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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Tiempos inciertos

Si el mundo está cambiando o descomponiéndose, más vale que no lo miremos como quien ve llover

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Abril 9, 2025

A mi hermano Filiberto,
por su próximo cumpleaños.

Vivimos tiempos raros, tensos, inciertos. Basta con mencionar ciertos temas y el ambiente se enrarece: guerras por aquí, crisis por allá, un mundo que parece jugar a reinventarse mientras todo cruje. Y México, claro, no es la excepción. Ni hacia afuera —con las presiones y desencuentros con Estados Unidos— ni hacia adentro —con esa larga lista de males que no sólo siguen ahí, sino que parecen haberse instalado cómodamente: inseguridad, violencia, corrupción, impunidad, pobreza.

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En este contexto, conviene recordar a dos pensadores que en su momento hablaron con lucidez de estos tiempos inciertos. Octavio Paz escribió que vivimos en un mundo “desencantado” y “fragmentado”, donde las ideas de patria, libertad, justicia o comunidad parecen huecas o manipuladas. Y Juan Pablo II advertía que habitamos una cultura de la muerte, no sólo por la violencia física, sino por la cancelación de los grandes ideales y la pérdida del sentido de trascendencia.

Y si eso pasa a nivel global y nacional, qué decir de lo local. En Puebla, por ejemplo, ya ni siquiera se disimula el estilo bronco del gobernador Alejandro Armenta. Su más reciente exabrupto contra el periodista Rodolfo Ruiz lo dejó claro: lo llamó canalla y cobarde en un acto oficial, y de paso instruyó (¿o amenazó?) a la fiscalía estatal para que actuara contra él. Así, sin más.

¿El motivo? Un viejo tuit —sí, un tuit— publicado por el reportero Héctor Llórame, que insinuaba posibles desvíos de recursos en la faramalla mediática de la 4T. Pero Armenta, en vez de aclarar cuentas o investigar los gastos, prefirió lanzarse a la yugular de quien lo incomoda. Viejos reflejos del marinismo que nunca se fueron. Porque, no lo olvidemos, Armenta viene de ahí. Fue funcionario de aquel infame góber precioso y líder del PRI en sus años mozos.

Y aquí es donde vuelve a aparecer, como un espectro lúcido y rebelde, Albert Camus. Porque en esta escena no es difícil ver a Calígula, ese personaje suyo que quiere lo imposible: la luna, el exceso, la libertad sin límites… y que, en su delirio, termina encarnando no la grandeza, sino el absurdo del poder desbordado.

Frente a todo esto —la incertidumbre global, el deterioro nacional, la desmesura local— muchos podrían resignarse: “No hay nada que hacer, yo bastante tengo con mis propios problemas”. Pero entonces, ¿para qué pensar, para qué leer, para qué asomarnos al pasado, a la historia, a las estrellas o a las ideas? ¿Para qué molestarnos en buscar sentido?

Por fortuna, Terencio —el comediógrafo latino— nos dejó una frase que sigue resonando siglos después: “Nada de lo humano me es ajeno” (1). Si lo humano me importa, entonces no puedo desentenderme del mundo, de mi calle, de mi barrio, de mi país. No puedo desentenderme ni siquiera de lo que pasa en un remoto despacho de gobierno, porque, tarde o temprano, todo nos alcanza.

Lo que ocurre allá arriba, en las alturas del poder, también tiene que ver conmigo. Y si el mundo está cambiando, reconfigurándose, fragmentándose o descomponiéndose, más vale que no lo miremos como quien ve llover. Porque quizá —como nos lo enseñaron los viejos rebeldes— ser realista es, precisamente, atreverse a pedir lo imposible.

Nota
(1) Plubio Terencio Africano, El atormentador de sí mismo, en Comedias, Tomo I, UNAM (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana), México, 1975, p. 126.

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