Introducción
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Aunque tuve algunas dudas sobre qué escribir cuando se me planteó que los temas serían filosofía, educación e historia –ya que me inclinaba naturalmente por el tema de la educación y el de la filosofía de la historia, pues durante años he impartido esos cursos en la universidad-, al pensar una nueva dimensión del enfoque sobre el tema subyacente a todos ellos –el ser humano, el hombre en su dimensión antropológica-, caí en la cuenta de que, finalmente, el sujeto humano se conoce, o se reconoce, en la historia, por un lado, y en lo que aspira a ser, o se imagina que podría llegar a ser, por el otro lado, y eso es lo que le proporciona la literatura, en especial las novelas.
En efecto, si lo vemos en primera persona, soy de facto lo que he sido, con todos y cada uno de sus detalles, eso se llama historia. Y sin duda la historia nos muestra lo que hemos sido como humanidad, como género humano, como continente o subcontinente –si pensamos en América latina-, o como país, por hablar territorialmente; pero también si hablamos en cuanto a épocas: somos hijos de la modernidad y de sus crisis, somos también gestadores de y a veces víctimas de la posmodernidad, sobre todo de esa parte relativista y reducida a las dimensiones del lenguaje como una formulación del discurso relativo al poder (ya sea en su detentación o en su periferia). Lo que quiero decir –e insistir- es que la historia nos muestra lo que en realidad hemos sido, por tanto, también, lo que de hecho somos.
Sin embargo, no sólo somos lo que hemos sido sino que –en términos de Ortega- también somos lo que queremos ser, lo que buscamos ser; o –en términos de Vargas Llosa- lo que aspiramos a ser, lo que imaginamos ser o imaginamos pretender ser. Todos los días cuando nos levantamos, sin duda, lo primero que se nos viene a la mente es una imagen del día, de lo que suponemos que ocurrirá a lo largo de la jornada. En suma, nuestro ser parece desplegarse en esa doble dimensión: lo que hemos sido (pasado) y lo que queremos o imaginamos ser (futuro). Y la historia y la literatura, en tal sentido, se nos vuelven dos disciplinas que nos ayudan a nuestro propio conocimiento y, sin duda, muestran la gran utilidad en estos tiempos tan inciertos y tan inseguros.
La historia y sus dimensiones
Desde luego, no se trata de un curso universitario de filosofía de la historia, sino de un artículo de opinión que dé a conocer a los lectores de otras disciplinas –o de otros intereses- algo de las delicias del tema. La historia tiene dos dimensiones bajo las cuales cae y de donde recibe su nombre incluso. Por un lado, es todo lo que la humanidad ha hecho, ha realizado o ha llevado a cabo. Esa es la historia como realidad. Es el pasado mismo –aunque también el pasar en sí mismo-. Claro, siempre quedará para la discusión filosófica si es todo pasar (cualquier pasar) o sólo un pasar especial, un pasar con cierto impacto de amplias dimensiones o con la suficiente dimensión para suscitar nuevos acontecimientos e impulsarlos (a esos acontecimientos), y desde luego, la pregunta sobre cuáles serían esos elementos o esas características que hacen de un acontecimiento no un mero hecho del pasado sino uno con densidad y dimensión histórica. En resumen: esa historia realidad es como un baúl –un depósito de experiencias humanas- en donde encontramos cualquier cosa que andemos buscando; si queremos saber cómo educar a los hijos, o los fundamentos de la educación, no basta sino acudir al pasado para ver cómo lo hacían, no sólo los antiguos mexicanos (que lo hacían con el maíz y con la tortilla para ir disciplinando a los niños y para ir conduciéndolos en la dinámica del esfuerzo y de lo arduo) sino las antiguas civilizaciones, la egipcia, la mesopotámica, la persa, la india y la china, por ejemplo; o yéndonos más para acá, desde los griegos hasta los modernos: desde Sócrates, los sofistas (que también tenían cosas buenas y útiles) y Platón, hasta Rousseau y María Montessori.
Pero no sólo la educación, también las ideas –las religiosas, las filosóficas, las políticas, las científicas, las del mundo, del alma, de las facultades intelectuales, volitivas y físicas, en fin, toda la dimensión, filosófica, política, científica, etcétera. Igualmente la historia nos muestra cómo han sido los líderes religiosos y políticos. Maquiavelo por su parte confiaba mucho en la historia para resolver problemas y planteamientos políticos; ¿qué debería hacer un político si tuviera tal o cual problemas? Hay que buscar en la historia, diría, porque ya ha habido al menos un caso y ahí se verá cómo se han resuelto las cosas: veía sobre todo la utilidad práctica. Y desde luego, no estaba nada equivocado al respecto. Las mismas ciencias, en su aspecto estable y canónico –o reglamentario, por decirlo de algún modo-, tienen una serie de principios que se conocen mejor bajo la mirada de cómo nacieron y cómo se desarrollaron hasta que fueron establecidos en sus marcos téticos y detentando su carácter de axiomas, postulados o principios.
