Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Comunicar sin escalar el conflicto

La CNV puede ayudarnos a no responder con más violencia cuando el diálogo parece imposible

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Sábado, Febrero 7, 2026

Todos hemos estado ahí, en ese momento incómodo -y a veces explosivo- en el que la otra persona no parece interesada en dialogar, sino en ganar, imponer o simplemente descargar su enojo.

Puede ser un vecino que responde con gritos ante una observación mínima, o un conductor que, ante un roce vial o un claxon, baja la ventanilla para insultar. Frente a alguien a la defensiva, nuestro primer impulso suele ser defendernos también. Y así, sin darnos cuenta, entramos en una espiral de conflicto.

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La Comunicación No Violenta (CNV), desarrollada por Marshall Rosenberg, no es una técnica para “convencer” al otro ni para tener la última palabra. Es, ante todo, una postura ética y profundamente humana de comunicar desde el respeto, incluso -y sobre todo- cuando el otro no lo hace. Su propuesta resulta especialmente valiosa en estos escenarios cotidianos donde el diálogo parece cerrado de antemano.

Imaginemos un conflicto vecinal común. Una persona reclama airadamente porque “siempre hacen ruido”, “nunca respetan” y “son unos irresponsables”. El tono es acusatorio, las palabras generalizan y el mensaje implícito es claro: tú eres el problema. Ante esto, lo habitual es responder con el mismo esquema, basado en justificar, contraatacar o minimizar.

Pero la CNV nos invita a hacer algo contraintuitivo como es no responder al ataque con otro ataque, sino tratar de leer qué hay debajo. Detrás de una actitud defensiva casi siempre hay una necesidad insatisfecha, como puede ser la falta de descanso, respeto, seguridad, reconocimiento. El problema es que esa necesidad se expresa en forma de juicio o agresión.

Es así que el primer paso de la CNV es la observación, es decir, describir lo que ocurre sin cargarlo de juicios. En lugar de decir: “Usted siempre viene a pelear”, podemos reformular internamente y pensar que esta persona está hablando en un tono elevado y usando descalificaciones. Esta distinción, aunque parezca sutil, cambia radicalmente nuestra respuesta emocional.

En un conflicto de tránsito, por ejemplo, cuando alguien grita “¡manejas fatal!”, observar sin juzgar nos permite no apropiarnos del ataque. No es lo mismo pensar me están ofendiendo que reconocer esta persona está muy alterada. El segundo pensamiento abre la posibilidad de no reaccionar de inmediato.

El segundo paso es identificar qué sentimos ante esa situación. Molestia, miedo, impotencia, enojo. Nombrar la emoción no es un acto de debilidad, sino de claridad. La clave está en no convertir ese sentimiento en reproche. Decir “me haces enojar” vuelve a colocar la responsabilidad en el otro; decir “me siento tenso ante esta situación” nos devuelve la agencia.

En el ejemplo del vecino conflictivo, expresar con calma: “Me siento incómoda y preocupada cuando la conversación sube de tono” es muy distinto a decir “usted siempre viene a agredir”. El primero abre un espacio; el segundo lo clausura.

Aquí está el corazón de la CNV. Preguntarnos: ¿qué necesito yo en este momento? Tal vez tranquilidad, respeto, seguridad. Y, aunque no lo expresemos en voz alta, también intentar comprender ¿qué podría necesitar la otra persona? Quizá descanso, ser escuchada, sentir control ante algo que le molesta.

En un altercado vial, cuando alguien reacciona con furia desproporcionada, rara vez se trata sólo del incidente. Muchas veces es estrés acumulado, prisa, frustración. Esto no justifica la agresión, pero sí nos ayuda a no personalizarla.

El último paso es formular una petición clara y concreta, sin amenaza ni exigencia. No es “deja de hacer ruido o llamo a la policía”, sino algo como “¿podemos acordar un horario para la música?”. No es “bájale a tu actitud”, sino “¿podemos hablar de esto con un tono más tranquilo?”.

En contextos de alto conflicto, incluso la petición puede ser interna: “me retiro de esta discusión para protegerme”. La CNV no implica quedarse en situaciones de violencia; implica no reproducirla.

Es importante saber que aplicar Comunicación No Violenta no asegura que la otra persona se abra al diálogo. Hay quienes no están dispuestos a escuchar. Sin embargo, sí garantiza algo fundamental, como lo es que no renunciemos a nuestra propia coherencia ética, que no dejemos que el enojo del otro nos arrastre a decir o hacer cosas que después lamentamos.

En una sociedad cada vez más reactiva, donde el conflicto cotidiano parece normalizado, optar por la CNV es un acto contracultural. Es elegir no escalar, no humillar, no ganar a costa del vínculo, aunque éste sea breve o circunstancial, como el que tenemos con un vecino o un desconocido en la calle.

Al final, la Comunicación No Violenta nos recuerda algo esencial, como es que incluso cuando el otro sólo busca conflicto, siempre podemos decidir desde dónde respondemos. Y esa decisión, aunque silenciosa, transforma profundamente la manera en que habitamos lo cotidiano y nos relacionamos con los demás.

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