Filosofía, una historia

Jueves, Noviembre 19, 2020 - 19:34

La existencia humana está llamada a realizar un camino arduo para descubrir su sentido y significado

Trabaja en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV). Dr. en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros.

“Mira dentro de tu corazón y escribe”.

La vida intelectual, Sertillanges.

Mirar el mundo, mirar el tiempo, mirar las cosas, mirarse a sí mismo y a los demás, es la tarea constante y permanente de los seres humanos en su condición de personas. Darse cuenta de su propia existencia, hacerla presente a sí mismos, examinarla y, bajo esa doble luz, la de la conciencia, la del pensar, y la del ser que se muestra como algo distinto de una cosa, descubrir que hay un deseo fundamental: el deseo de infinito, de plenitud, de realización, de felicidad, de justicia, de libertad, de bien, de belleza, de amor. Y eso mismo que desea lo quiere para los que ama.

¿Es esa la tarea de la filosofía? Ya Epicuro desde la antigüedad escribía: “Vacío es el discurso del filósofo que no cura ninguna afección humana. En efecto, así como una medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo no es de utilidad alguna, tampoco lo es una filosofía si no expulsa la dolencia del alma.” (1)

Buscamos en el pensamiento una luz que alumbre nuestro caminar, sobre todo cuando las sombras lo envuelven todo. El deseo de infinito se topa con la condición humana de fragilidad, de finitud, de enfermedad y de muerte. La muerte de las personas que amamos, el padre, la madre, el hermano, los amigos, ese rostro de la finitud refleja nuestra propia muerte, nuestro propio fin. Dura separación, tremenda división, extrema bifurcación. Todos llegaremos ahí; es nuestra mortal condición. ¿A cuántas personas hemos visto morir o las hemos visto en su féretro?

Imposible no pensar en el más allá, en la dimensión más allá de la muerte. Los egipcios creían que El libro de los muertos contenía las principales claves para comprenderla. La mayoría de los pueblos desde sus albores hasta nuestros días tiene una visión sobre el destino de sus muertos. Los antiguos mexicanos y americanos también: la muerte estaba acompañando siempre a la vida. 

Hoy, los mexicanos nos reímos de la muerte y la hacemos motivos de chunga y festejo. En vez de considerar su propia dimensión, traemos a la muerte (a la imagen que de ella tenemos) a nuestra vida ordinaria. Primero, porque nadie puede hablar de viva voz acerca de lo que hay en esa dimensión. Segundo, porque nos sigue interesando esta vida, porque no podemos sustraernos a ella sin más, porque de una u otra forma nos pide una respuesta, una postura, un juicio, una actitud.

No es que este mundo sea el mejor de los mundos posibles. Pero sí es el que envuelve nuestra existencia concreta, real, específica, viviente. Es el mejor porque estamos en él. Sin embargo, tal como está, no nos satisface del todo. Es injusto, engañoso, el poder lo domina todo, con cinismo, sin límites. Albert Camus lo sintetiza en dos de sus obras grandemente conocidas. Una de las citas es esta:

«el hombre rechaza al mundo tal como es, sin aceptar abandonarlo. En realidad, los hombres se aferran al mundo y en su inmensa mayoría no desean dejarlo. Lejos de querer siempre olvidarlo, sufren, por el contrario, porque no lo poseen bastante, extraños ciudadanos del mundo, desterrados en su propia patria.» (2).

Esa extrañeza nos sacude. Si la tomamos en serio, no nos deja en paz. Si seguimos su lógica nos pide buscar otro mundo, otro lugar. Una segunda síntesis la expresa uno de sus personajes de teatro más exaltado:

«El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo.» (3).

 

El deseo humano de plenitud (que desde luego no es reducible al deseo erótico ni debe confundirse con éste) vuelve a emerger con intensidad para mostrarnos que estamos hechos para algo más allá de lo que vemos y tocamos. Esa fuerza es de tal vitalidad que estamos convocados a traspasar esta orilla, lo que vemos, tocamos, palpamos y sentimos, para lanzarnos a la «otra orilla», aquella de la que con tanta frecuencia nos habla Octavio Paz (4).