La otra dimensión de la historia es precisamente la que ya no alude a todo el pasado en su dimensión de realidad total, sino sólo el pasado que queda en la memoria, o mejor dicho, en esa disciplina especial que es la historia como conocimiento, la historia como ciencia, como medición de ese pasado y como, incluso, conciencia. Esa historia conocimiento –a diferencia de la historia realidad- nos da la pauta para identificar y ubicar a esa disciplina que sin más llamamos historia. La historia, desde esta perspectiva, no es el pasado como tal sino su conocimiento. El modo, el método y el resultado de ese conocimiento. Como la historia realidad, la historia conocimiento también es amplia, vasta y misteriosa: hay tantas historias como mentes haya que comprenden un pasado, que tienen acceso a él, pero con una especial peculiaridad: a diferencia de la historia como mero pasado, la historia conocimiento es capaz de volver a hacer presente ese pasado que ya no existe. Y esa es su peculiaridad: si lo pasado –precisamente porque ya ha dejado de existir- ha dejado de tener realidad y actualidad, la historia conocimiento es capaz de rescatarlo de esa no-existencia, y lo vuelve presente; no lo vuelve a hacer existente, desde luego (como la física hace existente un fenómeno de electricidad las veces que quiera), pero sí lo hace presente: no es que la revolución francesa, o la revolución mexicana, la historia las vuelva a generar y vuelvan a existir; no, pero sí las trae al presente de alguna manera (de forma virtual, diría Antonio Millán Puelles). Incluso de ahí proviene eso que denominamos conciencia histórica. Gracias a ésta, traemos presente el pasado. A nivel personal, cuando hacemos eso, entonces, si somos conscientes, adquirimos experiencia, o mejor dicho, en su dimensión epistemológica, eso se denominaría precisamente: experiencia. Experiencia existencial y no sólo perceptiva. A nivel social y generacional se trata de la conciencia histórica que es, en efecto, una suerte de experiencia como pueblo, como sociedad, como comunidad, como país. En cierto sentido la conciencia histórica es esa suerte de «espíritu» del que Hegel habló cuando se refería a una comunidad desde sus elementos precarios hasta la plena realización que para él se encontraba en el estado. Pero sin el cariz hegeliano, ese espíritu es lo que daría a un pueblo, o a una sociedad, e incluso a una generación, la experiencia como dinámica de interacción, no sólo «espíritu» sino también «cuerpo»: “El mundo ya es visible por tu cuerpo”, escribe Octavio Paz en Piedra de sol. Lo que quiero decir con todo esto, acerca de la conciencia histórica, es que un pueblo que la tiene se vuelve no sólo saludable, sino suficientemente maduro como para conocer su lugar en el concierto de los pueblos, capaz incluso de percibir los nuevos tiempos y, como quería Ortega –respecto a las generaciones-, estar a la «altura de los tiempos».
En Puebla, o en México, sobre todo en los últimos tiempos, pero también desde al año 2000 con la alternancia política y la transición a la democracia (en buena medida inacabada), no hemos sabido estar a la altura de los tiempos por esas regresiones al régimen autoritario, de cultura priísta cuando estaba ese régimen a todo vapor, que se reeditó y se expandió a otros partidos, incluyendo al azul –como ocurrió en el estado de Puebla-. Todo ello con una clara ausencia de conciencia histórica; como toda regresión, si no muestra una inmadurez, sí una enfermedad, un estar excéntrico, un ser excéntrico (es decir: fuera de su propio centro). Y esa es la situación de México y de Puebla. En otras palabras: (a Puebla y al país) les hace falta estudiar más historia.
La literatura y sus beneficios
Pero también esa excentricidad podría ser menor si nuestras sociedades fueran más imaginativas. Es decir, si hubiera en Puebla y en México más imágenes que construir y no sólo la repetición de las mismas imágenes de siempre, como si todo fuera un mero proceso de asimilación hasta el fastidio, al grado tal que, precisamente por tal fastidio, literalmente, se salieran del centro y se volvieran excéntricos. La imaginación nos ayudaría a no salir de nuestro centro y a evitar ser excéntricos.
