Desde que estudiaba yo en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Azcapotzalco (81-84) escuchaba yo cada 2 de Octubre ese lema persistente: «¡Dos de Octubre no se olvida!». También eran comunes en el ambiente alguno que otro discurso –a capela- de algún miembro de la Federación Nacional de Organizaciones Bolcheviques (FNOB) para denunciar al gobierno opresor y a las autoridades universitarias coludidas con él, así como para invitar a uno que otro mitin o marcha. Alguna vez acudí a una o dos, y no pasaba de gritos por aquí y por ahí, cortar el tránsito en alguna calle y regresar con los amigos más en ánimo de convivencia que en sintonía ideológica con los convocantes. Yo de hecho pertenecía a un grupo anticomunista que prácticamente no tenía presencia en el CCH y nos movíamos en cierta “clandestinidad” ante la presencia casi omnímoda de grupos de izquierda como la propia FNOB (que tenía cierto monopolio y hasta espacios físicos) y otros grupos incluyendo a los famosos fósiles que no sólo tenían espacios sino hasta parecían tener sus viviendas en el plantel (y toda suerte de privilegios: el primero, estar ahí sin preocuparse de nada).
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La única ocasión que yo personalmente promoví no un cierre de una avenida, sino un boteo efectivo entre los automovilistas, fue cuando un compañero de grupo fue robado y agredido físicamente y entonces decidimos conseguir algo de dinero para dárselo y, así, ayudarlo. En esa ocasión, varios militantes de la FNOB, sin participar, sólo miraron, caminaron, volvieron a mirar y se retiraron. Pero el lema «Dos de Octubre no se olvida» resonaba con cierta intensidad cada año en esa fecha, y mínimo el mitin era lo que interrumpía buena parte de la jornada académica.
Afortunadamente el estudio de las humanidades, algunas asignaturas de filosofía, psicología, historia y literatura, cada vez me hacían ver que el ambiente estaba plagado de convicciones ideológicas que rayaban en una mirada excluyente de la política, de la sociedad, de la universidad y de la familia, lo único que nos salvaba a todos era la convivencia y cierta amistad que otorga el estudio. Los más tolerantes sin duda éramos –porque lo fuimos aprendiendo- los que más nos metíamos a los libros.
Ya instalado en Puebla, en la segunda mitad de los ochenta, de nueva cuenta cada año eran recurrentes las manifestaciones estudiantiles para recordar la masacre de hace cincuenta años, sobre todo en la universidad pública, y de nuevo el grito recurrente era ese: «¡Dos de Octubre no se olvida!». La filosofía da rigor y método, amplitud para mirar la realidad y la suficiente hermenéutica para mirar si no todas la mayoría de lecturas y perspectivas, y poco a poco la mirada se amplificaba a un movimiento mundial que mostraba un malestar, una frustración, una rebelión y un deseo de libertad frente al establishment que significaba toda autoridad que encarnaba ora en el gobierno, ora en cualquier representación que significara potestad (familia, escuela, gobierno y hasta la Iglesia). Igualmente significó –el malestar- un gran cuestionamiento en la misma filosofía a las lecturas metafísicas y ontológicas, la máxima radicalidad fue mirar la realidad «en sí» como un «evento» de la existencia cuyo fin no podía ser sino su «temporalidad» y su fin, su término, su extinción: no hay cosas permanentes.
El «movimiento» de dejó ver en varias ciudades del globo: Tokio, Praga, París, Chicago, Los Ángeles y la Ciudad de México. Pero en México coincidió con el contexto de la sucesión presidencial de un régimen autoritario y monolítico, y eso le da una peculiaridad y un carácter autóctono. Mucho se ha dicho y poco se ha investigado, y quizá sea hora de darle mejor contexto y mayor rigor histórico. Por supuesto que se trató de un crimen de los dirigentes del estado mexicano contra sus propios ciudadanos, estuvo involucrado el ejército, o algunos de sus dirigentes, la secretaría de gobernación, la dirección federal de seguridad, y al tanto de todo, cuya responsabilidad histórica asumió, el entonces presidente Díaz Ordaz. La tuvo, como la tuvieron todos aquellos que planearon, estuvieron de acuerdo y/o accionaron los gatillos.
