El regreso a clases es para muchos hogares un periodo de movimiento, ajustes y cierta tensión. Se compran útiles, uniformes, se organizan los horarios, se reactiva la rutina que durante el verano había quedado en pausa. Para los adultos, madres y padres sobre todo, puede representar alivio y orden, pero para niñas, niños y adolescentes este tiempo no siempre se vive de la misma manera, ya que muchas veces se experimenta con miedo, incertidumbre o incluso con angustia.
Detrás de lo que a simple vista parece un berrinche, un dolor de estómago, un silencio prolongado o una actitud desafiante, se esconden emociones complejas que los menores todavía no saben expresar claramente, como puede ser miedo a separarse de casa, a no tener amigos, a no entender las materias, a ser juzgados o rechazados. Mientras los adultos están enfocados en cumplir con el reloj y la logística, los hijos enfrentan un torbellino emocional que a menudo se queda sin nombre y sin acompañamiento.
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Y la reacción más común suele ser regañar. Un “no pasa nada”, “ya estás grande”, “todos van a la escuela, tú también debes ir” es lo primero que decimos. Frases rápidas que buscan tranquilizar pero que, en realidad, transmiten lo contrario y es que lo que sienten no importa, que exageran o que deben resolver solos su malestar. Lo que aprenden con el tiempo no es a enfrentar sus emociones, sino a esconderlas… entonces aprenden a callar.
Recordemos que la infancia y la adolescencia son etapas marcadas por el cambio. Cada inicio de ciclo escolar trae consigo nuevas reglas, maestros distintos, compañeros que no siempre son conocidos, expectativas académicas y sociales que generan presión. Para un niño de preescolar, dejar su juguete favorito en la mochila para entrar a un salón lleno de extraños puede sentirse tan grande como para una adolescente que inicia preparatoria y se pregunta si encajará en un grupo nuevo.
El miedo, cuando no se expresa, se manifiesta de muchas maneras, como es en forma de llanto, resistencia, aislamiento, somatización (como dolores de cabeza o estómago), o incluso con actitudes de enojo y rebeldía. Lo que parece una conducta desafiante, en realidad, es un llamado de auxilio.
Es por ello que para muchos padres y madres surge la pregunta sobre cómo acompañar a sus hijos sin minimizar sus emociones ni dramatizar. La respuesta está en la comunicación, pero no en cualquier tipo de comunicación, sino en aquella que combina empatía, afectividad y escucha activa. Una comunicación que no sermonea, que no interrumpe, que no impone soluciones, sino que abre un espacio seguro.
Cuando un niño llora porque no quiere entrar a clases, en vez de decir “no llores”, podemos responder: “Es normal sentir miedo cuando algo es nuevo. Estoy contigo”. Ese simple cambio abre la puerta a la validación. Y cuando un adolescente se encierra en su cuarto, en lugar de reclamar “otra vez con tus cosas”, es más útil acercarse con un “Sé que no es fácil este cambio. Estoy aquí si quieres hablar”. Son frases sencillas, pero que muestran acompañamiento en lugar de juicio.
Acompañar también significa prevenir. Hablar con anticipación de lo que ocurrirá, conocer juntos el entorno escolar, visitar la escuela antes del primer día, diseñar rituales de despedida amorosos como un abrazo especial, un gesto compartido o incluso una pequeña canción de camino. Estos detalles, aparentemente simples, refuerzan la seguridad emocional de los hijos en medio de la transición.
También es útil compartir con ellos que el regreso a clases no solo les genera nervios a ellos, sino también a los adultos. Decir frases como: “A mí también me cuesta adaptarme a los cambios” o “Es nuevo para los dos” ayuda a que no se sientan solos en la experiencia.
La escuela nos preocupa por los aprendizajes académicos, pero hay un aprendizaje aún más importante y es que los hijos sepan que cuentan con un adulto que los acompaña incluso en la vulnerabilidad. Que no se espera de ellos ser valientes todo el tiempo, sino humanos. Que la tristeza no se ignora ni se regaña, sino que se escucha y se abraza.
Ese acompañamiento, más que los libros de texto o las tareas, será lo que marque la diferencia en su desarrollo emocional y en la confianza que construyan con sus padres. Porque lo que los niños y adolescentes necesitan no es que les resolvamos la vida, sino que les mostremos que sus emociones caben en nuestra relación.
Este nuevo ciclo escolar es, para toda la familia, una oportunidad. Una oportunidad de replantear la forma en que nos comunicamos en casa, de escuchar más y regañar menos. De poner atención no solo en las mochilas listas y las loncheras bien preparadas, sino en las palabras que elegimos, en los silencios que respetamos y en los abrazos que ofrecemos.
Quizá lo que empiece con el regreso a clases no sea solo un nuevo año escolar, sino una nueva manera de relacionarnos con nuestros hijos e hijas, más cercana, más empática y más amorosa.
Al final, lo que queda en la memoria de los niños no es si tuvieron el cuaderno más bonito, sino cómo se sintieron acompañados en los momentos de miedo. El regreso a clases puede doler, pero siempre duele menos cuando alguien los escucha, en vez de regañarlos.