Me miraban a los ojos y trataban de arrancar de ellos mi destino, mi futuro, mis pretensiones, ir más allá de su tiempo y del mío para saber si estaba sobre el camino correcto o no, unas veces me hablan de los vicios, del temor del tiempo de la soledad, los malos amigos, los males amores.
Cuando seas chofer, cuando seas maestro, cuando tengas tu negocio, cuando entres a trabajar, y siempre el límite al dinero, los consejos cargados más de sus historias vividas que de los sueños de uno, de los anhelos del que busca.
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-No seas músico, esos mueren de hambre.
-No seas pintor, esos nunca son reconocidos.
-Deberías llevar dulces a la escuela y ver si te gustan los negocios.
En cada palabra, los sueños de uno se van turbando, se van torciendo, se modifican, se mueren, se vuelven ajenos.
-Como el hijo del compadre.
-Como la hija de tu maestro.
Pero muy pocas veces se ve uno a los cinco o diez años después como un ejercicio mental, en la intimidad propia.
Todos quieren ser partícipes de los éxitos, -yo le dije-, -alguna vez lo hablamos- a pesar que nunca se haya movido un dedo o se haya vivido una noche de soledad en la deuda, el sueño y anhelo después de ocho intentos fallidos.
Un día seré empresario, como lo dicen las películas, un hombre que cause terror y sea el líder de una gran empresa que sea un monopolio, con coches de lujo… y la carrera comienza, esa que deja la orfandad los sueños humanos y enaltece los sueños de algún letras baratas que pudo colocarse en una película como guionista.
A los cuarenta parece una carrera contra el tiempo, los parientes parten y en cada uno de ellos una parte de la promesa.