Sin embargo, como escribió recientemente un columnista local: «2 de Octubre en el olvido». Cuando menos a nivel local, no obstante el Cincuenta aniversario de ese doloroso hecho, las plumas han escrito poco el día de hoy. Son más numerosas las columnas sobre la boda del sábado pasado donde estuvo López Obrador y su esposa, y la descripción detallada sobre la fiesta, los grupos musicales, el menú y demás, o comentarios sobre el próximo informe del rector de la BUAP, o sobre el tema del recuento y la pasada elección de gobernador, o los comentarios sobre las actitudes de los diputados del congreso local. Lo cual está muy bien, pero los cincuenta años parecen fenecer ante el correr del presente.
Los años sesenta y setenta fueron años convulsos, efervescentes, de incertidumbre, de rebeldías, de dudas, la carrera armamentista de las dos potencias mundiales parecía no detenerse y parecía expandirse, como de hecho lo fue, a la conquista del espacio y lo que ello significaba para la ulterior revolución de las comunicaciones y del control de la información. El tercer mundo fue la cancha de la disputa: Asia, África, América Latina, la lucha entre opresores y oprimidos, el llamado a las armas y a la revolución (no se olvide que el movimiento del 68 en México no estaba convocando a una apertura democrática, los escritos de los panfletos y los discursos llamaban a la acción directa, a derribar el régimen y a estar en sintonía con la acción de los camarada de todo el mundo). El movimiento mundial juvenil fue un llamado a la libertad («Seamos realistas, pidamos lo imposible», a la imaginación («La imaginación al poder»).
La lectura eufemista, máxime en una conmemoración, es que ahí inició la transición democrática que hoy tiene su culmen con el triunfo de ya saben quién. Pero ello no resiste el básico análisis histórico. La prueba es ver y volver a los discursos, los panfletos, la propaganda y ahí encontraremos la pretensión y, comparado con la elección reciente, supone una larga evolución política, social, económica y hasta intelectual: la necesidad no de una lucha armada sino de una lucha democrática, que busque los consensos y reconozca la pluralidad. Son distintos los carriles.
Empero, hay que ir todavía a un contexto superior, el de todo el siglo XX, si vemos la evolución histórica y de las ideas, esa incertidumbre, ese lado oscuro de la humanidad y de los dirigentes sociales y políticos, que llevarían a dos guerras mundiales y a la bomba atómica, a la explotación de los seres humanos y de la violación de los derechos al holocausto y a los hornos crematorios, ese clima de desprecio por lo humano estaba ya trazado y dibujado, por ejemplo, en la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas (1901) ya denunciaba los abusos del poder pretextando las “causas humanitarias”. Las lecturas atentas de ese texto, y de La interpretación de los sueños de Freud, darían pautas para ver que, en efecto, las sociedades caminaban hacia ese derrotero de la incertidumbre, el lado oculto humano, el descubrimiento de las pulsiones, del uso del lenguaje y del mundo onírico. Eso que miraban los estudiosos y los intelectuales, por supuesto que daba temor, miedo, duda, sospecha a una sociedad acomodaticia y con confianza en una razón de establisment, de un sentir de las formas sociales, en muchos sentidos hipócritas. Pero fue lo que pasó en realidad: las decisiones políticas que metió a las potencias en un conflicto donde se llevaron entre las patas de los caballos a la gente del pueblo, a las sociedades que confiaron en ellos.
Si hemos de resignificar el «2 de Octubre no se olvida» tenemos que aguzar el ojo y dejar la ideología y la propaganda, y reconocer que somos humanos herederos de una humanidad que ha vivido la paradoja del poder y de la libertad. Si eso no lo asumimos, no dejaremos de seguir reverenciando al poder, ese que ya hace más de un siglo había denunciado, como lo he indicado, Joseph Conrad. Por lo pronto las plumas callaron, ojalá hable la memoria y la imaginación.