México es un país diverso y plural, no sólo por sus realidades sociales y económicas, sino por sus dinámicas políticas y culturales. Hay diversos Méxicos, no sólo por los grandes desgarramientos históricos, como la desigualdad y la pobreza, sino por la actual multi injerencia de diversos grupos políticos, económicos y sociales que han desbordado el monopolio de la fuerza del Estado. Tenemos delante, además de fuerzas políticas y económicas (Estado y mercado), incluso la acción de grupos criminales.
No es nuevo este fenómeno, pero en los gobiernos del actual régimen se ha acentuado, al grado de que, en algunas regiones del país, se ha presentado una simbiosis entre Estado, mercado y crimen organizado. Éste ejerce la hegemonía: no sólo delinque, sino que controla la economía y aplica sus leyes a los habitantes de los territorios sometidos. La pluralidad del país, que tenía sus cauces originales en el Estado, mediante la representación política, y en el mercado, con el libre comercio, fenece.
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Fenece porque dicha pluralidad se niega o se intenta ignorar, al menos por dos vías: Una es por esa simbiosis que ha dado al crimen organizado la preeminencia en algunas regiones y en algunas dinámicas. Los criminales no respetan a nadie ni distinguen situaciones: someten iglesias, comercios, autoridades públicas y, en algunos casos, están en las entrañas mismas de las instituciones estatales que deberían garantizar el Estado de derecho. Las secuelas de esto son la violencia, la inseguridad y el terror.
La otra vía es la política. Asistimos a una pandemia que, a partir de 2018, está desconociendo la pluralidad política y social en México. Porque la hace a un lado, no atina a generar mecanismos de representación político-electoral lo más cercana a lo que es la realidad política y social en el país. Niega esa pluralidad al hegemonizar tanto el discurso como la praxis de la dinámica política. El régimen actual, gestor de esa pandemia, con todas las acciones y reformas constitucionales, la ha detonado.
El circuito de todo, el desmantelamiento de la representación de la pluralidad política y del desconocimiento de la diversidad social, se ha dado no sólo con la abolición de la república y de la concentración de poderes al margen de la voluntad popular, verdadera fuente de la soberanía del país, sino con mecanismos de control. Las reformas que el régimen ha implementado hacen de la política un ejercicio discrecional del poder, sin rendición de cuentas y de echarle la culpa al pasado.
La reforma electoral que está cocinando el régimen, por primera vez, rompe esa pluralidad política que venía encontrando cauce en la representación política-electoral. Desde 2018, el régimen desconoció a sus adversarios como interlocutores legítimos y, con ello, les negó la representatividad que naturalmente ejercían. Se apropió indebidamente de la representación del pueblo, desconociendo la diversidad y pluralidad de éste. En 2024, violó su voluntad expresada en el voto libre y secreto.
En efecto, con la complicidad de las autoridades electorales, el régimen quedó sobrerrepresentada en la Cámara de Diputados, alcanzando mayoría calificada. Lo mismo hizo en el Senado, con las presiones al estilo de la mafia sobre legisladores que defraudaron el voto popular de quienes buscaban ser representados por aquéllos. El pueblo no es hegemónico, sino plural. Eso lo desconoció y lo hizo a un lado el régimen morenista; con ello, inoculó la peste de la muerte de la democracia representativa.
Todas las principales reformas electorales fundamentales del México contemporáneo reconocieron la pluralidad político-electoral y social. La que trae en manos el régimen actual tiene otro ADN: el de un régimen hegemónico. Éste se apropia indebidamente la representación del pueblo, ése al que le violó su voluntad expresada en el voto 2024. Pero a nombre del pueblo quiere plantear una reforma donde “bajen los costos”, se reduzca la representación de las minorías (colapsando a la oposición) y gane siempre elecciones la mayoría gobernante.
Este escenario no hace sino recordar La Peste, de Albert Camus, esa enfermedad que mata y aísla a todo un pueblo. El propio Camus señaló en alguno de sus comentarios sobre su obra que la había escrito pensando en lo que significó la Segunda Guerra Mundial, ya que toda guerra es una peste que arrasa a la humanidad no sólo físicamente, sino moral y existencialmente. El nazismo fue la peste en ese momento que desencadenó esa conflagración, como lo fueron también el fascismo y el comunismo.
Al ver la situación en México, no podemos sino señalar una peste que está matando y aislando al país. Hay un gobierno que ya no garantiza el Estado de derecho y que, con la reforma electoral —los indicios que se conocen de ésta— quiere perpetuarse en el poder; un Estado que ha sido sometido —o se ha coludido— con el crimen organizado; y un régimen que se aprovecha de todo esto para hacer negocios opacos con el erario. Camus dijo que La Peste representaba una lucha colectiva y solidaria contra el mal (1).
No creo exagerar al aludir a la novela del Nobel de Literatura. Puede haber diversas lecturas, desde luego. Ello habla precisamente de la pluralidad. No digo que haya muchas verdades, lo que nos llevaría a un relativismo primero y luego a un escepticismo infranqueable. Sostengo, más bien, que hay una diversidad y pluralidad de acercarnos a la verdad y de acceder a ella. Hasta en el lenguaje el régimen quiere abolirla: “Sólo el pueblo —que yo represento— tiene la verdad”. Pero el pueblo es otra cosa, es una diversidad que no cabe en un discurso ni en un régimen hegemónico.
Referencias
Rosa de Diego, Albert Camus, Síntesis, Madrid 2006, p. 95.