Habida cuenta de la poca importancia que al tema de la gestión ambiental le han concedido los políticos gobernantes en el estado de Puebla y de las escasas expectativas que este tema pueda mostrar en los próximos 24 meses de procesos electorales locales, es tiempo en mi opinión, de que seamos los poblanos seamos quienes tomemos la iniciativa de detener o controlar cuando menos, el avance del gigantesco problema de deterioro ambiental que nos aqueja y limita en términos de competitividad y calidad de vida.
A pesar de los efectos que se causan en nuestra salud por padecimientos asociados a la baja calidad ambiental y los riesgos asociados a fenómenos naturales exacerbados por el cambio climático; a despecho de la insuperable y generalizada situación de pobreza imperante y el agotamiento de nuestros valiosos recursos naturales; los poblanos no nos hemos querido dar cuenta que desde hace un buen tiempo hemos estado alimentando diariamente a un complicado monstruo que habiendo crecido tanto, tiene por ahora toda la capacidad de interferir en nuestras expectativas de bienestar como sociedad toda, pero que aún más, puede provocar conflictos de gobernabilidad, pobreza, migración. Este complejo monstruo de varias cabezas es el deterioro ambiental.
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Hemos confiado en que las autoridades municipales, estatales y/o federales se harían cargo de estos asuntos, pero esto no ha sucedido. Las evidencias están ahí: Ríos y cuerpos de agua contaminados; indefinición de la calidad del aire que se respira por todo el estado; residuos sólidos urbanos, peligrosos y de manejo especial contaminando los suelos; avance de la actividad humana sobre bosques y selvas; presiones territoriales urbanas sobre áreas de cultivo; explotación incontrolada de flora y fauna silvestres; desconocimiento de la vulnerabilidad municipal ante los efectos del cambio climático; limitaciones todas del desarrollo.
Parecería que no se conoce el camino para abordar este tema desde la plataforma de la planeación de políticas públicas, pero no es así. Debe reconocerse que en la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente, los mexicanos tenemos reunida una actualizada y clara política nacional en la materia. A partir de estos principios, los gobiernos de los estados tuvieron el compromiso de integrar su propia legislación ajustada a sus particularidades geo-ambientales.
Puebla no sería la excepción y de ahí se derivó nuestra Ley para la Protección Ambiental y el Desarrollo Sustentable del Estado de Puebla, que si bien no es la mejor adecuada para la diversidad ambiental poblana, bien pudo servir para evitar el escenario adverso que hoy se ha acumulado.
Por ignorancia y perversidad u otros motivos, los líderes de las estructuras burocráticas que el gobierno estatal dispuso para hacer posible la protección ambiental y la sustentabilidad en el desarrollo poblano, distorsionaron los propósitos de la ley local convirtiéndola en una trinchera de complicada y absurda gestión para las iniciativas del sector privado y un puente de omisiones para las del sector público local, propiciando así el deterioro ambiental, además de interferir el camino hacia la sustentabilidad del desarrollo de todo el estado. A título de modesto ejemplo pueden citarse los retrasos en la emisión de resolutivos de impacto ambiental de obras y actividades privadas, que en algunos casos alcanzan o están por alcanzar ya un año de espera.
El avance en el deterioro ambiental en Puebla no está sujeto a dudas, aunque se desconocen puntualmente sus alcances mientras la posición oficial se mantiene indiferente. Ya que los efectos de esta situación afectan a los propios poblanos en su integridad física, en su ingreso económico y en sus niveles de bienestar, resultaría pertinente que por su conveniencia se tomen acciones propias para tratar de controlar el problema. Cada uno puede aportar a su manejo.
De entrada debemos reconocer que todo tipo de actividad económica genera impactos ambientales negativos, grandes o pequeños. Las consecuencias de estos impactos ambientales recaen en nosotros mismos traducidos por ejemplo, en agotamiento de las fuentes de agua limpia y contaminación de las existentes, aumentando el costo de tener agua para satisfacer nuestras demandas. Como otros ejemplos pueden citarse la contaminación atmosférica y la deforestación que a su vez refuerzan fenómenos de más amplio rango, como es el cambio climático y sus devastadoras formas de expresión.
La mejor manera para evitar o reducir la cuota local de degradación ambiental de cada organización, es en mi opinión, la adopción de un Sistema de Administración Ambiental (SAA), que es un instrumento para identificar, medir y manejar los efectos ambientales causados por la actividad de una organización. En él se administra el cumplimiento de la legislación ambiental, la minimización de riesgos para la salud humana y el medio ambiente, el uso adecuado de los recursos humanos y la prevención-reducción de la contaminación.
Existen muy variados modelos de complejidad en los SAA, lo que es comprensible ya que su estructura se justifica por el tipo y tamaño de actividad que se pretende gestionar, pero todos ellos incluyen cinco componentes fundamentales: 1. La adopción de una política de compromiso ambiental de la empresa; 2. Identificación de los aspectos ambientales de la empresa y establecimiento de objetivos; 3. Entrenamiento a empleados y trabajadores, estableciendo controles operacionales; 4. Monitoreo y evaluación de avances; y 5. Revisión de avances y corrección de acciones.
Estas alternativas de acompañamiento con el sector privado, deberían estar incluidas en el actuar de la dependencia estatal ambiental, pues se trata de alcanzar el camino de un desarrollo sustentable para todo los poblanos. Bueno, es cosa de reflexionarlo; cuanto más tardemos en reconocer el problema, más difícil será superarlo.