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OPINIÓN

La imaginación y sus espejos

Como quiera que sea, este día del libro, no está por demás tomarlo, olerlo, abrirlo…

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Viernes, Abril 23, 2021

Si pienso en libros la primera imagen que me viene a la mente es la del señor Kien, de la novela Auto de fe [Die Blendung], de E. Canetti. Una biblioteca de 25 mil volúmenes lo traía ocupado todo el día y preocupado porque no cualquier servidora doméstica podía acceder a ella; simplemente no sabría cómo tratar a tan altos ejemplares de la sabiduría y del conocimiento humanos. Cuando se quedó sin su sirvienta, buscar a otra que supiera tratar a sus libros fue todo un calvario.

Pero no estoy aquí para resumir la historia del profesor Kien. Simplemente que me llamó la atención tanto la imagen como el título con que Canetti quiere resumir esa primera parte de su novela: Una cabeza sin mundo. Se trata de una cabeza, una mente, una inteligencia, una biblioteca en la mente de una persona, toda entera, pero sin contacto con el mundo cotidiano. La segunda parte también tiene un título bastante elocuente. Cuando nuestro personaje [por las razones que se detallan en la novela] ya no puede entrar a su propia casa (y por tanto tampoco a su biblioteca), se queda literalmente en la calle, donde precisamente experimenta un mundo sin pies ni cabeza. Necesitaba ese pobre hombre un mundo en la cabeza.

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Yo conozco personas muy parecidas a Kien. Tengo incluso un amigo que es una cabeza entera que, si tiene un mundo, no se lo ve. No sé si llegue a los 25 mil libros, pero sí tiene un buen número de ellos. Lo más curioso e interesante es que, como el personaje de la novela, no sólo los lee, los acaricia y hasta los mantiene lejos de las manos inexpertas o ignorantes, sino que habla con ellos, dialoga y discute con cada uno, en francos, abiertos y, a veces, arduos debates.

Debo decir, con cierta pena, que tanto conocimiento me desborda muchas veces. No sé cómo existen esas mentes rigurosas que hasta lo más sencillo, diáfano y cotidiano, lo elevan a la dimensión del conocimiento puro, de las más altas y agudas intencionalidades que la mente humana pueda lograr, y de las cimas más altas que la inteligencia pueda permitirse. Son como los poetas de la mente: siempre encuentran nuevos significados. Tanta nobleza genera un…, una sensación de no estar listo para esos campos tan privilegiados.

Yo prefiero casi de inmediato el mundo, la vida, lo cotidiano, aunque también, el desbordamiento, me aburre, me cansa, no me satisface. Trato, eso sí, de combinarle, un buen libro y, digamos, un buen baile. El baile tiene un plus implícito además del suscitar, mantener y culminar la cadencia de los cuerpos al ritmo de la música; la charla, el diálogo, la conversación viene a ser esa otra cara de la moneda de esos danzares donde está la pareja perfecta.

Pero a veces la vida no se abre fácilmente. A veces no hay sino la soledad de uno mismo y un buen libro. No un baile sino un buen vino, o un café, un té o alguna otra saludable infusión. Es verdad que en otras ocasiones tratamos de experimentar el diálogo con desconocidos, con el primero que se cruza en la calle. Desde luego, esto ya no es tan frecuente y a veces hasta es peligroso. Es tanta la ansiedad de hablar con alguien que termina uno hablando consigo mismo. No por otra cosa, sino porque esa ansiedad diluye lo real.

No sé por qué surgió esa imagen del baile al hablar de lo cotidiano. No es tan cotidiano acudir al baile, a una fiesta, por decir algo. A veces tiene años en que no hemos acudido a una de ellas. La presente pandemia que ha azotado al mundo nos lo ha impedido de una manera tan imponente. Tanto que sólo nos queda imaginar, imaginar que somos los mejores danzantes, que nos elevamos con suprema agilidad y que somos la pareja perfecta de cualquier alma que se atreva a seguir el ritmo de la música con el arte de su cuerpo.

A veces no es el baile, sino el mero hecho de estar con los demás, en una reunión, enterándonos de las novedades, poniéndonos al tanto, quizá sin tanta acción que no sea escuchar, asentir, alzar la mirada, fruncir el ceño, abrir los ojos o mover las manos. Los amigos buscan a los amigos. Lo similar, escribe Aristóteles, llama a lo similar.

Lo último que me aconteció tiene sus cosas interesantes. Había yo convocado en una de las redes sociales a que mis amigos y amigas me compartieran sus afanes literarios. Creí que no había mejor pretexto que aludir a un libro. Y para los muy, muy cautos y precavidos, si no tuvieran algo que compartir, se me hizo fácil concitarlos a la propia imaginación. Por momentos pensé en pasarme buena parte de la noche leyendo esas suposiciones, planteamientos, hasta locuras y algunos otros extremos que la imaginación puede producir. Pero no, de los ochocientos amigos y conocidos, sólo veinte atendieron a la convocatoria. El problema no son los libros, desde luego.

Es difícil decir qué libro escribiríamos, no digo ahora cómo. Además, por otro lado, escribir también es una profesión que no cualquiera ejerce. Como toda profesión tiene arte y técnica. No sólo eso, tiene eso que podríamos traducir o señalar como experiencia. La experiencia muestra al profesional. ¿Mi llamado era entonces un despropósito? Quizá sí, si lo miramos desde esto último que observo. Pero no porque hay un ámbito general al que todos tenemos acceso. Nos gustan, en primer lugar, las historias, las narraciones, los relatos. Habitualmente los encontramos en los libros.

En segundo lugar, nos gusta imaginar cosas mejores, cosas más agradables, mejores situaciones, circunstancias, en fin, el mundo tal como es a veces no nos gusta (escribe A. Camus en El hombre rebelde), entonces hay que imaginarlo de otra forma. Vargas Llosa dice que ese es el servicio que presta la literatura a las sociedades. Mediante ella, éstas se proyectan un futuro mejor. En especial es la función de las novelas.

Queda ver el tema de la poesía, que es una visión especial sin duda. ¿Qué mira el poeta en la vida cotidiana, en el detalle, en el fragmento, en la calle, en la lámpara, la estrella nocturna, la mirada de los niños, en fin tantas cosas? ¿Qué nos hace ver con sus poemas? Brotan ahí imágenes que son pensamientos que son palabras [Paz dixit], sea en la noche estrellada o en el árbol que habla con sus ramas y sus hojas en el largo día.

Como quiera que sea, este día del libro, no está por demás tomarlo, olerlo, abrirlo, volver a olerlo y, finalmente, ya con la voluntad vencida, sumergirnos en él. Descubriremos entonces que, como C. Ruiz Zafón lo sugiere en La sombra del viento, los libros reflejan lo que ya llevamos dentro.

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