Aquí, sin embargo, ya no estamos seguros de que sea solo la filosofía esa luz que buscamos. La poesía y su expresión, el poema, adquiere una densidad que resulta ser especial. Puede mostrarnos incluso ese otro mundo, esa otra dimensión de la realidad de una forma peculiar. El pensamiento poético también nos muestra verdades profundas del humano y del mundo en el que vive, sin excluir la narrativa novelesca que nos muestra mucho de lo que somos en el fondo.

“La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito.” (5).

Somos signos de algo que se encuentra en el fondo de nuestro ser, o arriba de nosotros, o más allá de nosotros mismos. Como las cosas de este mundo que le respondían a san Agustín cuando éste les preguntaba con ahínco si ellas eran Dios, el fundamento: «No somos tu Dios». Y más adelante: «Él nos ha hecho».

“Entonces me dirigí a mí mismo y me dije: «¿Tú quién eres?» (…) Mejor sin duda, es el elemento interior, porque a él es a quien comunican sus noticias todos los mensajeros corporales, como a presidente y juez, de las respuestas del cielo, de la tierra y de todas las cosas que en ellos se encierran, cuando dicen: «No somos Dios» y «Él nos ha hecho». El hombre interior es quien conoce estas cosas por ministerio del exterior; yo interior conozco estas cosas; yo, Yo-Alma, por medio del sentido de mi cuerpo.”(6).

Como se aprecia, la existencia humana está llamada a realizar un camino arduo para descubrir su sentido y significado. También para conocer la realidad y lo que la sostiene. El pensamiento filosófico ayuda mucho en esta tarea. No se diga el poético. Aunque esto último es motivo de gran debate y discusión. Como quiera que sea, tanto la filosofía como la poesía, utilizan un lenguaje simbólico, ya sea para formular una imagen, ya sea para plantear una idea o un argumento. “La diferencia entre el lenguaje proposicional y el lenguaje emotivo representa la verdadera frontera entre el mundo humano y el animal”(7).

Ha habido una diversidad de respuestas a lo largo de la historia humana. Sobre el ser humano mismo, sobre el mundo que le rodea, sobre su dimensión social, lo que realiza en el tiempo y la pregunta última sobre lo que sigue a la muerte. En el pensamiento antiguo, mitológico, era común mirar presencias fastas o nefastas en la vida ordinaria de los seres humanos. Eran presencias divinas que, conjuntamente con los seres humanos, convivían y conducían los destinos de los hombres y las mujeres, de los pueblos todos. Lo divino y lo cósmico parecían fundirse y constituir una sola realidad.

La tradición judía introdujo una separación fundamental en la concepción de esa realidad. El mundo no era divino en sí mismo, sino que había sido creado ex nihilo, de la nada, por el único ser todopoderoso y trascendente: El que es (Dios mismo). El el único ser trascendente, eterno, infinito, inmutable, creador de todo lo que existe. El ser humano, su criatura especialmente amada y creada por él, está sometido a este mundo y al tiempo, por ello es creador de la historia. Con los judíos apareció por vez primera la idea del tiempo lineal, de la historia como un curso hecho por los humanos, con su libertad y sus limitaciones. Si bien conducido en última instancia por El que es. Pero lo más claro para Israel era la trascendencia de Dios. Los seres humanos no están llamados a estar con Él. Al morir aquéllos, si fueron justos, van al Seno de Abraham. La trascendencia de Dios, por tanto, permanecía intocada.

Por eso cuando apareció Jesús de Nazaret hablando de Dios como su Padre, el escándalo para los judíos fue mayúsculo, sobre todo para los dirigentes religiosos. Y le dio un giro enteramente nuevo a todo: Dios llama a todos los humanos a ser sus hijos a través de la comunión con este Hijo salvador y redentor. No a través del poder sino mediante el servicio y la cruz. Luego su resurrección. El misterio de la salvación universal de los seres humanos se tradujo en una explicación de las cosas y del mundo como una presencia constante, cotidiana, histórica, en la existencia humana. Dios nos sostiene y sostiene al mundo y todo lo creado con su Providencia. Y nos invita para que libremente colaboremos con Él. En su plan se encuentra la realización de nuestro ser, nuestra salvación de esa gran contradicción entre nuestra finitud y nuestro anhelo de infinito. Y de que la plenitud se dará al final (al final de nuestros días y al final de la historia universal). Mientras eso ocurre caminamos en la historia y formamos parte de un pueblo nuevo.

