Desde hace años he querido hacer un libro acerca de filosofía de la historia; siempre me ha gustado, me ha llamado la atención y, creo, tengo cierta habilidad para plantear los problemas fundamentales sobre el ser y el acontecer históricos. Desde mis clases en la universidad, que me dio Juan Carlos Barradas, los tópicos que llamaron mi atención tenían que ver básicamente con dos grandes ejes sobre los cuales iba la reflexión: por un lado sobre el sentido de la historia, su significado, su comprensión y el papel humano en medio de éstos; por el otro, sobre el ser mismo del acaecer histórico. Los textos básicos que llevamos en esos cursos, si la memoria me es fiel, es un texto de Jorge Luis García Venturini (Filosofía de la historia) y nos detuvimos de manera especial en san Agustín, pero seguimos hasta los contemporáneos, Spengler, por ejemplo.
Ya como profesor, y habiéndome tocado impartir justamente el curso de filosofía de la historia, tanto a los alumnos de la facultad de filosofía como a los de la escuela de ciencias políticas, los textos que se me hicieron apremiantes para preparar esos cursos fueron, sin duda, y más allá del de García Venturini, el de Jacques Maritain (Filosofía de la historia), el de Carlos A. Baliñas (El acontecer histórico) y, sobre todo y de manera especial, el de Jean Guitton (Historia y destino). Con el paso de los años, a los anteriores, se sumaron el de Edward Carr (¿Qué es la historia?) y el de Erich Kahler (Historia de la historia). También, y casi al nivel, o al mismo, que el de Guitton, el texto de Paul Ricoeur sobre el tema (Historia y verdad). Fueron textos que me abrieron panorama sobre el tema y me permitieron ir armando mis temas, mis reflexiones, mis notas y mis fichas. Si mal no recuerdo, por ahí, incluso, debo tener un borrador de un libro que, hasta este momento, no ha visto la luz.
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El texto de Jean Guitton (editorial Rialp) fue un motivo de reflexión personal: si el destino es determinante, por un lado, y si deja espacio a la libertad, y, quizá con mayor hondura, si es una fuerza de circunstancias favorable, por otro lado. No sé si fue sólo pasión mía o una pasión colectiva, pero veía a mis alumnos que el tema también les hacía interesarse en el asunto. Pero insisto, a mí me hizo hacer una reflexión personal que, posteriormente, me hizo interesarme en otros textos de este pensador francés (Mi testamento filosófico y El nuevo arte de pensar, ambos publicados en ediciones Encuentro).
También francés, Paul Ricoeur, antes de que descubriera que era una figura de primer nivel en el pensamiento contemporáneo, atrajo mi atención con su libro Historia y verdad que he nombrado (de ediciones Encuentro). En este texto descubrí el vínculo tan estrecho que hay entre la filosofía de la historia y la filosofía política, en particular, con el tema del poder. Puedo decir que comprendí con claridad el nexo entre la comprensión de la historia como la búsqueda y construcción por parte del ser humano del establecimiento de la civilización en su sentido racional y, por el otro lado, la explicación de la historia como la lucha por el poder. De esa suerte, y desde entonces, aprendí que no es otra cosa la política: por un lado, la larga construcción de la lucha de la razón por el estado de derecho (desde los griegos hasta Hegel) y, por el otro, la lucha por el poder. Ambas cosas. Y cómo para entender el entramado complejo se requiere una visión filosófica sobre la historia. En otras palabras, aprendí que para saber de política, y comprender la naturaleza de la misma, hay que leer a los clásicos y a Maquiavelo, no separadamente, sino vinculados. A final de cuentas, en la política, por muy pragmático que sea un político, requiere de un discurso y de una justificación racionales, aunque por debajo del agua no haga otra cosa que jugar con el poder o desde el poder.
Quizá voy demasiado rápido; pasé de estudiante universitario de la carrera de filosofía al ejercicio docente sobre filosofía de la historia. Debo volver un poco atrás. A mis primeras definiciones sobre la filosofía de la historia y a mis primeras convicciones sobre el núcleo de la misma. Ya desde el inicio, o al menos a lo largo de los ocho semestres de la carrera, había adquirido un arsenal de conocimientos, los dos ejes eran, y han sido a lo largo de los años, estas dos breves definiciones, una sobre la filosofía y otra sobre la filosofía de la historia. Sobre la filosofía, aunque parezca demasiado escolar, la definición clásica es esta: conocimiento cierto de las cosas en cuanto a sus causas últimas y/o primeros principios, a la luz natural de la razón, es decir, conocimiento basado en la razón. Tal definición era precisa y nos ayudaba a comprender la diferencia con la teología: que buscaba ese tipo de conocimiento pero a la luz de la revelación, es decir, desde la fe.
