De los últimos cuatro apartados de la propuesta cultural de Alejandra Frausto, abordaremos en esta reflexión: Mirar de frente al mundo, que versa sobre la cultura mexicana en el contexto internacional. A través de él, Alejandra buscará que “en el contexto de la política exterior” la Secretaría de Cultura y la Secretaría de Relaciones Exteriores articulen: “un programa coordinado a través de las embajadas y agregadurías culturales”. No precisa el contenido y alcances del programa, pero asegura que:
Se centrará en los países donde la comunidad mexicana es significativa en la vida económica e intelectual, principalmente en donde se replican usos, costumbres y tradiciones, manteniendo vivo lo mexicano en todo el mundo.
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Como vemos, los puntos torales de la propuesta son: involucrar a embajadores y agregados culturales en mantener vivo lo mexicano en todo el mundo, sobre todo en lugares donde la presencia de compatriotas es significativa. Es decir, Alejandra pretende, por un lado, apoyar las acciones necesarias para que los mexicanos que habitan en el extranjero sigan siendo cultualmente muy mexicanos, y, por el otro, que la cultura mexicana Mire de frente al mundo.
Para ubicar el análisis de la propuesta preguntémonos: ¿es innovadora la propuesta de Alejandra Frausto? La respuesta es: No; en ninguna de sus dos partes. Primero, en lo tocante al trabajo de fortalecimiento cultural de México en el mundo, ni siquiera se ubica como continuidad a lo mucho que al respecto se ha hecho en y desde nuestro país en materia de Cultura internacional. Y en cuanto a mantener vivo lo mexicano en todo el mundo, ello depende solo en una mínima parte del Estado y, en mayor medida de los mexicanos radicados en el extranjero, y esto tiene muchos aristas, condicionantes y “asegunes”.
Vamos a los datos para aclarar mis aseveraciones.
Lo mexicano y los mexicanos en el contexto cultural internacional, tienen una larga tradición y presencia que no debe ser ignorada por ninguno. Para recordarlo recurramos a una de las protagonistas nacionales más connotadas.
La Dra. Lourdes Arizpe, subdirectora general para la Cultura en la UNESCO 1991-1998, nos recuerda en su artículo: Cultura e Identidad. Mexicanos en la era global, publicado en el No. 92 de la Revista Cultural de la UNAM:
1947: Apenas creada la Unesco, se celebró en la Ciudad de México su Segunda Conferencia General. La inauguró el entonces secretario de Educación Pública, Manuel Gual Vidal, refiriéndose a “…el profundo sentido progresivo de la cultura”. Participó Jaime Torres Bodet, secretario de Relaciones Exteriores, quien pronto sería designado director general de la Unesco. Samuel Ramos presidió las “Pláticas Filosóficas” que dieron pie a la creación de la División de “Filosofía y Civilizaciones” de la Unesco; Carlos Chávez y R. Rubín de la Borbolla presidieron las sesiones de música y de museos; Alfonso Caso presidió la sesión de clausura del recién creado Consejo Internacional de Museos. Se dieron a conocer a los delegados, entre otros, los muy originales programas de Misiones Culturales y de las Escuelas de Arte al Aire Libre. La originalidad de la política cultural mexicana, manifiesta en la labor del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional Indigenista y el Instituto Nacional de Bellas Artes, inspiró a los delegados del mundo para la creación, poco después, de un programa en la Unesco intitulado “Cultura”, orientado hacia a) la conservación del patrimonio arqueológico y monumental; b) el apoyo a los artistas; c) la promoción de las artes y las “artes folclóricas” y d) los derechos de autor.
Asimismo en 1972:
Los arqueólogos y arquitectos mexicanos tuvieron una participación activa en la creación de la Lista del Patrimonio de la Humanidad. Su experiencia en programas concretos de protección, conservación y restauración del patrimonio arqueológico y monumental, y que pueden aplicarse en otros países en desarrollo constituyó un aporte fundamental para la Convención Internacional para la Protección del Patrimonio Natural y Cultural aprobada ese año.
Finalmente en este breve recuento: 1975: Primer Congreso Nacional de Indígenas en Pátzcuaro, Michoacán. Surgen las primeras organizaciones dirigidas por indígenas. Se promueve una política nacional pluricultural, inexistente hasta entonces en el ámbito internacional. 1978: Creación del Programa Nacional de Culturas Populares. Se sientan las bases para la Convención Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial. 1982: Ciudad de México. Conferencia Intergubernamental sobre Política Cultural, llamada Mondiacult, que consolidó las bases para que los estados crearan políticas de apoyo a grupos indígenas, a artistas, a autores y a promotores culturales.
¿En qué, de todo lo mencionado por la Dra. Arizpe, existe congruencia y continuidad por parte de la nebulosa e imprecisa propuesta de Alejandra Frausto?
