A lado del camino real, así como lo hicieron muchos durante años y siglos.
Ese camino terroso, de polvaredas, soñando un presente lejano, cercano a las bellas artes, a calles deseadas, pero al final ajenas, porque no son parte de mi entorno, ni de mi familia, ni de mis amigos.
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¿Cómo cambiar mi vida?
Aunque el dinero llegara, todos vuelven donde son conocidos porque los otros círculos los ven ajenos y con desconfianza, no desean que sus hijos se vean reflejados, o en su defecto conviviendo esos hijos y los de uno… ¿Qué habría de extraordinario, de identidad, de sueños y anhelos, hasta la concepción de que Dios es diferente?
No sólo se trataba de dinero, quizá porque era el vértice de todas las charlas que tenían amigos desde la preparatoria hasta la universidad.
Eran los intereses compartidos, los sueños, hasta las charlas lejos de lo decente, cada chiste retorcido era parte de mundos en los cuales no se estaba contemplado.
Entonces ni en lo socialmente bueno tampoco era parte de mi identidad, la insatisfacción perpetua, es el precio de buscar la vida en el dinero, una medalla, o quizá hasta en las propias letras, era lo que se anhelaba de niños, no el resultado de los sueños de otros.
La identidad entonces está en mis zapatos lodosos, en los que camino todo el tiempo, en la búsqueda de nuevos horizontes y oportunidades, no cerca de las imposiciones y no lejos de mis orígenes.
Es ir creciendo poco a poco, es sonreír a cada momento, es buscar dentro de los pequeños espacios de los amigos, de los parientes, parte de una identidad que no debe perder o se estará extraviado para siempre.
Ahora, muchos no buscaron cambiar, evolucionar y allí se perdieron, en sí, ellos ya no están y todo ha cambiado.