Con mi aprecio y solidaridad para Rodolfo Ruiz
Jamás ha sido inocuo señalar los usos y abusos del poder y de los poderosos, pues conlleva riesgos y desafíos a la integridad propia y aun a la de los allegados. Por ello, en una sociedad como la actual (aunque en verdad así ha sido en todos los tiempos), sacudir la conciencia social, la moral pública y el honor personal es, en realidad, una tarea digna de alienados, ingrata a todas luces, apreciada por pocos y condenada por los más.
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No hay ninguna duda que evidenciar ante los ojos y los oídos de los demás los errores, las satrapías y las perversiones de funcionarios, líderes y empresarios es, por decir lo menos, temerario cuando los descubiertos son pillos o malandrines y francamente estúpido cuando los señalados tienen alma de tirano y maneras de sicario. Sin embargo, ante nuestro asombro, existen mujeres y hombres que para eso viven –aún a sabiendas que cabalgan en el albur de la muerte– con el único afán de documentar los pormenores de las abyecciones y bajezas de nuestra humana cotidianidad.
Siempre me han admirado estos personajes, estos llamados periodistas, que con fascinante osadía hurgan en las entrañas de la podredumbre social innata de los seres humanos, empeñados en demostrar que no todos los Alejandros del mundo merecen el trato reverente de Magno Rey de Macedonia, conquistador de Persia, descendiente de Zeus e hijo de Amón…
Aunque he de confesar que, como las consecuencias de su necedad les suceden a ellos y no a mí, la admiración que siento está veteada con franjas de cierto egoísmo y algo de la euforia y desahogo con que se comportaban las turbas en el coliseo romano cuando las bestias de los Césares descuartizaban a unos crédulos necios enfrentados a los leones, únicamente investidos con su fe en una salvación divina y un cielo lleno de gloria.
Igual de locos que los periodistas actuales (considerados como hijos bastardos por las malhadadas Comisiones de Derechos Humanos), en su creencia de que los leones de coliseo y los Césares sociales de la actualidad están dispuestos a ser domesticados o, al menos amedrentados, a periodicazos. ¡Qué ingenuos, qué fatuos, qué petulantes!, si ya debían saber que, desde que lo cantó Discépolo en el 34 del siglo pasado, la impostura y la ambición son la esencia de todo lo humano y, sobre todo, que los inmorales nos han igualado.
No obstante, algo de seres mitológicos les bulle en el alma a estos llamados periodistas, puesto que a pesar de saber de cierto que los males del planeta fueron liberados desde los tiempos de Zeus, confían en que la esperanza, asimismo, realmente haya permanecido a resguardo en la caja de Pandora para que estos chiflados de las teclas, el tuiter y el wasap echen mano de ella en cada uno de los artículos, reportajes y denuncias que han de publicar día a día…
¡Qué tontos!, o quizás no tanto y más bien algo perversos, porque lo único cierto es que a esta especie de Quijotes de la noticia y lo noticioso, les debemos las más amargas decepciones sobre la pregonada bondad humana y los más hirientes desengaños sobre nuestra supuesta imagen y semejanza divinas, la cual únicamente podría aceptarse si descendiéramos de un Dios mentiroso, vengativo y vil.
Y sobre esto último creo que cualquiera –medianamente cobarde y acomodaticio como lo somos casi todos los actuales neo burgueses de espíritu conservacionista y anhelantes de la más mínima zona de confort social– estaría de acuerdo conmigo en reclamarles a los periodistas esa condenada manía que tienen de resquebrajar el idílico mundo de Netflix y Tiktok en el que deseamos sumergirnos después de terminar nuestra jornada en la fábrica, la oficina o la tienda de conveniencia.
Sin embargo, debo reconocer que a este vicio de los periodistas de empeñarse en mostrarnos la realidad, los pusilánimes les encontramos algunos encantos y sutiles rasgos adictivos de poesía maldita y, por lo tanto, necesitamos que nos descubran más vergüenzas patrias mediante las cuales, por parecer ajenas a nosotros, nos permitan justificar las mezquindades propias. Después de todo, exponerse por nosotros a la furia de los que se sienten intocables, es la encomiable naturaleza y absurda proeza de este gremio de lunáticos que se vanagloria de reconocerse, al más puro estilo de Nancy Kleinbaum, como una Sociedad de Periodistas Muertos.