¿Por qué digo que nos falta imaginación? Porque no nos atrevemos a imaginar un futuro distinto, un futuro deseable, justamente el futuro que imaginamos, el futuro que queremos. Si queremos una democracia distinta –por sólo hablar de un ejemplo de política- no podemos ni debemos seguir los mismos patrones de una democracia que siempre hemos actuado, donde se encuentran los mismos de siempre. Un ejemplo de ello, a mi modo de ver, es Manuel Bartlett. Junto con Salinas, era casi casi el demonio de la política cuando a partir de 1988 se dio ese gran fraude que se llamaba elecciones organizadas por la secretaría de gobernación y donde precisamente Bartlett era el titular. A él le debemos la caída del sistema y la operación de la filigrana de ese fraude. Ahora que Bartlett ha recibido la bendición del líder del Movimiento de Regeneración Nacional (cariñosamente llamado “Morena” por fans y simpatizantes) resulta que el aludir a tan nefastas fechas (1988) ahora es un acto de congruencia y de esclarecimiento histórico. ¡Qué descaro y qué falta de conciencia histórica! Ahora resulta que Bartlett es un demócrata (si nunca ha creído en ella ni la ha servido). Algunos más serenos, han señalado que no hay que ser dogmáticos ni juzgar a nadie por sus pequeños errores (todos somos pecadores, han dicho) y no hacen sino avalar esa suerte de poder divino que tiene el líder del mencionado partido para, con su sola voz, avalar a los más deleznables personajes del pasado para volverlos puros y confiables. De nueva cuenta se aprecia con toda claridad la falta de conciencia histórica. El otro ejemplo es, sin duda, Moreno Valle, formado, hecho y desarrollado en la cultura de la eficacia priísta y del viejo régimen: dinero y política, operación política y uso de las instituciones para fines políticos. Pero su discurso, en nada distinto a sus congéneres tricolores, pretende hablar de cambio, un cambio que ni por asomo conoce porque siempre ha vivido de lo mismo: de la política desde el viejo cuño. Kafka tenía razón: la maquinaria no tiene rostro.
La literatura, ha dicho bien Vargas Llosa, nos ayuda a imaginar, a soñar, a anhelar la justicia, la libertad, la verdad; precisamente porque no estamos de acuerdo con el mundo en que vivimos, con la situación que nos circunda. Vivimos momentos convulsos, momentos violentos, de estancamiento y de falta de horizonte; vivimos una especie de visión sin futuro. No tenemos futuro. Y precisamente aquí es donde esa capacidad de imaginar algo distinto brota desde el fondo de nuestro ser.
La idea de Vargas Llosa en varias de sus obras, quizá en La civilización del espectáculo y en La verdad de las mentiras, es de que en tiempos de crisis, y de grandes tragedias, la literatura nos sensibiliza para imaginar y querer un mejor mundo posible, nos abre el horizonte de la posibilidad: deseamos ese mundo posible. Ante tanta injusticia, ante tanta impunidad y cinismo, ante tanta sinvergüenzada, ante tanto caos y sin sentido, podemos elaborar una imagen distinta del mundo y de nosotros mismos en el futuro próximo, inmediato. Podemos imaginar un mundo menos corrupto, menos cínico, donde haya menos impunidad y donde, en efecto, los corruptos y los que se hayan enriquecido indebidamente, injustamente, mentirosamente, se vayan a la cárcel. Y donde el inocente sea reivindicado.
Y también en épocas de paz, de tranquilidad, de orden y estabilidad, la literatura nos ayuda para cuestionar los fundamentos mismos de esa tranquilidad y seguridad. Nos ayuda a imaginar qué nos pasaría si fuese demolido y cayera ese orden establecido.
A modo de conclusión
Historia y literatura son dos modos de conocer lo humano, las situaciones humana, ya sea de manera real, objetiva y vivencialmente (como es el caso de la historia y de la conciencia histórica, como se ha dicho), o imaginando una mejor realidad, una mejor situación de horizonte abierto. El mundo se puede mejorar y si tenemos esta confianza; por supuesto que podemos hacerlo. Es como confiar en los efectos de un poema: habla al corazón para que éste se conmueva. Y si confiamos en el corazón, por supuesto que con el lenguaje adecuado podrá moverse bajo los efectos y los impulsos de la palabra adecuada, que no es otra cosa que la literatura.
Espero que los amables lectores –y lectoras- hayan recorrido estos recovecos reflexivos sin esas brozas de las expresiones innecesarias. Lo que habría que desarrollar en otro momento y en otro espacio es que para conocer lo humano, ya sea a nivel personal o a nivel social, es pertinente plantear también esa imagen del camino. Porque la existencia es también camino. O bien, esa imagen del río que corre bajo su cauce buscando llegar al mar, finalmente. La historia y la literatura, también aquí, prestan un servicio importante al conocimiento de sí mismo. Y si somos conscientes de ello, caeremos en la cuenta de que vamos en medio del camino, que es necesario buscar, encontrar la meta y caminar hacia ella. Claro, puede ocurrir lo contrario: que no descubramos la meta, que nos convenzamos de que no hay meta y de que, además, sólo hay camino, y no uno, sino muchos. Pero yo no le encuentro sentido caminar sin una dirección, sin un significado, precisamente, sin sentido, caminar por caminar…