Como Moisés, el mandatario mexicano quiere sacar al pueblo oprimido del Egipto neoliberal. En el camino del desierto no hay marcha atrás; todos aquellos que duden o se opongan serán hechos a un lado. La tierra prometida donde mana leche y miel es trazada en su horizonte: paz, justicia, libertad y felicidad. El pueblo, sin embargo, quiere signos concretos en ese caminar. El maná que recoge cada día está garantizado en los programas de adultos mayores, jóvenes, discapacitados, mujeres. El pacto fundacional que se da en el Sinaí entre Yahvé y Moisés, ensombrecido por la adoración del Becerro de Oro, es lo que provocó el enojo el líder mexicano que estalló contra el Pacto por México encabezada por la idolatría peñista hacia el viejo régimen y la traición a la liberación del pueblo.
Una nueva reformulación era necesaria, una ley nueva que esclareciera el sentido de ese caminar por el desierto hacia la tierra prometida. Esa ley debía rematar de una vez y para siempre la esclavitud de Egipto. Inscrita en la mente y en el corazón de los individuos para que no volvieran sus ojos a esa negra etapa de la vida del pueblo. Todo esto lo plantea Javier Tello en un largo artículo publicado el 1 de agosto de 2018 en la revista Nexos (https://cutt.ly/Zjd69cT). Según Tello, que toma las tesis de Michael Walzer, esa “infidelidad del pueblo” -suscitada y auspiciada por sus líderes-, debía corregirse con una nueva ley (la de la justicia por encima de todo) y por tanto la reformulación histórica de la llamada Cuarta transformación. Ésta marca el horizonte de la tierra prometida, cuya claridad permite mirar cuándo hay desviaciones del camino, y por tanto hay que corregir, y cuándo se marcha por el camino correcto.
Más artículos del autor
A mi modo de ver lo que completa tanto el texto de Tello como las tesis de Walzer es una lectura basada en las ideas y reflexiones de Mircea Elíade sobre el modo de comprensión simbólica y ritual de la realidad que portamos todos los seres humanos. Tales supuestos nos permiten situarnos en medio de la existencia y tener una visión sobre ella y sobre nuestro lugar en ella. Tales obras son Lo sagrado y lo profano (https://cutt.ly/Mjfrfjl) y El mito del eterno retorno (https://cutt.ly/3jfrEG5). En ellas, además de los trazos de las tesis de Walzer, encontramos elementos adicionales como las nociones de sujeto iniciado o enemigo que vale la pena detallar y luego traducir en el discurso de AMLO. Esto nos permitirá tener más claro lo que supone el uso de símbolos y rituales por parte del inquilino del Palacio Nacional.
Elíade de hecho también toma como ejemplo el caso del pueblo de Israel para explicar los elementos de la estructura mítica de nuestra comprensión de la realidad. La verdadera realidad, la auténtica, no la aparente, es aquella a cuyo acceso sólo es posible mediante una iniciación, una revelación llevada a cabo por un ritual especial. Sin tal iniciación no podemos mirar esa realidad auténtica. De ahí que la idea del iniciado, del sujeto iniciado, sea elemental en el circuito del simbolismo y la ritualización; es el punto de partida.
El primer elemento, por tanto, es el sujeto iniciado. Al sujeto se le revela, precisamente, la tierra prometida, la misión, la meta. Ésta es el segundo elemento. El tercer elemento simbólico es el camino, ya que para alcanzar la meta hay que recorrer un camino, realizar un itinerario o una hazaña. Algunos ejemplos que propone Elíade en las iniciaciones de los adolescentes para ser admitidos en la sociedad de los adultos, son las hazañas que deben de realizar en el bosque, en las que tienen que vencer o cazar a las bestias salvajes y, luego de la victoria, son admitidos en la vida de los adultos. El cuarto elemento es la noción de «enemigo»; en el camino hacia la meta siempre hay un enemigo, abierto o encubierto. Tal enemigo suele ser peligroso, extremadamente poderoso y sutil. El engaño, la mentira y la seducción son sus armas. Por eso hay que tener cuidado extremo. Y en quinto lugar, y de ahí la relevancia, tanto para vencer al «enemigo» como para alcanzar la «meta» se requiere la ayuda del «mesías». Se trata de un enviado de Dios (o de los dioses) que garantiza que el pueblo no se pierda y llegue a Canaán. Estos cinco elementos explican, de acuerdo con Elíade, la estructura de la comprensión de la realidad, del mundo, de la existencia y del «lugar» del sujeto en ella, de su misión y de su meta. Esta es la aportación de la metodología de la historia de las religiones.
