Valió la alegría: gente buena, sencilla. Muchos, la gran mayoría, con grandes necesidades materiales y de salud. Adultos o adultos mayores, algunos jóvenes. Por igual mujeres que hombres. Y aquí estaban. Aquí vinieron. Así esperaron todo el tiempo, los días que fueron necesarios. Sin desesperar, sin impacientar, sin presionar. Sólo se sentaron bajo la sombrita con sus pancartas, sus tortas y aguas.
Cuando acordaron desde Tochtepec venir a Puebla a dar a conocer sus preocupaciones, juntaron sus pesitos y pagaron, cada uno, su pasaje. Vinieron dos veces a darle seguimiento a su asunto, nuestro asunto. Cada vez trajeron sus panes con frijoles y rajitas, con un pedazo de jamón, algunos. Manzanas. Peras, duraznos criollos, su agua o refresco.
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Me invitaron a subir a uno de los camiones, me ofrecieron manzana, torta y agua: La mordí, la comí y la bebí. No soy originaria de Tochtepec, Puebla. Soy fuereña, dicen. Pero ciudadana de allá porque tengo mi casa de campo y llego fines de semana desde hace 25 años. Cuando me subí al camión la mayoría de los pasajeros me observaba, porque algunos no me conocen. Me ven pasar en bici cuando salgo a correr con mis 3 perros por el campo al salir y al ponerse el sol. Saludo a la carrera a quien quiera que ande por el camino: “¡¡¡Díííaaasss!!!, ¡¡¡Taaardeesssss!!!” les grito según el sol, porque los “Buenos” se quedan en el viento.
Cuando me volteé a observar en correspondencia a las personas sentadas en el camión, me sentí conmovida y satisfecha. Conmovida porque la mayoría hizo un enorme esfuerzo para juntar su dinero y apoyar la causa. Su causa, nuestra causa. Porque mueve por dentro cómo aman a su pueblo, a su plaza, su historia; el cómo platican las historias que conocen, cómo completan con todo respeto a quien tiene algún dato faltante. Porque tienen un código que comparten y que los identifica en su espacio vital, que los hace su “nosotros”, ese “nosotros” que hemos perdido en la ciudades y que yo me siento honrada que me incluyan en el de ellos. Cómo defienden con honor y respeto lo que consideran suyo y que nadie puede venir a trastocar sin ofenderlos.
Fue conmovedor mirarlos despeinados, cansados, urgidos de ir al baño. Muchos, sin sus dientes, con sus ropas sencillas, zapatos o huaraches cubiertos de polvo. Con ojos de capulín, avisados, atentos a lo que se les informaba de qué se estaba haciendo, cómo se estaba haciendo y las respuestas que estábamos recibiendo. Expresando sus inquietudes, sus angustias, sus preocupaciones. Disponiendo de todo el tiempo que fuera necesario para concluir a lo que habían venido y que no se podían regresar a sus comunidades con las manos vacías, como lo hacen cuando siembran, riegan, cultivan y cosecha el campo, sin agotarse. Esa es su gloria: conocen la dimensión del tiempo que da el trabajo del campo que se define por el movimiento de los astros y de la claridad u oscuridad del día, mismo que no se conoce en la ciudad. Repito: esa es su gloria, y esa ha sido mi honra: estar con ellos y compartir algo que valió la alegría intensa e inmensamente. Gracias por su causa, nuestra causa.
alefonse@hotmail.com