El otro punto, insinuado en El Poder, relativo al apoyo en la reafirmación de lo “mexicano más mexicano” entre los grupos de compatriotas radicados en el extranjero, veremos dos asuntos; el primero, relativo a la transculturalidad mencionado por la propia Dra. Arizpe y, el segundo, en cuanto al dinamismo, insoslayable y vivificante, que todas las culturas tienen, incluida la mexicana, en su contacto con otras culturas y otras sociedades humanas.
Respecto del ser mexicano en el extranjero señala la Dra. Arizpe:
Es un hecho que los migrantes mexicanos no sólo no rechazan su identidad nacional ni su cultura mexicana sino que siguen atados a sus pueblos, sus familias y sus paisajes en México. Al contrario del caso de otros, los mexicanos nunca han sido ni expatriados, ni desterrados, ni exiliados. Apenas nos preguntamos hoy si constituyen una diáspora. El imaginario mexicano forma parte de sus pertenencias personales, adonde vayan. “Ningún mexicano deja de ser mexicano” afirmó una joven escritora mexicana, Juana Adcock, que vive en Glasgow, Inglaterra.
No hay duda sobre lo expresado por la Dra. Arizpe y la escritora Adcock, ya que, sin importar las razones de la migración, lo mexicano permanece… pero, afortunadamente, no se anquilosa:
La migración masiva de mexicanos a los Estados Unidos responde a razones primordialmente económicas, pero lo que ha sorprendido es la vigorosa transculturalidad que mantiene vigentes los lazos afectivos y culturales entre los migrantes y las primeras generaciones de sus descendientes, con sus comunidades de origen.
Y este asunto de la transculturalidad que señala la Dra. Arizpe, nos ubica de lleno en el tema de la conveniencia, o incoveniencia, de la inmovilidad del ser cultural mexicano, y, por lo tanto, en la interpretación de lo mexicano culturalmente correcto, que parecer ser la preocupación profunda de Alejandra Frausto.
Es claro que una cultura estática termina momificándose y, al tiempo, deja de interesar a los nuevos hombres y mujeres que la heredan, transformándose en herencia muerta. Un ejemplo de la viveza que otorga lo extranjero en una manifestación cultural sucede en Puebla todos los años en los días de Carnaval. Lo protagonizan las cuadrillas de danzantes. En términos generales se distinguen dos grupos; los huehues –básicamente en los barrios de la capital del estado- y los zuavos –primordialmente en el municipio, antiquísimo, de Huejotzingo. Estos últimos son los que mayor interés innovador cultural presentan.
La festividad es prehispánica y ha evolucionado desde una reminiscencia de las Guerras Floridas a la representación al hecho heroico poblano más importante del siglo XIX: la Batalla del 5 de mayo. Los grupos de danzantes forman batallones y sus integrantes guardan compostura y jerarquización militar. Los zuavos se dividen claramente en dos grupos: los que visten el uniforme clásico –casi todos ellos vecinos de Huejotzingo-, que se forma, a decir de Ignacio Cantó Salinas:
De una camiseta de lana azul cubierta por una corta chaqueta de tela también azul, adornada con trencillas rojas y falsos bolsillos del color distintivo del Regimiento al que se pertenecía. Los pantalones eran amplísimos, de color rojo e iban anudados bajo la rodilla. Alrededor de la cintura llevaban una larga faja de color azul claro y se cubrían la cabeza con un turbante que, más tarde fue sustituido por el típico fez (o tarbush) rojo.
En contraste, están los “otros” batallones de zuavos, que también portan los mismos componentes de vestimenta: camisa, chaqueta, pantalones y fez, pero elaborados con telas y colores compradas, casi todas ellas, en las tiendas norteamericanas en donde radican aquellos que inmigraron a Estados Unidos y que en los días del Carnaval regresan a festejar sí, pero también a mostrar su triunfo en la aventura migratoria de “conquistar el gabacho”. En este caso, el uniforme se transforma en una demostración de fuerza y coraje de conquista contemporánea. Válida y congruente, sin duda, con su nueva realidad de triunfadores. Cualquiera que vaya al Carnaval lo nota y si, además, indaga un poco entre los pobladores, aprenderá que la tendencia de modificar el traje va in crescendo y apunta a consolidarse pues, como lo expresé líneas arriba, es una prueba palpable de éxito social y económico. ¿Transculturización? Sin duda. ¿Atentatoria a la cultura ancestral? De ninguna manera.
En conclusión, la propuesta Alejandrina sobre Mirar de frente al mundo, solo evidencia la corta visión que posee sobre el papel que México ha jugado en el concierto cultural internacional y, al mismo tiempo, trasluce lo peor del nacionalismo, que es el creer que lo ancestralmente nuestro, para permanecer, debe mantenerse incólume, impoluto, sin mestizajes. Y eso, no funciona ni en la biología elemental. Se le llama endogamia y conduce a la repetición in aetérnun, de las taras y vicios propios.