Es un niño inquieto y llego de energía. Tiene nueve años y por la amistad que me une a su abuela y su mamá, en una ocasión ellas tuvieron que salir y él dijo que se tenía que realizar una tarea de la clase de pintura y me quedé acompañándolo.
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Cuando su mamá y abuela salieron, fue corriendo a buscar los tres botes de un litro de colores primarios de agua; azul, amarillo y rojo y le explique que con esos colores básicos él podría crear muchos más. Me dijo que su tarea constaba de una composición libre del tamaño que él quisiera.
Fuimos a traer un pliego grande color blanco pero al ver la dimensión de sus intenciones, decidí tapizar de periódico el garaje porque no quería ponerme a despintar, a rodilla, lo que saliera del pliego, aunque las pinturas fueran de agua. La pensé bien y le dije que pondríamos mejor tres pliegos juntos por lo que se ofreciera, y entonces él podría ser un Picasso dando brochazos por aquí y por allá, dejando caer la pintura a su antojo, con la condición de que no mezclara en los botes los otros colores pero que los podía combinar en unos platos hondos de plástico que le puse, para que combinara y creara nuevos colores y que cuando usara la misma brocha en diferentes colores tenía que limpiarla primero.
Tapizado el garaje de periódicos y pegados los pliegos sobre éstos, me la tomó en serio: tomaba una brocha, daba vueltas sobre los pliegos para realizar un tipo de rehilete de diferentes colores; de igual manera cargaba las brochas de pintura y daba sus brochazos como si estuviera dirigiendo una orquesta. A veces tomaba dos pinceles y los manejaba uno en cada mano. Así se llevó más de una hora en un espectáculo donde se veía embelesado.
Yo me senté en una banquita que tienen en el garaje, disfruté de sus movimientos artísticos y de director de orquesta en la que se veía más que extasiado.
El chamaco se veía tan fascinantemente hipnotizado y me arrastró a su hechizo, pero en una de esas, cuando por alguna razón regresé a la realidad intuí que tal manifestación de creatividad y dimensión de liberación no podía ser una tarea de una escuela tradicional.
Agotado de dar vueltas, de sus movimientos a dos manos de batuta orquestal y de lluvia de colores en combinaciones audaces, me acerqué a él, le toqué el hombro, lo miré a los ojos y le dije: “Me viste la cara de tu pendeja, ¿verdad? ¡No es tarea!”. Y se empezó a carcajear revolcándose de risa sobre su arte.