Con la caída del muro de Berlín en 1989 se creía que el capitalismo llegaba a su máximo esplendor a la luz de la globalización. El neoliberalismo era la doctrina económica preponderante en el mundo e implica teóricamente una reducción del aparato estatal, de control de deuda pública, de combate a prácticas monopólicas y al tránsito hacía democracias de países de ingresos medios.
Sin embargo, en los hechos todo fue marcado por la corrupción que provocó la desigualdad más grande en la historia, y por ende, una concentración ofensiva del capital económico, el deslucimiento de las identidades nacionales, el endeudamiento de nuestros países y sobre todo el sacrificio de grados de soberanía nacional.
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En 1994 a México se le prometió ingresar al mercado global a través de un acuerdo que unificaría las economías de México, Estados Unidos y Canadá, el llamado Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) o por sus siglas en inglés North American Free Trade Agreement (NAFTA).
Dicho acuerdo comercial fue sumamente criticado por diversos sectores de la sociedad mexicana, sin embargo, a treinta años de su existencia con su modificación en Tratado México, Estados Unidos, Canadá (T-MEC) durante la primera administración de Donald Trump y la entonces del presidente Andrés Manuel López Obrador, podemos afirmar que las economías han generado un alto margen de dependencia, retos en conjunto y oportunidades de crecimiento conjunto; que colocan en el centro de las grandes prioridades de nuestra región norteamericana la próxima renegociación del acuerdo trilateral programada para julio de 2026.
No es un trámite técnico, sino una disputa de fondo sobre el modelo de desarrollo y las reglas que guiarán las próximas décadas. El contexto no es menor: Donald Trump, desde su segunda administración, ha reinstalado un régimen proteccionista con aranceles de hasta 25 % en automóviles, 50 % en acero y aluminio, y medidas de “seguridad nacional” que alcanzan al comercio agrícola y a la relación con México. Frente a este escenario, la pregunta es obligada: ¿qué papel jugará nuestra soberanía alimentaria en la revisión del Tratado?
El campo mexicano ha sido históricamente uno de los sectores más vulnerables en la integración comercial. Bajo el TLCAN, la apertura indiscriminada golpeó a millones de pequeños productores de maíz, frijol y leche, mientras se consolidaba la dependencia de importaciones, especialmente de granos básicos.
Hoy, México importa cerca del 80 % del arroz, 70 % del trigo y más del 30 % del maíz amarillo que se consume, lo cual compromete nuestra capacidad de alimentar a la población sin depender de presiones externas. El reciente conflicto en torno al maíz transgénico es un ejemplo claro:
La soberanía alimentaria no es un capricho ideológico, sino una condición estratégica de seguridad nacional. La pandemia y la guerra en Ucrania lo demostraron con crudeza: cuando las cadenas de suministro globales se interrumpen, los países dependientes quedan expuestos al desabasto y a la volatilidad de precios.
En 2023, la región de Norteamérica alcanzó casi 2 billones de dólares en comercio intrarregional, pero gran parte de esos flujos están concentrados en manufactura automotriz y electrónica, no en alimentos. Mientras tanto, la inflación alimentaria en México llegó a 12.9% en 2022, la más alta en dos décadas, evidenciando la fragilidad de nuestro modelo de importaciones baratas como solución a la demanda interna.
No se trata de rechazar la integración, sino de redefinirla bajo principios de justicia social y seguridad alimentaria. El T-MEC puede y debe servir como plataforma para fortalecer cadenas regionales de producción de alimentos, promover la cooperación en biotecnología agrícola bajo estándares de salud pública, y garantizar que las reglas de origen no favorezcan a grandes corporaciones en detrimento de pequeños y medianos productores.
En lugar de aceptar la narrativa de que México “necesita” el Tratado más que Estados Unidos, debemos evidenciar que los consumidores y productores norteamericanos también dependen de nuestra producción: desde el aguacate michoacano hasta los jornaleros que sostienen la agricultura en California.