Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La igualdad también se comunica en casa

Erradicar la violencia contra las mujeres empieza en familia educando en respeto, empatía e igualdad

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Sábado, Noviembre 29, 2025

Cada 25 de noviembre el mundo vuelve a mirar de frente una realidad dolorosa, como lo es el que la violencia contra las mujeres persiste, se transforma y se reproduce en los espacios donde debería existir mayor seguridad, empezando por los hogares.

Hablar de este tema no es sólo una cuestión de políticas públicas o de leyes, sino de cultura, la cual nos guste o no, comienza en casa. Por eso, las familias tenemos un papel central en la construcción de una sociedad más justa, donde niñas y mujeres puedan vivir con dignidad, respeto y libertad.

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La violencia no surge de la nada. Crece en terrenos donde se normalizan frases, actitudes y silencios que sostienen la desigualdad. Y es justo ahí donde la comunicación familiar puede convertirse en una herramienta extraordinariamente poderosa para visibilizar, cuestionar, transformar y sanar. Hoy más que nunca necesitamos familias que eduquen en igualdad y relaciones libres de violencia; familias que hablen, escuchen y acompañen.

Y es que la comunicación en la familia no es solamente transmitir información, sino construir significados compartidos. A través de lo que decimos -y también de lo que callamos, porque todo comunica- enseñamos a nuestras hijas e hijos cómo relacionarse consigo mismos y con los demás. Por eso, si queremos erradicar la violencia contra las mujeres, debemos revisar la forma en la que conversamos en casa sobre el respeto, los límites, el consentimiento, la dignidad y la igualdad.

Por ello, la prevención comienza en gestos simples como lo es el preguntar cómo se sienten, abrir espacios de diálogo sin ridiculizar emociones, permitir que se expresen sin miedo a la desaprobación, modelar la forma en la que resolvemos conflictos. Cuando en casa se valida la palabra, se escuchan las emociones y se negocian acuerdos, los hijos aprenden que la violencia no es una opción legítima para obtener lo que desean o resolver una diferencia.

Asimismo, hablar de igualdad de género no significa “hablar de ideología”, como muchas veces se malinterpreta, sino enseñar que todas las personas tienen el mismo valor. Explicarles que las tareas del hogar no pertenecen por naturaleza a un género, que los sueños no se dividen entre “para niñas” y “para niños”, así como que los cuerpos merecen respeto absoluto.

Desafortunadamente, en muchas familias persisten expresiones y dinámicas que parecen inofensivas, pero que sostienen la desigualdad. Frases como “ayúdala con los platos”, “tu hermana debe cuidarse más”, “así son los hombres” o “calladita te ves más bonita” transmiten mensajes que se instalan silenciosamente en la identidad de niñas y niños.

Erradicar la violencia contra las mujeres exige observar estos micromensajes con lupa y para lograrlo, debemos estar dispuestos a cuestionar hábitos aprendidos y reconocer que también nosotros, adultos, estamos en proceso de reeducación. Es normal descubrir que repetimos frases heredadas de generaciones anteriores. Lo importante es actuar con conciencia y disposición al cambio.

Observemos que la violencia suele ser el resultado de emociones mal gestionadas. Por ello, promover la educación emocional es fundamental y para ello debemos enseñar a niñas y niños a nombrar sus emociones, regularlas y pedir ayuda cuando la necesiten tiene un efecto directo en su capacidad para resolver conflictos sin agredir.

Esto es especialmente importante con los varones, ya que durante décadas se les enseñó a no llorar, a “aguantar”, a demostrar fuerza incluso en el dolor. Ese mandato de dureza emocional ha sido la raíz de comportamientos violentos, porque quienes no aprenden a expresar vulnerabilidad terminan expresando frustración a través del enojo.

En cambio, cuando los niños ven a su padre pedir perdón, a su madre nombrar lo que siente sin miedo y a ambos dialogar sin gritar, aprenden que las emociones no son peligrosas; lo peligroso es callarlas.

Y es que no hay discurso más poderoso que el ejemplo. Si un niño observa que su papá respeta y valora a su mamá, que ambos comparten responsabilidades del hogar, que la toma de decisiones es conjunta y que la crianza es tarea de dos, crecerá entendiendo que la equidad es lo normal. Lo mismo ocurre con las niñas, quienes al ver a su madre ejercer autonomía, cuidarse a sí misma, tomar decisiones y poner límites, se relacionarán con el mundo desde la dignidad.

La equidad no es una teoría abstracta; se vive en la forma en que distribuimos las tareas domésticas, en si apoyamos los sueños profesionales de todos por igual, en cómo acompañamos las emociones, en cómo hablamos de las mujeres que no están presentes, en cómo tratamos a nuestras propias madres, hermanas y abuelas.

Por ello, debemos tener claro que erradicar la violencia contra las mujeres es una tarea colectiva, pero comienza en la intimidad del hogar, con conversaciones valientes. El Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres nos invita no sólo a conmemorar, sino a actuar.

Recordemos que las familias tienen el enorme poder de sembrar en niñas y niños una cultura de igualdad que transforme generaciones. Por ello, la comunicación afectiva, respetuosa y consciente puede ser el primer paso hacia un mundo donde todas las mujeres vivan sin miedo y, sin duda, ese mundo empieza hoy, en casa.

 

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