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OPINIÓN

Manuel Díaz Cid: “Tú sabes que nos vamos a volver a ver”

Algunos ejes de su trabajo intelectual. El reto de continuar su obra.

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Domingo, Septiembre 9, 2018

Difícil es resumir en una sola palabra la vida y la obra de un hombre como don Manuel Díaz Cid. Su viuda, doña Maru, sin duda, diría que ha sido, ante todo, esposo. Sus hijos e hijas dirían que sobre todo fue padre. Sus amistades de antaño dirán que es, encima de todo, simplemente Manuel. Sus alumnos, claro está, señalarán que ante todo fue maestro. Muchos más que lo escucharon o tuvieron alguna referencia de él quizá digan solamente que fue un hombre culto. Otros pocos, a quienes abrió el trato íntimo, señalarían que fue el amigo. Y todos tendrían razón. Es inevitable el panegírico porque todo eso fue don Manuel.

 

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A todos los que acudieron con él a lo largo de su vida o en algún momento de ella para pedir consejo, para solicitar alguna información o ayuda, les brindó no sólo lo que solicitaban sino esa capacidad especial de acogerlos en la memoria o en el corazón. Fue un hombre en cuyo corazón cupimos todos. Su trato humano, gentil, más allá de la formalidad del catedrático, del investigador o del analista, lo dejaba ver para aquellos que se atrevían a mirar un poco más de la clase, la conferencia o el análisis. Fue, en suma, un corazón abierto.

 

Aunque fue todo lo que se pueda decir, fue algo más, y será algo más si miramos con atención su espíritu inquieto, hondo, profundo, sacudidor. Su influencia no sólo se dio y se seguirá dando en el ámbito personal, sino que se dio y se seguirá dando en el ámbito de la época y de nuestro tiempo. Y para muestra un botón. Cuando apareció el tema del Yunque en el escenario mediático, fue el primero –o si alguien más lo hizo, de los primeros- en señalar directamente y a la cara: “Sí, yo fui, yo hice, yo organicé”. Quizá fue la primera sacudida que muchos no esperaban ni se imaginaban. ¿Que fue estrategia para atrapar atención? No lo sabemos, pero sí pudimos constatar que fue algo inédito. Nadie hablaba, como él lo hizo, de frente y directo. Cuando menos la primera vez. Pero eso sólo es un botón de muestra.

 

Lo relevante son los hitos que fue trazando a lo largo de su vida. Su lucha por la autonomía de la universidad pública, junto con muchos otros, si no es reconocida por las autoridades de aquélla, estarán negando parte de su historia y, sobre todo, faltarán a la verdad histórica si prevalecen los criterios ideológicos que en muchos casos llevaron al franco maniqueísmo: aquellos son los malos, nosotros somos los buenos. En los últimos años, su acercamiento a dialogar sobre aquellos tiempos y los que vendrán, dan muestra de que buscaba sinceramente esclarecer y esclarecerse a sí mismo este periodo importante en su vida y en su formación. Varios eventos donde estuvieron presentes él, Alfonso Vélez Pliego y Alfonso Yáñez Delgado muestran ese esfuerzo y actitud de reconocimiento y reconciliación. Ojala la BUAP lo reconozca como un estudiante destacado y le dé el lugar que merece en la historia de esa casa de estudios.

 

Ya he escrito en otro momento (http://www.e-consulta.com/opinion/2017-05-02/manuel-diaz-cid-el-fuego-del-ideal) sobre su discurso del 29 de abril de 2017 y los destinatarios de su mensaje. De manera que pasaré a lo que considero, eran los ejes de su trabajo intelectual, no me refiero a los tópicos, sino al modo de hacer, a la forma de elaborarlos, a las disciplinas que generaba llevándolos a cabo. El trabajo de analista político era el más visible, el más atractivo y el que, sin duda, cautivaba a muchos por lo esclarecedor que resultaban sus análisis y, quizá, por el trasfondo que lograba descubrir: no sólo era capaz de decir lo que estaba pasando tras bambalinas, sino lo que iba a pasar en el acontecer inmediato y mediato a partir de la consideración del lenguaje de los políticos transferido a los medios de comunicación. Las constantes conferencias a lo largo y ancho del país, en diversos foros, muestran lo logrado de dichos análisis que fueron llenando horas y horas de audio que circulaban en medios empresariales y políticos. Tenía una gran intuición y una facilidad para inferir a partir de posturas políticas dichas en medios periodísticos lo que se estaba gestando como estrategias políticas y cómo se movían los grupos de poder. Desde las crisis políticas de 1994 en el país, y luego de la elección federal de 1997, fue de los primeros que anticipaba una alternancia para el 2000 a partir de la sacudida del régimen, el hartazgo de la gente, y la esperanza de un cambio.

 

En un par de ocasiones me pidió que lo llevara a Pachuca y a Toluca a sendas conferencias, una a profesores y estudiantes del Tec de Monterrrey y otra a organismos empresariales de la nuca del estado de México. Disfrutamos el trayecto en mi vochito blanco que daba batalla para todo, esas tres o cuatro horas de trayecto (fue mucho antes de que existiera la autopista a la capital hidalguense por ejemplo). En el viaje a la “Bella airosa” nos fuimos escuchando cánticos alemanes de compositores del siglo XIX, e iba explicando lo que significaban, el contexto y su paso por el Colegio Humboldt, su aprendizaje y gusto por el idioma teutónico. No sólo eso, sino que él mismo entonaba los cantos y recordaba historias y momentos. La formalidad era depuesta y aparecía era mirada de espíritu inquieto y rebelde, el movimiento de su cabeza, el tarareo y el tamborileo de sus dedos en la pequeña guantera del frente del asiento copiloto.