Como se destacó con frecuencia, de un tiempo a esta parte se ha puesto en boga el simbolismo, y diversos factores contribuyeron a darle el lugar privilegiado que hoy ocupa. En primer lugar los descubrimientos de la psicología profunda, y en especial la posibilidad de conocer la actividad del inconsciente mediante la interpretación de imágenes, figuras y escenarios, los cuales no deben considerarse según su valor aparente, sino como ‘cifras’ de situaciones y tipos que la conciencia no desea o no puede aceptar. (1).
Otras aportaciones para el estudio de lo simbólico provienen, según Elíade, del arte moderno, especialmente del surrealismo. Y sobre todo la importancia de los estudios de Lévy-Bruhl, en el sentido, primero, de la distinción entre el pensamiento primitivo «prelógico» y el pensamiento moderno «lógico» y, segundo, en su gran similitud simbólica. En otras palabras, tanto cuando crea mitos y ritos como cuando hace arte y ciencia, el ser humano genera símbolos. Y su comprensión de la realidad no se aleja del simbolismo. En tiempos antiguos a partir de una visión sacralizada. En la modernidad y en nuestro tiempo desde una visión secularizada.
Tratemos de mirar los elementos que propone Elíade para el simbolismo religioso, ahora, en el discurso moderno y contemporáneo, ya secularizado pero no por ello menos simbólico. En el pensamiento moderno hay también un simbolismo similar al antiguo. Hay un sujeto iniciado, es el pueblo, la sociedad civil organizada, inclusive, en su sentido universal, la humanidad. La meta ya no es Canaán, o el cielo para los cristianos, la patria celestial. Una vez hecha a un lado la visión sacral o religiosa, la nueva patria, que ya no mira hacia el mundo después de la muerte, se queda en las dimensiones de este mundo, de la historia estrictamente temporal. Es, en una primera instancia, la humanidad sostenida en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. En un momento más extremo, en la perspectiva marxista, esa meta es la de la sociedad sin clases y la del hombre enteramente liberado:
al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos. (2).
El camino para ir a esa meta será un largo y sinuoso proceso revolucionario. O en su versión liberal, un camino trazado por la ciencia y las libertades, el régimen democrático y las instituciones. Conste que estos unificando las principales versiones del pensamiento moderno. Por supuesto que hay enemigos. En las versiones iniciales de la modernidad las representaciones de ese enemigo fueron la superstición y la ignorancia. En la lectura marxista siempre fue la alienación, el no darse cuenta del lugar propio ni de la conciencia de clase. Finalmente, el «mesías», el «salvador»: el partido, el comité. Ya vimos en qué terminaron estas aventuras modernas. El simbolismo, empero, sigue prevaleciendo.
López Obrador, ya en el poder, mantiene una narrativa simbólica que contiene los elementos que hemos entresacado del análisis de Mircea Elíade sobre el simbolismo religioso y la interpretación de la realidad. Veamos esos elementos.
El sujeto iniciado
El sujeto iniciado es el pueblo. En su nombre se realiza todo y se toman las decisiones. Es la fuente legitimadora: “Por mandato del pueblo iniciamos hoy la Cuarta transformación política de México.” (3).
La tierra prometida
Debemos demostrar que sin autoritarismo es posible imprimir un rumbo nacional; que la modernidad puede ser forjada desde abajo y sin excluir a nadie y que el desarrollo no tiene porqué ser contrario a la justicia social. (4).
Algunos rasgos de esa tierra, dice el mismo plan, son la honestidad y la honradez, el que nadie esté por encima de la ley, la justicia, la democracia como poder del pueblo, y la ética, la libertad y la confianza.
Ahora nosotros queremos convertir la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno.
El camino
Se trata, dice el mandatario mexicano, de lo que ha denominado en su discurso la Cuarta transformación política:
Hoy no sólo inicia un nuevo gobierno, hoy comienza un cambio de régimen político; a partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical. (5).
