Últimamente, me he detenido a dialogar con personas de la tercera edad para apreciar la visión que tienen sobre el sentido de la vida, la cual la he podido comparar con la de los jóvenes millennials; el resultado me impresionó en un tema específico, “la inconciencia y por consecuencia –indiferencia- de lo que sucede en nuestra sociedad” por parte de las nuevas generaciones que el día de mañana tendrán en sus manos el porvenir de muchos.
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Les comparto una analogía que me platicó un colega mayor que hizo que mi conciencia despertara. Imagina que tienes un perro, digamos que es un pastor alemán que apenas cumplirá el año pero que ya ladra como un verdadero guardián. En un principio tolerabas el ruido que generaban sus ladridos porque sabías de antemano que era un mecanismo natural del canino para alertar de alguna situación particular, es más, una de las razones principales por las que pediste que te regalaran ese tipo de raza en específico, era para que protegiera la entrada de tu casa ante cualquier vago por ahí que se acercara con malas intenciones, y de hecho funcionó bien, toda persona que pasaba, era consciente de que en tu casa había un perro dispuesto a atacar a un desconocido, o al menos ladrar, por lo que si había algún maleante por ahí, la pensaba dos veces. Sin embargo, después de un tiempo llegaste a ser intolerante a este sonar frecuente ante el bombardeo externo de quejas y comentarios incómodos, lo que llegó a hartarte, así que optaste por la domesticación exorbitante de pegarle, entrenarlo y someterlo a que ya no ladrara, y así con el paso del tiempo se acostumbrara a ser manso. Muchos de tus familiares y vecinos te lo agradecieron porque ahora ya podían tocar la puerta de tu casa con toda confianza e inclusive lograban acariciar a tu perro policía sin ningún problema, tanto que era considerado un perro amigable y estéticamente bello.
De verdad todos tus vecinos estaban contentos y ya dormían con tranquilidad por las noches. Pasó el tiempo y todo parecía haber mejorado, hasta tú mismo te relajaste y creíste con toda convicción que adormecer el ladrido de tu perro había sido la mejor opción, te evitabas de problemas y era muy cómodo. Un día sin mayor aviso pasó lo que nunca, por la noche un ladrón entró a tu casa acariciando a tu perro, lo consintió con una chuleta y se llevó tu auto y algunas pertenencias a la mano sin hacer ningún ruido, y no solo fue tu en tu casa, fue en la de algunos vecinos con mayor facilidad. Al día siguiente al amanecer, todos sin decir nada pero con la cabeza baja miraban de reojo a tu perro, el cual movía la cola tan feliz esperando que lo acariciaran y mimaran como antes, pero esto no pasó, así que caíste en la cuenta de que algo había estado mal…
Con esta anécdota, pude comprender la importancia y trascendencia de nuestra conciencia, como esa voz que tenemos naturalmente cargada todos los seres humanos y que nos va alertando de hacía dónde es el mejor rumbo, y el mejor rumbo no necesariamente llegar a ser lo más fácil y lo más cómodo. En nuestra actualidad hemos sido bombardeados de distintas maneras, al grado de adormecer esta voz personal y preconfigurada para todos, que nos ayuda inclusive a subsistir ante cosas evidentes pero que hoy en día resultan ya no ser tan evidentes. Claro que hemos de seguir formando con buenos criterios a nuestra conciencia para que logre ladrar y cumplir su función, pero lamentablemente hoy es difícil dedicarle tiempo a comprenderla y desarrollarla, tanto que hemos preferido cómodamente que otros configuren nuestra conciencia ante ciertos temas que nos afectan o benefician, y que muchas veces nos convierte en esclavos inconscientes de nuestra propia realidad. Bien dicen que en la vida hay dos tipos de personas, las que dominan y las que son sometidas, pues los primeros dominan porque conocen, entienden y gobiernan su realidad y los segundos ante la ignorancia y adormecimiento de sí mismos, siguen la corriente desde sus pupitres que ni siquiera se detienen a pensar en cómo y por qué actúan, lo que los lleva en algún punto a que por consecuencia, cualquier otro los someta entrenando y amansando la conciencia personal que los mantiene alerta, y no necesariamente este dominante siempre será alguien que promueva la bondad, ¿de qué bando te consideras?
Ahora entiendo cómo la juventud se mantiene indiferente y cómoda ante ciertos temas, evidentes como la sexualidad, la biología de la persona, los derechos humanos, el involucramiento en la política misma, la educación, el propio prójimo, la vida misma y muchos otros ámbitos. Se les ha puesto un antivirus que ha impedido el uso eficiente de su conciencia y por lo tanto de su actuar que se mantiene apagado. ¿A quién le conviene esto?
Por eso digo que perro que ladra no muerde, e inclusive en nuestros días, ya pocos jóvenes ladran.
Te lo comparto de un perro rabioso a otro…
Enhorabuena…