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OPINIÓN

Dos actitudes previas para poder filosofar

El sujeto que hace filosofía se sale del sentido común.

Manuel Antonio Silva de la Rosa

Licenciado y Maestro en Filosofía y Ciencias Sociales; e Ingeniero en Electrónica. Se desempeña como Coordinador del Programa Universitario Ignaciano en la Ibero Puebla y es profesor de cursos vinculados con Filosofía. Entre sus líneas de investigación se encuentran la Filosofía contemporánea, y de la Educación. 

Miércoles, Marzo 4, 2020

 

Mtro. Manuel Antonio Silva de la Rosa*

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“Hay que dudar de todo, pero no para volver en seguida a las convicciones sólidas; esta operación sería vana. Es necesario que la duda se vuelva una fuerza constante, creadora; es necesario que impregne todo el ser hasta su esencia más íntima.” Leon Chestóv

 

Muchas veces se le pide a la filosofía demasiado: que solucione, que lidere una salida, que proponga certezas prescribiendo remedios para los males de la humanidad. Sin embargo, la filosofía no puede, ni pretende dispensar una supuesta claridad redentora. Si miramos con atención, nos damos cuenta que, algunos filósofos occidentales han tratado de construir conceptos absolutos que den cuenta de lo real, sin embargo, no lo han logrado. La visión filosófica está montada en ese inquirir lo que no se conoce. De esta manera, la filosofía no concluye ni define nada, más bien interroga. Arthur Schopenhauer sostiene que lo que forja la filosofía es “el coraje de no guardarse ninguna pregunta dentro del corazón”. Quizá, este es el núcleo esencial que puede ofrecer la filosofía: crear un espacio libre para que el ser humano, no solo pueda dudar de todo lo que le rodea, sino que se convierta él mismo en una interrogante, se haga extraño y se descubra –en término agustiniano- como tierra de dificultad.

Muchas de las veces, la filosofía ha trata de ser universal (al menos intenta dirigirse a todos y todas sin excepción) sin embargo, en mi opinión, el filosofar se manifiesta en situaciones concretas. Es decir, la filosofía siempre se exhibe en momentos totalmente singulares. Se piensa desde la experiencia que nos atraviesa la vida misma y el pensamiento es vacío si solamente está desarrollado por ideas abstractas. El filosofar está situado en un tiempo determinado y en un lugar específico. Es así, que nosotros, los que dedicamos tiempo y esfuerzo a filosofar, de ante mano necesitamos tocar la realidad para abrirnos a una nueva perspectiva que nos permita mirarnos a nosotros mimos, mirar a los demás y mirar al mundo desde un nuevo horizonte. Los filósofos y las filósofas no solamente buscan ofrecer conceptos, ideas, doctrinas o tesis, además de eso, regalan un modo de estar en la vida. Fundamentalmente nos brindan un modo de tratar al mundo. Para poder lograr esto, se necesita mínimo tres actitudes que quiero señalar: pararnos frente a la vida y tener apertura a lo extraño.

  • Pararnos frente a la vida.
  • Para el filósofo o la filósofa lo que le interesa es la vida antes que el concepto. No solamente queremos compartir una disciplina, o un método riguroso, sino que estamos ansiosos por inventar nuevas formas de vida dándole la cara al mundo. Antes de filosofar necesitamos ponernos frente a la vida y, desde la vida, mostrar un concepto vivo, pues los conocimientos deben de estar encarnados en el mundo sensible. Cuando tenemos la capacidad de aventurarnos a crear conceptos es cuando habitamos el mundo, en desposesión de toda codificación abstracta, sintonizando con lo que nos afecta. En ese movimiento donde nos sumergimos en el mar de nuestra existencia, donde podemos volver nuestra mirada a nosotros mismos.

  • Apertura a lo extraño
  • El filosofar se mueve desde la apertura a lo desconocido. Así, las situaciones que más nos marcan son aquellas que no están planeadas, pues la mirada que proviene del desierto desconcertante del extrañamiento desarma toda programación. Nietzsche dice que las experiencias cruciales siempre se dan cuando tenemos las defensas bajas. Esas circunstancias aprietan, incomodan, pero, la deformación que producen las contingencias es lo que en el fondo nos forma para acoger la vida con lucidez. La filosofía nos coloca en nuestras fronteras. El sujeto que hace filosofía se sale del sentido común. Las preguntas que hace la filosofía no son las preguntas que circulan en nuestras actividades cotidianas. Esta especie de sentirnos extraños rompe con la forma en que generalmente pensamos nuestras prácticas ordinarias.

    La filosofía no se pegunta para encontrar respuestas, sino que se pregunta para que las respuestas instituidas se puedan agrietar. Por eso el filosofar incomoda. Por eso el sujeto que hace filosofía no es bien visto en la sociedad. La investigación filosófica tiene un objetivo concreto: la capacidad de narrar lo subversivo. Esta narración nos muestra la versión oculta de las cosas y lanza preguntas que no cuajan en el sentido común.

     

     

    El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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