Cuando llegué a los últimos dos semestres, que es donde tomábamos, mis compañeros y yo, los dos cursos de filosofía de la historia (I y II), la definición de la historia, en primera instancia, era esta: el hacer humano en el tiempo. Y de la filosofía de la historia como disciplina esta: el estudio del hacer humano en el tiempo a la luz de su bondad o de su maldad, es decir, si ese hacer se podía calificar de humano o, por el contrario, de inhumano. Y, en efecto, creo que eso es lo que propicia la filosofía de la historia: valorar el hacer humano en el marco temporal, es decir, en la historia, en cuanto a su bondad o maldad respecto del ser humano mismo. Era, por tanto, una indagación hasta cierto punto de vista moral. Ahí, al margen de todo lo académico, sin embargo, me brotó una intuición que, con el paso del tiempo se fue esclareciendo más: la verdadera historia, más allá de los hechos y del aspecto fáctico visible, se escribe en el corazón humano, en eso que denominamos interioridad, intimidad. La interioridad se me volvió un tema personal. Creo que por tal motivo, me quedé prendado de las Confesiones de san Agustín que luego me llevaron a La ciudad de Dios.
Sin embargo, la historia como tema se me volvió persistente, constante, fundamental. Y de entre los tópicos de tesis de licenciatura escogí uno eminentemente de la filosofía política: el del poder y su fundamentación en el pensamiento de John Locke. No sabría decir con exactitud por qué lo escogí, pero sí tenía claro que el tema de la razón en los asuntos históricos y políticos era relevante y, del pensador inglés, eso fue lo que atrajo mi atención. Le entré, en primer lugar, al Ensayo sobre el entendimiento humano y luego, poco a poco, a lo demás: el Ensayo sobre el gobierno civil y sus cartas sobre la tolerancia. A final de cuentas, a partir de mi trabajo recepcional de la licenciatura, brotó un pequeño libro que siguió su propio derrotero: Orígenes del liberalismo. Teoría política de John Locke, publicado por la Upaep.
De manera que ya estaban ahí mis dos preferencias básicas: por un lado, el tema de la interioridad, por el otro, el del poder: filosofía de la historia y filosofía política.
El tema de la historia en san Agustín fue el de mis estudios de maestría, del cual también brotó otro libro: El hombre y su destino, que publicó Edamex. Y trataba yo el tema de la historia justamente como el del camino de la interioridad: la historia es, a final de cuentas, la lucha entre el bien y el mal por el corazón humano. ¿Maniqueísmo? (Siempre se ha acusado a san Agustín de haber sido maniqueo, incluso después de su conversión). Si la tesis fuera esta: la lucha entre buenos y malos, entonces sí, habría maniqueísmo en su sentido estricto. Pero la tesis es bien distinta: en cada uno de nosotros se dan estas tendencias: a veces humanas, a veces inhumanas. Y de nosotros depende hacia dónde jalamos. No hay buenos y malos, sino seres humanos que obran bien y/o que obran mal, a veces bien, a veces mal, esto es, a veces humanamente, con humanidad, con dignidad, y a veces inhumanamente, con indignidad. En otras palabras: el bien es objetivo, como el mal. Y de ello somos responsables porque somos entes libres. Aunque hay instancias y circunstancias que se encuentran más allá de nuestra libertad y que, a veces, juega con ella. Esas son las tesis de ese texto.
Mis estudios doctorales siguieron el tema de la interioridad, sólo que ahora en un autor contemporáneo, quizá poco conocido pero con una gran vitalidad para incursionar en la modernidad, una modernidad que miraba con otros ojos los motivos modernos: la libertad, la razón, el tiempo. El autor no era otro que el italiano Michele Federico Sciacca. La interioridad objetiva se me hizo apremiante. Luego de varios años, como en los estudios previos, apareció otro libro más: La modernidad limitada, que me publicó el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM).
Luego de mis estudios doctorales, en el 2005, comencé a incursionar en la literatura. No era un tema nuevo enteramente, porque desde los seminarios sobre el ateísmo moderno que impartí hubo algunos escritores y literatos que se volvieron persistentes: Dostoiveski, Kierkegaard, Comte, Nietzsche, Kafka, Camus; pero ahora se trataba de una lectura libre acerca de novelas, teatro y poesía. El Quijote se me hizo natural y divertido. Luego, Katzenbach, y de manera un poco más concentrada, Vargas Llosa. En ese ejercicio apareció Octavio Paz, sus Obras completas se me hicieron apetecibles. Y ese es mi reto y mi tarea, conocer a fondo al poeta mexicano y premio Nobel.
Mi trípode, luego de muchos años, se me hizo visible; en él puedo colocar la lente de mis perspectivas para mirar la realidad y tratar de comprenderla. En efecto, filosofía, política y literatura se me hacen imprescindibles para mirar el mundo y no sólo mirarlo y comprenderlo sino, mejor aun, crearlo y recrearlo, hacerlo mejor, verlo mejor, sentirlo e imaginarlo mejor; a riesgo, desde luego, de ensayar, pero la vida no es sino un ensayo permanente.