Hace unos días las autoridades poblanas informaron que se investiga la presunta participación de un niño de doce años en el asesinato de una mujer argentina, ocurrido en marzo pasado en el fraccionamiento Lomas de Angelópolis.
Aunque las indagatorias continúan, este lamentable suceso abre interrogantes profundas en múltiples ámbitos, uno de ellos el saber cómo un niño pudo verse involucrado en una acción tan extrema y que además se mencione que esto se haya realizado en el contexto de un “reto viral”.
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Desde mi perspectiva estas preguntas no sólo nos deben llevar a cuestionar el contexto cercano al menor, sino que, sobre todo, nos deben incomodar como sociedad. Porque si hay algo que este caso pone sobre la mesa —además del urgente debate sobre el acceso a contenidos digitales peligrosos— es la fractura que se ha dado en la comunicación entre adultos y menores. Una fractura que, aunque muchas veces es silenciosa, puede tener consecuencias devastadoras.
En COMFAM hemos insistido durante años en una premisa sencilla pero profundamente transformadora: la comunicación familiar no es un lujo, es una necesidad. Es el puente que une, que acompaña, que protege. Es la herramienta más poderosa para formar criterio, para nutrir la conciencia, para prevenir. Cuando ese puente se rompe, el vacío lo llenan otras voces: el reto viral, el influencer anónimo, el algoritmo que no tiene rostro ni responsabilidad.
No se trata de vivir con paranoia, sino de vivir con presencia. Estar cerca no solo físicamente, sino emocional y afectivamente. Conocer a nuestros hijos no solo por sus calificaciones o sus hábitos, sino por lo que sienten, lo que temen, lo que buscan. Acompañarlos no solo en los deberes escolares, sino en su proceso de crecer, equivocarse y formar identidad.
Es fácil perder el vínculo cuando la rutina nos arrastra. Cuando trabajamos todo el día y el cansancio nos vence. Cuando preferimos el silencio a una conversación incómoda. Cuando damos por hecho que “está bien” solo porque no nos dice lo contrario. Pero también es posible recuperarlo. La comunicación siempre puede reconstruirse si hay voluntad, humildad y tiempo.
¿Qué implica fortalecer la comunicación familiar? Involucra, primero, abrir espacios seguros de diálogo, donde niñas, niños y adolescentes puedan hablar sin miedo a ser juzgados. Representa validar sus emociones, aunque a veces nos parezcan exageradas o incomprensibles. Implica escuchar de verdad, sin el celular en la mano ni la mente en otro lado. Es también poner límites claros, no desde el autoritarismo, sino desde el cuidado y la responsabilidad compartida.
En un mundo donde las pantallas se han convertido en niñeras digitales, donde los retos virales apelan a la necesidad de pertenecer, donde muchos niños están criando a otros en redes sociales, necesitamos volver a la raíz, al hogar como espacio de vínculo, de contención y de formación ética.
La comunicación familiar no solo es hablar. Es acompañar, es sostener, es modelar. Un niño que puede hablar con sus padres sobre sus miedos, sus dudas o la presión de sus pares, es menos vulnerable a la influencia de entornos que lo empujan a cruzar límites peligrosos.
Y esto no significa que todo recaiga solo en las madres o padres. También es tarea de las escuelas, de los gobiernos, de los medios, de las comunidades. Pero sí creemos que la primera conversación empieza en casa, incluso antes de que un niño tenga acceso a un dispositivo. Desde la infancia más temprana se construye el lenguaje del afecto, de la verdad, del autocuidado.
¿Qué podemos hacer como sociedad? Desnormalizar el silencio. Si un niño o niña se encierra emocionalmente, no lo minimicemos. Hay que buscar caminos para acercarnos.
Desde luego, necesitamos educar con el ejemplo. No podemos exigir que ellos hablen si nosotros no sabemos escuchar. También debemos acompañar en lo digital. Saber qué consumen, con quién interactúan, qué retos siguen y por qué. La privacidad no es aislamiento.
Pedir ayuda cuando lo necesitemos. La crianza no es una tarea solitaria. Apoyarse en redes, en profesionales, en espacios como COMFAM, es una muestra de amor, no de fracaso.
El caso de Puebla es un llamado urgente. No podemos quedarnos solo con el morbo o el juicio. Tenemos que preguntarnos qué condiciones como sociedad estamos permitiendo o ignorando y, sobre todo, qué podemos transformar desde lo cotidiano.
Porque quizá no podamos evitar todos los peligros, pero sí podemos construir relaciones donde nuestros hijos e hijas no necesiten retos para sentirse vistos. Relaciones donde la palabra fluya, el afecto se exprese y la confianza sea más fuerte que cualquier tendencia viral.
Volvamos a hablar, volvamos a mirarnos, volvamos a escucharnos, porque cuando se nos rompe la conversación, se nos rompe también la posibilidad de tener una mejor sociedad, libre de violencia.