La modernidad, sobre todo la que surgió con la Ilustración, la que proclamó la autonomía de la razón y el rechazo de la fe, llegó a conclusiones enteramente distintas. A partir de entonces, una vez establecida la ciencia positiva, la realidad toda se explica única y exclusivamente por sus leyes. No hay presencias ni providencias ni otra cosa que no sean leyes inmanentes a la realidad misma que no es otra que esta que puede ser demostrable por la vía de la razón y de la prueba empírica reproducible una y otra vez en los laboratorios. Todo lo que escapa a esta demostrabilidad no tiene realmente valía como conocimiento científico. El positivismo tuvo sus fueros con todo esto. Y en el ámbito social todo tipo de materialismo se apoltronó para proclamar la caída del Cielo y el llamado a construir la Tierra desde las solas fuerzas humanas, libres de toda trascendencia trasmundana.

Finalmente, todavía hubo un pensamiento más que desacreditó todos los mencionados. El del nihilismo. El más conocido ha sido tanto del de Nietzsche como el de Heidegger y sus seguidores. Para ellos en realidad los seres humanos estamos solos. El universo no es sino un testigo mudo incapaz de responder cualquier pregunta. Máxime las preguntas fundamentales. Como no hay nada que nos responda (ni nadie, puesto que los dioses no son sino ídolos), cada quien debe responderse por sí mismo. Pero eso no lo puede hacer cualquiera sino sólo un grupo de selectos, de gente especial que es capaz de establecer sus propios valores, sus propios principios, sus propios fundamentos. Este tipo de pensamiento fascinó a muchos, sobre todo de los años sesenta en adelante. Curiosamente, cuando cayó el comunismo (1989), todavía enloqueció más a los ultralibertarios: los llevó a un mundo de fábula. La historia fue abandonada. El tiempo pareció no importar. Otra vez regresó el “eterno retorno” de lo mismo.

Lo cierto es que la pandemia del COVID 19 nos puso en nuestro lugar. Volvimos a reconocer nuestra fragilidad, la conciencia de nuestra condición mortal. Ni el estado (con sus ideologías) ni el mercado (con sus números) pudieron responder adecuadamente a este virus. El mundo está paralizado y el futuro incierto vuelve a ensombrecer todo. Los muertos se multiplican y los riesgos crecen ilimitadamente. Los más débiles y vulnerables son las primeras víctimas. Otra vez estamos llamados a ser hermanos todos, fratelli tutti. Si no lo hacemos, perderemos la oportunidad de reconocernos en el rostro del otro, y de caminar a la otra orilla, la orilla de nuestro propio ser. Pasaremos de largo como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen samaritano.

Comprender esto requiere pensar. La filosofía nos ayuda a realizar esta tarea.

 

Referencias:

(1) M. Foucault, La hermenéutica del sujeto, Fondo de Cultura Económica, México 2006, p. 25, nota 29.

(2) A. Camus, El hombre rebelde, Alianza/Losada, México, p. 291.

(3) A. Camus, Calígula, escena V, Scan y revisión: Spartakku para Biblioteca IRC: http://biblioteca.d2g.com 

(4) F. Aguilar Víquez, “La otra voz. La otredad en Octavio Paz”, Open Insight, núm. 10, julio-diciembre 2015: http://openinsight.mx/index.php/open/article/view/150/144 

(5) O. Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, 16ª reimp. de la 3ª ed. de 1972, 2006, p. 13.

(6) Agustín, Confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2002, X, 6, 9, p. 397.

(7) E. Cassirer, Antropología filosófica, Fondo de Cultura Económica, México, 12ª reimp. 1987, p. 54.


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