El polvo estaba en mi boca, en mis párpados, una gota de sudor era una oportunidad para limpiarme un poco hasta las cenizas de la fogata de anoche, donde nos quedamos unas horas entre charlas, risas, reflexiones y hasta planes lejanos.
Mis papás se habían ido; mi vida había cambiado. En esta soledad, quizá una mujer en sus encantos, me rescataría por el ánimo de salir adelante, cambiar mi vida para siempre, y así llegar a casa, el piso recién limpiado, la mesa, el olor a comida, esa que me envolvía en mis años de niñez y juventud primera.
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Todo ha cambiado. Mi anhelo es que regrese todo como estaba, nadie pidió ese cambio tan radical, quería libertad, si, pero con los privilegios que tenía, con las amistades y parientes que tenía, pero de un momento a otro me quede sin algo de ese mundo que cada día era más lejano e impropio.
Del otro lado de mi camastro se podía ver una ventana bien hecha, con una luz tenue; en la mañana se podía ver que estaba tibio allí dentro, y solo mis brazos eran mi consuelo ante el frío de frente de un cargador de ropa húmeda y fruta recién salida de un vertedero para desinfectar.
Muchas veces me pregunté del por qué ellos estaban allí y yo afuera, pero nunca encontré respuesta porque además nunca hice externas esas ideas ante alguien, mi vida era solo mía y mis penas solo eran mías, quizá por ello poco a poco me fui volviendo extraño y lejano a mucha gente, para protegerme de mis dolores y mis sueños.
Tenía y sigo teniendo el sueño de volver a ese lugar y disfrutar de ese calor, que no sé si era una familia o solo era uno más de mis sueños más lejanos.