Hoy, 28 de agosto, recordamos a san Agustín: Un hombre que se buscó a sí mismo, a la verdad, al sentido de la comunidad, de la historia, y a Dios mismo. «Ir al fondo» fue una de sus actitudes. Lo hizo al estudiar retórica y las humanidades de su tiempo, lo hizo con la mujer que le dio un hijo, lo hizo en el estudio minucioso de las corrientes de pensamiento de su tiempo. «Ir al fondo» lo hizo en su búsqueda de Dios y de su vocación. Lo hizo al formar su primera comunidad en Casisiaco, en su conversión y entrega a los demás, en sus escritos, a lo largo de toda su vida de búsqueda. Porque, como escribe en sus Confesiones: “nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti.” (Confesiones, I, 1)
Una de las reflexiones que a mí me han conmovido de él es esta expresión tan honda y tan profunda que nos invita a «ir al fondo» de nosotros mismos: “Noli foras ire” (“No vayas fuera de ti”). “Rede in te” (“Regresa a ti”). Y si encuentras en ti que eres un ser finito: “Trasciéndete a ti mismo” (“Trascende et te ipsum”) (De vera religione, 39, 72). Esta trilogía es una de las fórmulas de su filosofía de la interioridad. Nos invita a no dispersarnos fuera de nosotros mismos, a no buscar en las cosas exteriores, en los adornos, en lo superfluo, en lo vano, la felicidad, el bien y la belleza. Él tuvo la experiencia de esa vanidad, de ese narcisismo que deja vacía la mente y el corazón, de esos placeres sin sentido y sin reconocimiento de la dignidad de las personas por sí mismas. Y por ello sabe de lo que habla: “Noli foras ire”.
Más artículos del autor
“Rede in te”. “Regresa a ti mismo”. Tú eres para ti mismo el gran enigma, el gran tesoro, el gran misterio. Entra en ti mismo, en ese espacio interior, en esa habitación tuya donde estás enteramente, con tus problemas, con tus tormentos y torbellinos, con tus pesares y sufrimientos, con el peso de tus decisiones pasada. Agustín también ha tocado fondo, también ha sentido ese vacío, ese abismo de nuestro interior, ese hueco que no se llena con nada y que aguijona siempre. Ahí nos damos cuenta, cada uno de nosotros, a veces cada día que pasa, digo, nos damos cuenta de nuestra miseria, de nuestras bajezas, de nuestro abismo, de que no hay mucho o de que hay nada. Y si descubres tu ser finito, viene el tercer momento.
“Trascende et te ipsum”. “Trasciéndete a ti mismo”. Que esa miseria, esa poca cosa que vemos con harta frecuencia, no nos impida ver el deseo más profundo de nuestro corazón que es la vida, su belleza, su significado, su valor, su alta dignidad. Nuestro ser, entonces, se hará presente, se hará visible y tendrá voz. «Ir al fondo» nos permite mirar nuestra debilidad y miseria para impulsarnos a trascendernos a nosotros mismos y confiar en Aquél que nos ha dado el ser y ha colocado en nosotros el deseo de infinito, de verdad, de bien, de belleza, de justicia y de amor.
Esta es la verdadera historia, la que ocurre en el corazón y en el interior de cada ser humano, de cada hombre, de cada mujer, de cada joven, de cada viejo, de cada niño. Es, también, la lucha interna que hay en nosotros, entre ese deseo de infinito y ese arraigo de nuestro vacío, de nuestra vaciedad.
«Ir al fondo» también le permitió a san Agustín tener una mirada amplia sobre el acontecer de la historia, de lo que pasa en el cotidiano quehacer de los asuntos humanos. Precisamente pudo establecer con claridad lo que vemos en la historia todos los días: “Dos amores fundaron dos ciudades. El amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, fundó la Ciudad del mundo. Y el amor a Dios hasta el olvido de sí, fundó la Ciudad de Dios, ciudad de justicia y de paz, de amor y de misericordia.” (De civitate Dei, XIV, 28)
Así camina la historia, desde los albores de la humanidad hasta la parusía, hasta que venga el Juicio final. Mientras éste ocurre, todos los seres humanos veremos en la historia, como en la parábola del trigo y la cizaña, cómo el bien y el mal crecen y se desarrollan en la historia, el bien al lado del mal, éste al lado de aquél. Y cómo ambos progresan y se desarrollan, crecen y dan sus frutos.
Las dos ciudades libran esa batalla en el tiempo. Y también en el corazón de los seres humanos, en el interior de las personas, en el niño, el joven, el adulto y el anciano, en los ricos y en los pobres, en los estudiados y en los no estudiados, en los que viven en los centros y en los que sobreviven en las periferias, en el ser humano de la antigüedad y en el de la modernidad, la posmodernidad o lo que venga.
«Ir a fondo», como lo podemos apreciar es parte del realismo de san Agustín. Su pensamiento, tanto filosófico como teológico, nos permite una mirada atenta, detallada de nosotros mismos y de nuestro tiempo. Este tiempo de pandemia, de crisis política, económica, social y sanitaria, que oscurecen el futuro de corto y mediano plazo, no era muy distinto al tiempo de san Agustín, en el 410 cuando las tropas de Alarico, uno de los jefes bárbaros de que se tenga memoria, saqueaban e incendiaban Roma. En aquél entonces, los cristianos de Roma huyeron al norte de África, a Hipona, donde era obispo el santo. “Roma ha caído”, decían los que iban huyendo, “y con ella cae el cristianismo”. Era la catástrofe, era la caída del mundo conocido. “De nuestro mundo”, decían. Como también nosotros hoy podemos afirmar: es la caída del mundo tal como lo conocimos.
La respuesta de san Agustín entonces como ahora será esta: “Roma cae, el mundo cae, pero no el cristianismo, no nuestra fe. Porque el fundador de nuestra fe es eterno, y su origen y fundamento son eternos.” La ciudad de Dios que camina en la historia, que crece y se desarrolla en la historia, vive simultáneamente -y tiene su raíz- más allá del tiempo. Tiene resonancia en la eternidad.
«Ir al fondo» es mirar con atención y descubrir que estamos llamados a trascender. Esa es una enseñanza que tiene un gran valor para nuestras personas, para nuestro tiempo y para el destino bienaventurado que nos espera.