Y es que pocos son los que se atreven en uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, a cultivar su derecho a la libertad de expresión y mucho menos, a manifestar esta libertad con perspectiva de género.
En este país, la mayoría, aunque nos las demos de valientes, humanistas, feministas y defensores de la libertad, la realidad es que vivimos autocensurados en el ámbito público, con miedo a ser vetados de la esfera política; en lo privado con miedo a perder el empleo, en la academia con miedo a que nos quiten las becas, nos corran de la universidad o nos hagan cuentos eternos para expedirnos un título universitario, en la sociedad el eterno miedo al qué dirán.
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En resumen, vivimos con miedo a expresar nuestras ideas en un país en el que, en lo que va del año, han matado a 11 periodistas y en lo que va del sexenio por lo menos a 36, en este México en el que predomina la impunidad y, en el que si una persona se atreve hablar de manera directa, sin rodeos ni pelos en la lengua, es probable que primero digan que está loco o loca, después la tachen de violenta, además la expulsen de colectivos, asociaciones, programas de radio y televisión, la insulten en redes sociales y, es muy probable que además, la maten.
Por ello, la autocensura es un medio de defensa que responde al propio sistema. Es tarea de la ciudadanía, la sociedad civil y los propios medios de comunicación defender este derecho: apoyar a las organizaciones cuando exigen justicia, participar en las manifestaciones, visibilizar las violaciones a los derechos humanos y denunciar la corrupción institucional.