¿Morirá la democracia en México?

Jueves, Abril 15, 2021 - 07:27

Los mexicanos podríamos dejar de votar libre, pacífica y efectivamente

Trabaja en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV). Dr. en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros.

Porque nos falta conciencia histórica, los mexicanos podríamos dejar de votar libre, pacífica y efectivamente, por última vez el próximo 6 de junio del presente año. No hemos logrado entender que hay actores políticos que llegan al poder por vía democrática y, una vez con él en manos, desmantelan la democracia sustituyéndola por otros mecanismos para legitimar sus decisiones. Las terribles experiencias de las ideologías del siglo XX así lo mostraron. Hitler, Mussolini, más recientemente en Venezuela Hugo Chávez, son rostros vivos que desmantelaron los sistemas democráticos de sus países a nombre de abstracciones ideológicas: la raza, el estado o la revolución. Los millones de vidas humanas que cobraron estas locuras ideológicas deberían ser suficientes para recordarnos que toda distorsión de la realidad sobre la democracia tiene costos que, tarde o temprano, arrebatan patrimonios de familias y vidas humanas de las sociedades y de los pueblos.

Las amenazas que ha lanzado el presidente López Obrador al Instituto Nacional Electoral, a nombre del pueblo, así lo han mostrado también. La férrea defensa de un aspirante a candidato de su partido, que violó la ley al realizar gastos de precampaña que no informó a la autoridad electoral, no sólo muestra su desdén por el circuito democrático, sino sus firmes convicciones de que no son las instituciones del estado de derecho las que dan legitimidad, sino su vinculación con el pueblo, que él pretende encarnar de una vez y para siempre a su entero antojo, in pectore.

Pero se trata de una noción abstracta porque el pueblo real no le importa mucho que digamos. Más de 300 mil muertes a causa del COVID-19, quizá sean de marte, porque del pueblo de México, nomás no (para la mentalidad del Presidente); o las familias que dependían del millón de pequeñas empresas que han quebrado con la pandemia, sin recibir ayuda alguna del gobierno federal, aunque la habían solicitado; o bien, los niños con cáncer que quedaron completamente fuera del radar de López Obrador y de su gobierno. Todos ellos seguramente para la mentalidad del mandatario mexicano no son del pueblo de México. Como tampoco lo son aquellos a quienes todos los días descalifica en sus espectáculos matutinos. El pueblo sólo lo conforman los que le son leales, los que lo quieren y cuidan incondicionalmente. Los que no, son los «conservadores», los «neoliberales», esas entidades de la demonología retro ideológica que nutre las convicciones del inquilino del Palacio Nacional.

¡Qué diferentes ánimo y tono se mostraron en los gestos y las palabras del candidato presidencial Andrés Arauz el pasado domingo cuando reconoció su derrota ante Guillermo Lasso, en el Ecuador! Primero, reconoció el triunfo de su adversario por el voto de los ecuatorianos. En segundo lugar, llamó a la unidad de su país. A partir de hoy, dijo, todos vamos por Ecuador. Todos somos Ecuador. En tercer lugar, anunció que se opondrían en todo aquello de sus políticas públicas que se opusieran a lo que ellos consideraran que atente contra el pueblo ecuatoriano. Palabras de un demócrata. Muy distintas del repetitivo (y falso): Nos hicieron fraude.

Quienes hemos visto la evolución de la lucha por la democracia en México en el entorno de un régimen autoritario de partido hegemónico, sabemos perfectamente que abrir los cauces a los reclamos sociales por la vía de la participación ciudadana y de los procesos electorales limpios, imparciales, equitativos, con reglas claras, conducidos no por el régimen gobernante, sino por instituciones ciudadanas, autónomas e independientes del poder, es mejor, mucho mejor, que cualquier régimen que —con muy buenas intenciones— se apropia del presupuesto de la nación y no rinde cuentas a nadie.

Hemos visto también cómo, desde los años noventa, y hasta hace poco, las diversas reformas electorales venían perfeccionando mejor el régimen de partidos. Es importante señalarlo: sin partidos políticos la democracia se vuelve una ficción. Sobre todo si hablamos de 93 millones de electores. Esas reformas parecían marchar bien. Hasta esta ruptura inédita donde la autoridad electoral (administrativa) es agredida por el Presidente de la República y un aspirante a candidato de su partido. En otras palabras, llama la atención la violencia como estrategia presidencial en este proceso electoral.

“Algunos analistas señalan que estas actitudes traerán costos políticos al Presidente y a su partido.” Eso ocurriría si la democracia no estuviese amenazada, como ya lo está. Otros analistas, por su parte, afirman que tales actitudes presidenciales muestran que sus números no van bien respecto a la Cámara de Diputados y que tales gestos expresan más bien desesperación. Yo considero que esto último, en parte puede ser. Pero en parte no, porque ya desde el inicio de este régimen se ha visto la intención de desmantelar, asfixiar y dar muerte y sepultura a los organismos autónomos. De ser tal la pretensión, no es un asunto de preocupación por números cuanto de tiempos.

Si los mexicanos y mexicanas no hacemos algo efectivo, podría ser la última ocasión en que votáramos como lo hemos hecho en los últimos veinticinco años. ¿Qué podría ser más efectivo este 6 de junio que acudir a votar por opciones democráticas? O planteado en un sentido inverso: ¿Cómo votar por un partido que no ha cumplido con el pueblo, la gente y sus electores? Es más, ¿un partido que ha excluido a sus propios militantes de sus candidaturas para entregarlas a otros actores que antaño eran encarnaciones corruptas y neoliberales?

Lo mejor, sin embargo, es juzgar al régimen lopezobradorista por sus resultados. Como dice Bartra en su libro Regreso a la jaula: “estamos lejísimos de sus promesas. El crecimiento económico es negativo y ya lo era antes de la llegada de la pandemia por covid-19. Las tasas de delincuencia y de homicidios no se han abatido. La autosuficiencia alimentaria está muy lejos. La delincuencia y la corrupción en los niveles medios y bajos de la burocracia siguen predominando. La población en situación de pobreza ha crecido.” (Penguin, México 2021, p. 55).

La cultura democrática —para que no sea un cuento matutino— necesita, al menos estos elementos: 1) Solidez institucional; 2) Transparencia gubernamental; 3) Reglas claras; y 4) Formas de comportarse, de valorar y de percibir por parte de la ciudadanía acordes con lo anterior. Es cierto que la noción de pueblo es más amplia y rica que la de ciudadanía. Pero la noción de ciudadanía, desde tiempos remotos, añade una connotación especial: como una suerte de capacidad —y también de estar capacitados— para participar en los asuntos públicos. Es como si las personas tomaran la vida pública en sus manos y se hicieran responsables de ella a cabalidad, con todo lo que implica.

Alcanzar ese ideal no es algo fácil, sin duda. Pero es alcanzable si nos lo proponemos con firmeza. Se trata de un bien, de algo bueno para todos. Podemos dar ese paso importante en la próxima jornada electoral. A partir de ahí, la reconstrucción de nuestro país y de nuestra sociedad (en pandemia y post pandemia) en todos los ámbitos de nuestra actividad: familia, escuela, trabajo y política. No podemos permanecer indiferentes. Como escribe Martha Nussbaum en Crear capacidades: Las personas deseamos una vida plena y creativa, una existencia significativa acorde a nuestra dignidad humana (Booket, México 2021, pp. 217ss).

En suma, tenemos dos opciones: O la muerte de la democracia, o abrir el horizonte de la esperanza. Los mexicanos y mexicanas tendremos la decisión en nuestras manos.

 

 

 


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