El brutal asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, sacudió a México y expuso la fragilidad del Estado
A Carlos Manzo lo acribillaron en plena plaza pública, frente a su familia, pese a que contaba con protección federal. De poco sirvieron los catorce elementos de la Guardia Nacional asignados a cuidarlo. Que el crimen organizado pudiera asesinar así a un alcalde demuestra su temible superioridad sobre las autoridades.
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Actos como estos, confirman que los delincuentes están perfectamente organizados y tienen mayor coordinación y poder, que quienes deberían garantizar la seguridad de la ciudadanía. Este asesinato en la víspera del Día de Muertos es un golpe devastador al respeto a los derechos humanos y a lo poco que quedaba de confianza en las instituciones.
Las autoridades federales se limitaron a prometer investigaciones y destacar que “Manzo sí tenía protección”, una aclaración que no brinda consuelo alguno. Peor aún, la tragedia se politizó de inmediato: mientras algunos opositores aprovecharon el duelo para golpear al gobierno, desde el oficialismo se intentó diluir la indignación con el guion de siempre.
En redes sociales, figuras cercanas al poder insinuaron que la ola de enojo era orquestada por adversarios “de derecha” y opositores malintencionados. Pareciera que, en el México de hoy, expresar dolor e indignación ante la violencia equivale a colocarse “en contra” del gobierno en turno. ¿Desde cuándo exigir seguridad y justicia te convierte en adversario político?
Esta visión no es solo injusta, sino peligrosa. La indignación no tiene partido ni color: es la queja legítima de una sociedad harta de sangre, impunidad y miedo. De hecho, la conmoción por el asesinato de Manzo ha unido a mexicanos de todas las filiaciones. Esta demanda no reconoce banderas partidistas; nos incumbe a todos como ciudadanía. Indignarse ante el horror no solo es válido, es necesario. Callar o peor, descalificar esa indignación equivale a normalizar lo inaceptable.
La respuesta oficialista ha sido la de siempre: sacudir las culpas hacia el pasado. La presidenta, insinuó que la “guerra contra el narco” iniciada hace casi dos décadas bajo el gobierno de Felipe Calderón, es la causa última de esta tragedia. Esa retórica ya no convence. Culpando a sus antecesores, el gobierno evade asumir su responsabilidad presente mientras el país está en manos del crimen perfectamente organizado. ¿De qué sirve buscar excusas históricas cuando en el aquí y ahora los criminales imponen su ley?
Carlos Manzo sabía del riesgo que corría y aun así no se quedó callado. Había levantado la voz repetidamente pidiendo ayuda al gobierno federal y estatal. Denunció con nombres y apellidos a los líderes y grupos que devastaban su municipio, e incluso señaló la “intolerable alianza” de políticos locales con el crimen organizado.
Su valentía fue incómoda; sus denuncias herían sensibilidades arriba. ¿La respuesta? Ignorarlo. Y el sábado 1 de noviembre, mientras celebraba a los muertos con su pueblo, esos criminales aprovecharon un descuido: Manzo se quitó el chaleco antibalas para cargar a su hijo pequeño durante la fiesta, queriendo abrazarlo sin barreras. Fue en ese momento de humanidad y vulnerabilidad cuando los asesinos le arrebataron la vida. La escena es dantesca y a la vez reveladora: si ni un alcalde protegido está a salvo, ¿qué esperanza le queda al resto de la población?
La muerte de Carlos Manzo es una herida abierta y un llamado urgente a despertar. No podemos permitir que la indignación también se polarice o se apague; al contrario, debe convertirse en acción colectiva. La ciudadanía –sin distingos de partido– tiene no solo el derecho, sino el deber moral de exigir cuentas y resultados.
La indignación generalizada no es un ataque político: es el último recurso de un pueblo que pide por vivir sin miedo. Es hora de que los gobernantes escuchen. Si no aprenden a hablar y a actuar con humanidad, corren el riesgo de gobernar sobre ruinas, con una legitimidad destruída. Sólo cuando el poder comprenda que nuestra indignación es legítima y se sume a ella para erradicar la violencia, empezaremos a sanar esta herida que hoy duele en el alma de la nación.
Descanse en paz Carlos Manzo, y que su muerte no sea en vano.