El enemigo
Porque se acabará con la corrupción y con la impunidad que impiden el renacimiento de México. (…)
Estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis de México se originó no sólo por el fracaso del modelo económico neoliberal, aplicado en los últimos treinta y seis años, sino también por el predominio -en este periodo- de la más inmunda corrupción pública y privada. En otras palabras, como lo hemos repetido durante muchos años, nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con el influyentismo. Esa es la causa principal de la desigualdad económica y social; y también de la inseguridad y de la violencia que padecemos. (6).
De hecho esas imágenes, la de la corrupción y la impunidad, parece que prevalecieron a lo largo de la campaña como el enemigo número uno de la sociedad y de México en general. La mayoría de los electores vio con aversión esos males encarnados en los escándalos del gobierno de Peña Nieto o de los gobiernos anteriores. Corrupción e impunidad representaban lo ya insostenible.
El Mesías
El Mesías es la ayuda, la clave, para vencer al enemigo y llegar a la meta, a la tierra prometida. Es la garantía para lo uno y para lo otro. Puede ser una figura personal, justamente mesiánica, carismática, la personalidad del líder; o bien, puede ser un programa clave, incluso el partido. O, en tiempos electorales, incluso el candidato o candidata. En el caso de López Obrador, él mismo es la figura más relevante, la que legitima todo porque está más allá de cualquier otro personaje o circunstancia. Basta con que él lo diga o haga y las cosas son o dejan de ser, adquieren el carácter aprobatorio o reprobatorio. Su autoridad moral es lo que sostiene esa gran personalidad. Incluso, mediante ella, puede colocarse de cara al pueblo y fundar o refundar los pactos que sean necesarios.
En consecuencia, propongo al pueblo de México que pongamos un punto final a esta horrible historia [la del neoliberalismo y la corrupción de las instituciones] y mejor empecemos de nuevo; en otras palabras que no haya persecución a los funcionarios del pasado, y que las autoridades encargadas desahoguen, en absoluta libertad, los asuntos pendientes. [En la Cámara hay coros que numeran del 1 al 43] Por cierto, hoy se constituye una comisión de la verdad para castigar los abusos de autoridad, para atender el caso de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa; que se castigue a los que resulten responsables, pero que la Presidencia se abstenga de solicitar investigaciones en contra de los que han ocupado cargos públicos o se hayan dedicado a hacer negocios al amparo del poder durante el periodo neoliberal. (7).
Este carácter de gran personalidad o de figura mesiánica, de autoridad moral que se basta a sí misma, es lo que usa el Presidente en el ejercicio cotidiano de su modus operandi. Cualquier respuesta basta y sobra para decidir cualquier cosa: es suficiente que él lo diga. Lo mismo para enfrentar la pandemia del COVID-19 que para defender al subsecretario de Salud, que pide permanecer en casa para evitar riesgos en la propagación del virus, y se va tranquilamente de vacaciones a una playa de Oaxaca.
Todo lo anterior nos muestra la forma simbólica que tenemos para comprender la realidad. Son diversas las lecturas de ésta. La clave es, quizá, buscar las auténticas, aquéllas que permitan acceder a esa dimensión más profunda de lo real. Por supuesto, tenemos una que es la mejor, o la más racional. Mejor dicho, estamos dotados de razón para examinar, valorar y dictaminar cuál de esas diversas lecturas es la más razonable.
El problema no es el simbolismo, ni siquiera los mitos o los ritos. El problema es cuando éstos suscitan no la razón sino un sentimiento como el odio, la animadversión o la agresión contra el otro, el que piensa distinto, opina distinto o siente distinto. Ese es el problema de un discurso como el del Presidente que, como señala Ernst Cassirer, no se trata del uso de palabras en su sentido semántico, sino en su sentido mágico; “estas palabras de último cuño están cargadas de sentimientos y pasiones violentas.” (8). Y abunda más el filósofo alemán:
Los hombres que acuñaron esos términos eran maestros en el arte de la propaganda política. Alcanzaron su propósito, la agitación de violentas pasiones políticas, por los medios más simples. Una palabra, o inclusive el cambio en una sílaba de una palabra, a menudo bastaba para este objeto. Al escuchar estas nuevas palabras percibimos en ellas la gama entera de las emociones humanas: odio, cólera, furia, altivez, desprecio, arrogancia, desdén. (9).
Esas emociones, para que tengan su efecto social, además tienden a ser ritualizadas mediante gestos, movimientos o interjecciones. Y el arma estará lista. La polarización, el encono y la discordia son los mayores disolventes sociales.
Referencias: