Chile despertó este domingo con una noticia que sacude no solo su historia reciente, sino el pulso democrático de toda América Latina.
La victoria de José Antonio Kast, líder de la ultraderecha chilena, marca un punto de quiebre: por primera vez desde el retorno a la democracia, llega a La Moneda un dirigente que no ha tomado distancia del legado de la dictadura de Augusto Pinochet.
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No es un hecho aislado ni accidental. Es parte de una tendencia regional y global que nos obliga a hacer preguntas incómodas.
¿Por qué, después de décadas de luchas democráticas, millones de personas parecen dispuestas a apostar por liderazgos autoritarios? ¿Qué falló para que el miedo, la nostalgia por el orden y las promesas de mano dura resulten más seductoras que los valores democráticos?
Desde una perspectiva de género el avance de la ultraderecha tiene una lectura particularmente preocupante. Estos proyectos políticos suelen construir su narrativa sobre un ideal de sociedad jerárquica, donde el poder se concentra, las diferencias se disciplinan y los derechos —especialmente los de mujeres y diversidades— se relativizan o se presentan como excesos del pasado.
No es casual que el discurso conservador ataque de forma sistemática el feminismo, los derechos sexuales y reproductivos, y cualquier agenda que cuestione el orden tradicional.
En América Latina, el desencanto con la democracia no surge de la nada. Se alimenta de sistemas políticos que no lograron cumplir sus promesas básicas: bienestar, seguridad, igualdad y justicia. La corrupción persistente y la opacidad en la rendición de cuentas erosionaron la confianza ciudadana.
La polarización convirtió el pluralismo en trincheras, donde gobernar se volvió sinónimo de bloquear al adversario. La desigualdad económica, profunda y estructural, reforzó la sensación de que la democracia beneficia a unos cuantos mientras deja a las mayorías —y especialmente a las mujeres— cargando con el costo del cuidado, la precariedad y la violencia.
A esto se suma una percepción de inestabilidad: gobiernos que cambian sin transformar la vida cotidiana de las personas, políticas públicas que no maduran y Estados que parecen incapaces de ofrecer certezas. En ese vacío, los liderazgos autoritarios aparecen como una solución simple a problemas complejos. Prometen orden frente al caos, identidad frente a la incertidumbre y castigo frente a la frustración.
Pero el autoritarismo es un espejismo, ofrece respuestas rápidas a costa de derechos, libertades y, muchas veces, de la vida misma. Para las mujeres, históricamente, estos regímenes han significado retrocesos: menos autonomía, más control sobre los cuerpos y silencios impuestos en nombre de la tradición o la seguridad.
El triunfo de la ultraderecha en Chile pone a prueba una institucionalidad admirada durante décadas. También interpela a las fuerzas progresistas de la región: no basta con defender la democracia en abstracto; hay que hacerla funcionar para todas y todos. Sin justicia social, sin igualdad sustantiva y sin una política que cuide, escuche y rinda cuentas, la democracia se vuelve frágil.
Chile hoy no solo eligió a un presidente; eligió, como tantas otras sociedades, entre profundizar la democracia o ceder ante la tentación autoritaria. El desenlace aún está por escribirse, pero la lección es clara: cuando la democracia no protege, otros vendrán a prometer protección a cambio de libertad.