillo es el mismo del que no puede librarse hoy el régimen morenista. Su prepotencia lo ha llevado a la impotencia para contener las violencias.

El Estado de derecho simplemente no existe en amplias zonas del país. La colusión del régimen gobernante con el crimen organizado ha dejado a éste como un gobierno de facto que impone sus leyes y cobra derecho de piso. Tequila, en Jalisco, ha sido un ejemplo dado a conocer recientemente. Pero hay más de esa impotencia del Estado para hacer valer las leyes que, en principio, debían garantizar las libertades fundamentales. Las armas gobiernan en esos lugares.

Tan sólo las desapariciones hablan de esa ausencia del Estado de derecho. México Evalúa ha dado a conocer lo que el gobierno de Claudia Sheinbaum calla: 2025 ha sido el año que supera a los anteriores, en donde se han conocido datos, con sus 12 mil 872 desapariciones. En 2023 fueron 10 mil 309; en 2021, 7 mil 995 (ambas con López Obrador); en 2017, 6 mil 912; en 2014, 4 mil 114 (estas dos últimas con Peña Nieto) (2). Ante esto uno se pregunta: ¿Dónde está el Estado?

Ese Estado impotente para garantizar la seguridad y las libertades civiles y políticas es, en cambio — sigo citando a Merino —, prepotente en sus instancias: Fuerzas armadas, policías, jueces, burocracias, políticos que también son violentos y hacen alianzas con los poderosos. El Estado con esa doble derrota (impotente y prepotente) ha abandonado su función principal: defender los derechos y las libertades, así como impedir que el poder se desborde.

Es cierto que el Estado no es el pueblo ni la nación. También es verdad que el pueblo no es una entidad monolítica y homogénea. El pueblo es el sustrato, el sujeto colectivo que vive a lo largo del tiempo; es histórico y, como entidad viva, le llamamos nación. México es una nación. Pero una nación plural que, en el momento presente, le llamamos patria (tierra de los padres) y/o matria (tierra de las madres), imagen bella y conmovedora si miramos a las madres buscadoras.

Sin embargo, el pueblo que se organiza jurídicamente, que —a través de la representación — ejerce su soberanía mediante instituciones, que delibera y establece cómo debe ejercerse el poder y, sobre todo, pone límites a sus representantes, a esa organización le llamamos Estado. Y se le organiza no como instrumento de dominación, sino como árbitro entre el mercado y la sociedad civil, entre el capital y el trabajo, para asegurar el cuidado existencial del pueblo.

Cada vez que el Estado es impotente —sigo citando a Merino — los violentos triunfan y la violencia se desborda. Esa impotencia del Estado es la causa eficiente de las violencias en México. Eso es lo que está pasando en nuestro país: las violencias se han desbordado. No digamos sólo en esos lugares donde el crimen organizado manda, sino en el ambiente político mismo, donde, desde la primera magistratura se insulta, se ofende, se descalifica. El otro no existe.

El cinismo se completa con la prepotencia de quienes han capturado al Estado. Digo capturado porque no lo jefaturan ni lo dirigen, sino lo utilizan para beneficio de sus intereses. Es la prepotencia de los abusivos, los corruptos, los violentos. Ejemplos sobran, desde los desbordamientos de algunos legisladores que obligan a los ciudadanos a humillarse en público, hasta los presidentes municipales que, como el de Tequila, se someten a los cárteles, a la violencia de las armas.

La narrativa de esos cínicos es que tienen la “autoridad moral” para adueñarse del presupuesto del país, ejercerlo como les dé la gana —sobre todo para generar clientelas electorales y hacer negocios con sus cuates— y echarle la culpa de la violencia y de la corrupción a otros, a los que por cierto hay que eliminar y mandarlos al “basurero de la historia”. Los prepotentes se niegan a dialogar, a discutir, simplemente imponen (“para eso es el poder”, dicen). Y lo hacen.

En 1979, en ese clima de corrupción y cinismo, Octavio Paz señalaba que México estaba en una disyuntiva: la democratización para que el desarrollo económico se tradujera en desarrollo social y político, o, bien, la violencia. “Si el gobierno y el PRI decidiesen —decía el Nobel — cerrar los canales a la crítica, al disentimiento y a la acción democrática independiente, se repetirían los horrores de 1968 y los del Corpus Christi de 1971. (...) se abriría la puerta al ejército o, más probablemente, a bandas paramilitares.” (3).

Como sabemos, Reyes Heroles inició las reformas políticas y electorales reconociendo la pluralidad política y social del país. De 1977 a 1996 se crearon los instrumentos para una democratización del país. Hoy tenemos no tanto la repetición de 1968 y 1971, sino el ensangrentamiento de buena parte del país. Las violencias lo han herido profundamente. Coincide esto con los atentados contra la democracia. Pareciera que la segunda disyuntiva se impone día a día.

Merino propone la liberación del Estado. Incluso se atreve a decir: El Estado es nuestro, somos el Estado. Sí, hay que liberar al Estado para que sea un auténtico garante de los derechos y las libertades, pero hay que vitalizar a la sociedad civil, expresión y lenguaje del pueblo, diverso y plural. Al tejido social, dañado y desgarrado, tenemos que vitalizarlo con vínculos concretos, significativos, afectivos, de convivencia, de metas y logros comunes, ahí donde estemos.

México, nosotros, hombres, mujeres, niñas y niños, construiremos la paz reconociendo la realidad, la verdad y buscando la justicia, la reconciliación, la fraternidad. En el reconocimiento de los otros, los que incluso no piensan ni sienten ni actúan como nosotros, en ese reconocimiento de que somos hijos e hijas de un mismo pueblo y portamos la misma dignidad, ahí encontraremos la clave de una paz verdadera, la tranquilidad del orden, según san Agustín (4).

Referencias
1. Mauricio Merino, “Las causas de la violencia en México”, Segundo diálogo nacional por la paz, ITESO, Guadalajara, 30/ene/2026, https://goo.su/WnxIh.
2. Rolando Herrera, “Aumentan 213% desapariciones”, Reforma, 10/feb/2026, p. 1.
3. Octavio Paz, Obras completas, t. 15. Miscelánea III, Entrevistas, Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México 2003, p. 253.
4. Agustín, san, Obras completas de san Agustín, t. XVII. La ciudad de Dios (XIX, 13), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988, p. 588. “La paz entre los hombres es la concordia bien ordenada. (...) La paz de una ciudad es la concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de sus ciudadanos. (...) La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden.”

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