 

En el viaje a Toluca, por primera vez, le escuché hablarme de sus papás, de su infancia, de sus juegos, de sus primeras lecturas, de su casa cercana al templo de san Agustín en el centro de Puebla. El brillo de sus ojos evocaba la intensidad de sus recuerdos, sus nostalgias y su gratitud. En esa ocasión yo también le compartí la admiración que siempre tuve por mi papá, su actividad laboral como albañil, los cuentos con que cada día nos atrapaba y nos fascinaba a sus hijos, las tardes de lluvia… Comenzaba a brotar una amistad extraña, rara, que más tarde me fui explicando: a don Manuel le importaba mucho el encuentro intergeneracional. Y las personas…

 

Otro ámbito de su interés fue la historia. La política no se entiende sin la historia. Curioso, esta premisa, como bien se sabe, en la tradición moderna se la debemos a Maquiavelo (los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y El príncipe recogen y aplican esta tesis básica). Don Manuel, como buen espíritu inquieto que era, seguía el consejo paulino de tomar lo bueno y verdadero de todos, la verdad se busca donde está, sin prejuicios, con entera libertad. Y así estudiaba la historia, como la medicina estudia a la anatomía para ser fructífera. Un politólogo que no sepa historia estaría perdido, y así encarnaba sus lecturas y su práctica docente: estudiando y cultivando la historia, era increíble hasta el mínimo detalle. Una vez, mientras trabajábamos sobre la influencia de las sociedades de pensamiento en la independencia de las naciones del cono sur de América me llevó un libro de un tal padre Verney, del siglo XVIII: El verdadero método de estudiar, y me comentó: Con este libro los libertadores (tanto del Perú como de la Gran Colombia) se fueron convenciendo de la necesidad de la independencia. Su convicción era que las ideas pueden sembrar deseos de actuación. De ahí la importancia de generarlas y de formar criterio.

 

Aunado a los ámbitos anteriores de ejercicio intelectual –el análisis de la realidad y el estudio de la historia-, don Manuel también cultivaba la filosofía. Su vena agustiniana, que estaba a flor de piel cada vez que se abordaba el tema, era lo que en algún momento le hizo descubrir su vocación: le interesaban los temas del alma, de la psiqué. Por ello quiso estudiar psicología; “pero no existía la carrera en esos tiempos”, decía. Con el tiempo descubrió que en realidad le interesaban los temas del hombre, los temas donde se gestaba y se definían los asuntos humanos. El descubrimiento de san Agustín fue siendo jovencito, a los doce años, pero el interés por la filosofía le surgió más tarde, cuando conoció a José Corts Grau. Con su estudio llegó a la convicción de que destino del ser humano se juega en la época en la que vive, algo así como estar a la altura de nuestro tiempo (una idea que José Ortega y Gasset también había manejado en su tiempo). Y la filosofía era la disciplina propia para conocer, comprender y afrontar nuestro tiempo. De ahí también su interés, sin perder su casi natural agustinismo, por filósofos y pensadores como Michele Federico Sciacca, Alberto Methol Ferré y Jorge Mario Bergoglio, el actual Papa.

 

No puedo olvidar cómo un día, sin que yo me lo esperara, llegó a mi cubículo y me plantó dos tomos gruesos, nuevos y bien encuadernados de La filosofía hoy, del pensador siciliano. No supe qué decir, casi siempre me llevaba libros suyos para cotejar datos y revisar citas, pero ahora me llevaba unos libros nuevos de filosofía. “Son para ti”, me dijo, “espero que te gusten”. Por unos segundos me dejó sin habla. No sé qué balbuceé o qué cara habré puesto, pero me tranquilizó: “Son un regalo que espero te sea de utilidad”. Por varios años con esos tomos estudié e impartí la filosofía contemporánea. Con el tiempo fui descubriendo cómo don Manuel, como maestro avezado que era, sólo daba lo que al discípulo hacía falta. Por eso cada alumno suyo –lo he venido viendo a lo largo de los años- recibió de él ese gesto de la dosis adecuada: un libro, un consejo, un detalle, una experiencia.

 

El análisis político, la historia y la filosofía eran su tripié sobre el cual miraba la realidad: el mundo, el país, la política, la universidad. Considero que esa es su herencia intelectual y lo que hemos recibido quienes de una u otra forma nos hemos encontrado con él. La semilla y las raíces han sido sembradas por él, falta que florezcan y den su fruto, creo que eso es lo que él miraba cuando nos compartía sus reflexiones y sus preocupaciones.

 

Muchas gracias, don Manuel, por todo el bien que nos ha hecho, por su vida, su persona, y su obra, que el Señor lo tenga en su gloria, ahí, en su momento, le presentaré a mi papá, porque estoy convencido de las palabras que me dijo la última vez que hablé con usted: “Tú sabes que nos vamos a volver a ver.”

@Fidens17

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